Ángel vuelve a casa (en Agones) 82 años después

El sobrino de este praviano fusilado en La Canalona, en 1937, recupera sus restos. Las excavaciones no han podido recuperar los restos de su padre asesinado al mismo tiempo


Redacción

«Toda la vida, cada vez que pasábamos por delante, nuestra madre nos decía que ahí estaban enterrados nuestro padre y nuestro tío», confiesa Ángel Fernández, hijo y sobrino de los dos pravianos fusilados en la Nochebuena de 1937, en La Canalona. Vivían en Agones, a un kilómetro de donde fueron ejecutados. Su padre había cumplido 20 años. Su tío, 31. Ocho décadas de sufrimiento familiar llegan a su fin. El impulsor de la exhumación de esta fosa común ya puede vivir tranquilo, sabiendo que ha hecho todo lo que estaba en su mano para recuperar a sus dos familiares sepultados. No obstante, tiene una espina clavada. Han localizado los restos de su tío pero no los de su padre. Posibles corrimientos del terreno han imposibilitado localizar su cuerpo. Se muestra satisfecho porque todos los implicados en la excavación «han llegado al límite de sus fuerzas». Hoy, Ángel Fernández, el asesinado hace 82 años, regresa a casa. Un acto simbólico organizado en el Ayuntamiento de Pravia servirá para arropar a toda la familia.

Una noche cambió por completo la vida de Ángel Fernández. Era la Nochebuena de 1937. «Mi madre me tenía en brazos cuando los falangistas llamaron a casa y pidieron salir a mi padre y mi tío. Tenía año y medio cuando ocurrió», explica. Desde entonces, ha vivido con la determinación de desenterrar a sus dos familiares, y no ha cejado en su empeño hasta poder cumplir este objetivo. «Una persona lo da todo por su padre. He querido mucho siempre a mi madre, pero he tenido que convivir con el hecho de que los demás niños tenían padre y yo no», afirma.

El hecho de no haber conocido a su progenitor le marcó durante toda la vida, y siempre se planteó qué hubiera sido de él y de su madre si la historia hubiera sido diferente. «Siempre piensas en tu padre cuando no está, y ves a los demás hijos con los suyos... Mi madre y yo tuvimos que comer solos desde el día que lo fusilaron», comenta. La supervivencia de la familia pasó por las tierras que cultivaban y las vacas que tenían en propiedad, por lo que desde muy pequeño Ángel Fernández trabajó en el campo y ayudó a su madre a sacar la casa adelante. 

«Con 12 años ya colaboraba con las labores de la tierra, y entonces trabajaba mucho más que alguno de 25 de ahora», defiende. Al cumplir los 16 años ya cobraba un salario fuera de su casa mientras seguía echando una mano a su madre, y fruto de este esfuerzo, y con la cooperación de todo el pueblo, esta familia se labró un futuro. «Mi madre nunca tuvo deudas y nos dio todo lo que estaba en su mano para que no nos faltara nada», afirma. 

La vida le reservó la gran oportunidad de recuperar los restos de sus familiares con más de 80 años cumplidos, aunque la edad no le afectó en lo más mínimo en sus ganas de desenterrar a su padre y su tío. Prueba de ello es que en todo el proceso fue el que llevó el peso de la iniciativa por parte de la familia, y su implicación le llevó a ponerse manos a la obra e, incluso, coger un hacha para cortar las raíces que bloqueaban la excavación de la fosa. Ocho décadas después, el deseo de este praviano se ha cumplido por fin.

 ¿Cómo fue la exhumación de Ángel Fernández?

Los intentos de la familia de desenterrar a sus antepasados se remontan años atrás. Ya comentaron el tema con el anterior alcalde de Pravia, Antonio de Luis, pero ha sido el último el que aceleró la maquinaria. Entonces, declara Pilar Fernández, hija de Ángel Fernández, impulsor de la exhumación y nieta y sobrinanieta de los fusilados, se pudo «pasar el primer escalón». A partir de ese momento ,se preparó la prospección del terreno y se comenzó a trabajar en los preparativos para explorar la zona en la que estaban localizados los dos familiares. Además, contaban con la ventaja de que un testigo de la época mantuvo en su memoria el lugar donde fueron fusilados y enterrados.

Un joven de unos 14 años pasó días después de la ejecución de Ángel y Manuel Fernández cerca del foso, se encontró con los cuerpos al descubierto y, de la impresión, los cubrió con un par de piedras a modo de señalización. A pesar de su fallecimiento, su hijo recogió el testimonio, y la localización de los dos pravianos fusilados estaba clara. Sin embargo, una vez se llegó al lugar donde se encontraban estas rocas, todo se complicó.

«Descubrimos que el lugar había cambiado por completo en estos 80 años, ahora estaba todo cubierto de eucaliptos, con lo que había deteriorado el terreno. Además, la carretera que se halla cerca de esta fosa había modificado el suelo de tal forma que las labores de exhumación se complicaron», afirma Arantxa Margolles, de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH). Los voluntarios se vieron obligados a profundizar mucho más de lo planeado para llegar a los restos de Ángel Fernández y su hermano Manuel, alcanzando cerca de 15 metros de profundidad. A pesar de encontrar al primero, no se pudo hallar a Manuel Fernández, pero no perdieron la esperanza: confiaban en que el cuerpo se había desplazado al haber cambiado tanto el terreno, como le ocurrió a los restos de Ángel. El hallazgo a pocos metros de los huesos hallados generó optimismo en las filas de las personas que participaban en la exhumación.

«Encontramos a poca distancia de los restos una bala que se había encasquillado, y tuvimos la idea de que se trataba de un disparo fallido que había permitido a una persona correr para luego ser fusilada. Por ello continuamos excavando un poco más, pero no pudimos localizar a Manuel», comenta Margolles. Sin embargo, añade que este hallazgo fue un alivio para la familia, ya que uno de sus antepasados puede regresar a casa después de 80 años. El papel de Ángel Fernández, hijo y sobrino de los fallecidos, fue clave en todo el proceso de exhumación al «llevar él todo el peso de la familia en la exhumación», declara su hija.

«Temíamos que todo esto le pasara factura a mi padre»

Pilar Fernández narra la emoción que se respiraba en el momento en que aparecieron los primeros huesos en la fosa. «Mi padre estaba en la otra punta, y salió corriendo tan rápido que pensamos que se iba a caer», explica. La dificultad del terreno, unido a la edad de Ángel Fernández, 83 años, explicaban el miedo de la familia a un traspiés del padre. Además, la tensión, el nerviosismo y el estrés generado en esa dura jornada hacían temer a la hija que le pudiera ocurrir algo a su progenitor, ya que «lleva un vida tranquila, de jubilado, y tanta impresión en tan poco tiempo podía perjudicarle y pasarle factura», afirma Pilar Fernández. Sin embargo, sostiene que su padre «ya puede morir tranquilo».

El desarrollo de esa jornada no invitaba al optimismo, ya que tras una dura mañana de trabajo no se llegó a atisbar ningún resto de Ángel o Manuel. Por ello los ánimos, afirma la hija, eran bajos y los nervios estaban a flor de piel. Hasta las 17.00 horas no se hallaron los primeros restos, y ese descubrimiento despertó el júbilo de los ahí presentes, especialmente el del padre, que rompió a llorar en el acto. «Nada más ver el cráneo en la fosa, se le cayeron las lágrimas, porque era un momento muy esperado y emotivo para él», comenta Pilar Fernández. 

Con la confianza de que este caso siente precedente

La exhumación de Ángel Fernández cierra más de ocho décadas de sufrimiento para su sobrino, aunque no se trata ni mucho menos del único fusilado en Asturias por el franquismo. La familia y la ARMH confían en que este caso suponga un antes y un después en la región, y que más personas reclamen y luchen por recuperar los restos de los cientos de antepasados que yacen en cunetas y fosas en la comunidad. Para la hija del impulsor de la exhumación, esto se trata de la «asignatura pendiente de la democracia». «Se debería haber hecho antes, no puede ser que hayamos tardado cuarenta años de democracia para poder desenterrar a nuestros seres queridos. En otros países esto ya se llevó a cabo mucho antes», critica Pilar Fernández, que censura que todavía existan tantas personas «enterrada en cunetas como si fueran basura». Ángel vuelve a casa 82 años después, pero todavía hay muchos otros Ángeles ahí fuera.

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