200 años del alzamiento que cambió España

Hoy se cumplen dos siglos del pronunciamiento de Riego, un acontecimiento histórico cuya importancia y trascendencia fue mucho menos fugaz de lo que se piensa

Retrato de Rafael de Riego
Retrato de Rafael de Riego

Asturias

Justo hoy se cumplen doscientos años de uno de los acontecimientos más importantes a la hora de entender la España moderna. Un hito que, sin embargo, por interés, en algunos casos, y por desinterés, en otros, ha quedado ligeramente oscurecido y borrado de nuestra memoria colectiva. Tal día como hoy en 1820 tuvo en la localidad sevillana de Las Cabezas de San Juan se produce el pronunciamiento militar del coronel Rafael del Riego, al mando del segundo Batallón de Asturias, que debía formar parte de un contingente para sofocar las acciones de los insurgentes en las colonias de América, el cual estaría dirigido por el conde de Calderón.

Riego proclamó la restauración de la Constitución de Cádiz de 1812 y el restablecimiento de las autoridades constitucionales. El apoyo al golpe militar fue creciendo hasta el 20 de marzo, fecha en que se publicó un manifiesto de Fernando VII acatando la Constitución de Cádiz que solo dos días antes había jurado en Madrid.

Francisco Carantoña, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de León ha profundizado en muchas ocasiones en la revolución liberal española y, especialmente, en la Guerra de la Independencia y el Trienio Liberal.

Destaca que, para entender los acontecimientos que llevaron al pronunciamiento, la figura de Fernando VII es clave. «A Fernando VII como rey hay que situarlo en su época. Después de las Guerras Napoleónicas y el proceso de restauración en Europa las cosas habían cambiado. En los países que se restablece el absolutismo, entre ellos España, ese absolutismo ya no iba a ser idéntico al del XVIII», explica. Comenta que en obras como Fernando VII, el Rey deseado y detestado de Emilio La Parra se plantea que probablemente sea el monarca que actúa más claramente como déspota. «Se acerca a lo que podemos decir que era una dictadura moderna, más brutal y con menos respeto a las leyes tradicionales que habían observado incluso otros monarcas absolutistas», indica.

Considera que «de no haber existido Fernando VII las cosas podrían haber sido distintas. Durante la Guerra de la Independencia, cuando estaba en Francia capturado por Napoleón, se había aprobado la constitución en España. Cuando vuelve en 1814 el país tiene un sistema constitucional y habían sido esos patriotas los que habían elaborado el texto y liberado al país, con la ayuda de los británicos. Fernando VII realmente da un golpe de estado el 10 de mayo de 1814, que tal vez otro rey no lo hubiera hecho».

De un plumazo el monarca «deroga casi toda la obra legislativa de Cádiz, encarcela a los líderes liberales y restablece el absolutismo con bastante dureza». Todo ello general un enorme descontento, en un contexto en el que, además, el ejército cuenta con un nutrido cupo de liberales en sus filas. «El ejército se había visto bastante transformado durante la Guerra de la Independencia», explica Carantoña. Muchos de sus oficiales de alto rango «son incluso civiles que se incorporan a la guerrilla y que pasan después al ejército y conservan posteriormente sus rangos militares. Las propias Cortes habían legislado que dejase de exigirse la condición de ser noble para convertirse en oficial. Eso en la práctica facilitaba que los plebeyos por voluntad pudieran entrar en las academias militares y ascender por méritos sin tener condición nobiliaria como antes».

«Además cuando se implanta la constitución los militares tienen un papel muy importante. España está en guerra. Muchos de esos militares son los que juran esa constitución. La implantan, nombran autoridades constitucionales y están a las órdenes de las cortes y de ese gobierno. A algunos eso les gusta y a otros les desagrada, pero lo cierto es que en el ejército se crea un sector con cierta importancia que va a ser partidario de mantener esa constitución», destaca.

Uno de estos militares de ideas progresistas y liberales es el asturiano Rafael de Riego y Flórez, nacido en la parroquia tinetense de Tuña, en el seno de una familia hidalga e ilustrada. En este sentido, Francisco Carantoña aleja la idea de que Riego se empapase de las ideas progresistas y liberales durante su cautiverio en la Francia de Napoleón tras la derrota en la batalla de Espinosa de los Monteros de la Guerra de la Independencia.

«Todo lo que se dice sobre eso suele ser bastante especulativo y se corresponde con una historiografía bastante conservadora que intenta identificar al liberalismo, a las ideas renovadoras y defensoras de la libertad y la igualdad ante la ley con algo que viene de fuera o que es importado. En el caso de Riego no está documentado en absoluto que haya tenido una especial influencia de las ideas revolucionarias. Además, hay que tener en cuenta que él fue prisionero de la Francia de Napoleón. Un país que no era tan conservador como las naciones absolutistas más tradicionales, pero que si contaba con un gobierno muy conservador, alejado del jacobismo y las ideas democráticas que Napoleón desprecia», asevera.

En este contexto, Riego «fue prisionero de guerra, aprendió francés e italiano y leyó libros, pero es que él ya pertenecía a una familia ilustrada asturiana. Su padre, Eugenio, era miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País de Asturias; tenía familiares magistrados; había estudiado en la Universidad de Oviedo y tenían relación con gente muy importante de la ilustración como Antonio Valdés, Ministro de Marina de Carlos III y después de Carlos IV». 

Así «Riego ya de joven tenía que tener ideas ilustradas, reformistas y avanzadas para la época». Lo que si considera directamente falso es «la influencia de la masonería en aquella época».

El contexto político y económico de Europa y España en la época en la que se produce el pronunciamiento de Riego es propenso al cambio. «Europa estaba en la etapa de la restauración. Después de la derrota de Napoleón hay un giro conservador y se restablece el absolutismo en muchos países. En otros hay sistemas donde hay una carta otorgada, pero muy autoritaria como es el caso de Francia. Aparte de ese contexto político general hay una situación económica mala en el continente, porque después de las Guerras Napoleónicas hay un proceso deflacionista», explica.

Además, España pierde sus colonias de ultramar «y lo que antes aportaba un montón de dinero a la Hacienda ahora se convierte en una fuente de gasto, porque hay que mantener tropas para intentar sofocar las rebeliones y eso cuesta dinero. El país se encuentra en una situación compleja. No hubo ningún país en Europa que tuviera tantos años de guerra como España en su territorio».

En este escenario político «hay una reforma fiscal en 1817, de Garay, que lo que hace es subir los impuestos y aumentar el descontento entre la gente. Los ministros a Fernando VII en estos seis años que van de 1814 a 1820 le duran unos pocos meses. Los liberales están en la cárcel y no puede nombrarlos y a los que designa son por lo general gente incompetente y si tiene alguno más moderado y competente lo destituye enseguida, como ocurrió con el Marqués de Camposagrado».

En definitiva, las riendas del país están sujetas por un monarca que «no consigue tomar medidas para que el país se recupere». Desde el punto de vista de Francisco Carantoña, «si triunfa tan fácilmente en 1820 el levantamiento es porque la gente quiere un cambio, incluso personas de ideas conservadoras». Pese a todo, las adhesiones al pronunciamiento  no son inmediatas, ya que en el país «hay una represión muy dura. Se torturaba y era fácil que te matasen. La gente tiene miedo y no se suma fácilmente, ya que antes de eso habían fracasado varias intentonas». En el resto de España, «una vez que se conoce lo que está ocurriendo en Andalucía, empiezan a levantarse Galicia, Asturias y otras zonas».  

«Además de por la represión, no había libertad de prensa, las noticias tardaban en llegar y había que prepararse. No es fácil que hubiera una respuesta inmediata», señala. «En Galicia el 21 de febrero se pronuncia Coruña y es lo definitivo, ya que si no se hubiera levantado Galicia hubiera fracasado. Luego ya vino Asturias, Aragón, Cataluña y se convierte en una revolución general», destaca.

Francisco Carantoña cree que de Riego «se han dicho cosas equivocadas. El pronunciamiento del uno de enero tiene un papel fundamental. Riego se levanta a partir de un plan que él había elaborado para diseñar cómo tenían que actuar los distintos batallones y regimientos que estaban en la conjuración». Así «el batallón de Sevilla, al mando del Coronel Quiroga, tardó y lo hace él solo en un acto de verdadera osadía. Detiene a todos los generales que estaban al mando de las tropas en Andalucía». Luego ya tiene lugar «la expedición que Riego hace por Andalucía hasta febrero que se sigue en España y Europa».

Tras el triunfo del pronunciamiento, el acatamiento de la Constitución de Cádiz por parte de Fernando VII y la llegada del Trienio Liberal «lo que se intenta es establecer en España un sistema de economía de mercado, libre de estamentos y con todos los españoles iguales ante la ley, con un sistema político basado en la constitución de Cádiz y eso lo que implica es reformarlo absolutamente todo. Se afronta la primera desamortización eclesiástica, una civil de tierras de varias instituciones con un carácter social; se trata de reformar el sistema administrativo; se crean 52 provincias; diputaciones provinciales otra vez, Ayuntamientos representativos y luego hay una reforma de enseñanza muy ambiciosa y moderna, que luego tuvo que afrontó la falta de recursos, pero que se afrontó por las cortes y hubiera significado una enseñanza primaria general dependiente de los ayuntamientos, que pretendía que todos los niños y niñas acudiesen a la escuela; una secundaria que establecía lo que se llamaban universidades de provincia, que venían a ser como los institutos y la superior con varias universidades en toda España».

Se recuperan en los estudios «ciencias, técnicas, medicina que estaban relegadas en la Universidad tradicional», se suprime el mayorazgo por primera vez en España, se reforma el ejército, se hace un nuevo código penal y se empieza a debatir el código civil. En definitiva «se intenta modernizar España». Durante un breve periodo, de hecho, «España se convierte en la nación con el sistema político más avanzado». No en vano «en Italia, Portugal, Alemania y Francia la Constitución de Cádiz se convierte en un verdadero bestseller de la época». No obstante, en los años del Trienio Liberal «había bastantes problemas. En una época en la que se producen cambios tan profundos y tan rápidos tiene que haber resistencia. Desde el principio había partidarios del antiguo régimen, gente que pierde privilegios. La Iglesia Católica en general es perjudicada y se convierte en un adversario fortísimo y muy influyente; había nobles que habían perdido privilegios y estaban descontentos; gente que tenía cargos en el antiguo régimen, quería volver a su puesto y que también está en contra». Pero, por encima de todas esas trabas, «una monarquía constitucional no puede funcionar si el propio Rey no quiere ser un monarca constitucional».

Mientras todo esto sucedía, Fernando VII reclamaba en secreto la intervención militar extranjera para retornar al absolutismo. Es entonces cuando entra en juego el ejército francés de los Cien Mil Hijos de San Luis, al mando del Duque de Angulema, poniendo fin en 1823 a esta etapa de progreso. Hasta la fecha «todos los intentos de revolución habían sido sofocados por el ejército, la milicia nacional o por la gente, dependiendo del caso. La única forma que vieron las potencias de acabar con este cambio español fue la intervención extranjera. Sin ella el sistema liberal de Cádiz no hubiera caído».

Riego fue hecho prisionero y ejecutado el 7 de noviembre de 1823. Francisco Carantoña destaca que «fue una figura controvertida ya en la época. Honesto, sincero, no republicano y defensor de la Constitución de Cádiz», por lo que había «sectores conservadores que lo consideraban muy avanzado». Pese a que «su himno se convierte en La Marsellesa española» y a que «hay una tradición democrática y republicana que le tiene como símbolo», la historiografía conservadora «procura criticar siempre su figura y actuación política».

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