Un centenar de trabajadores trabajaba ese sábado, 6 de febrero de 1971, en la acería de Ensidesa en Avilés. Eran las 10:30 de la mañana y la inmensa mayoría se encontraba en el exterior, comiendo el bocadillo. Una espectacular explosión sacudió a los relajados trabajadores y a toda la ciudad. El ensordecedor estallido destruyó cristales en varios kilómetros a la redonda y lanzó planchas de acero, válvulas y objetos de gran tonelaje a gran distancia, arrasando todo lo que encontraba a su paso, incluyendo la vida de ocho personas, algunas inmersas en su rutina diaria y ajenas a la fábrica. Segundos después de la deflagración, el escenario podría haberse confundido con el de una guerra. Paredes destruidas, vías del ferrocarril levantadas, estructuras caídas, decenas de heridos, la línea telefónica cortada... Los cronistas de La Voz de Asturias de la época llegaron a encontrar testigos que vieron «vehículos en marcha levantados por el aire». Así que esta misma semana, los avilesinos de cierta edad, cuando escucharon la historia del vecino de Tarragona muerto por una pieza que voló varios kilómetros desde la planta petroquímica que sufrió un accidente, hicieron memoria y recordaron que a ellos ya les había sucedido.

«A las 10:30 de la mañana del sábado se ha marcado un hito trágico en la historia de la Empresa Nacional de Siderurgia de Avilés», decía el ejemplar de La Voz de Asturias del 7 de febrero. Para entonces ya había algunos datos claros. La explosión había tenido lugar en un depósito receptor de vapor, que se había recalentado en la acería LD-1. Era una máquina de 25 metros de altura, cuatro de diámetro y cinco centímetros de espesor, que contaba con dos válvulas de seguridad que fallaron y no avisaron de lo que sucedía. La conmoción fue grande, se vivieron escenas de pánico, los familiares de los trabajadores comenzaron a caminar hacia la fábrica para tratar de encontrar a los suyos, ante la imposibilidad de comunicarse de otro modo. Los rumores se intensificaron. El secretario general de Ensidesa, Muro de Zaro, se dirigió a los estudios de radio para contar en directo qué es lo que había sucedido. Se formaron colas para donar sangre. Acudieron bomberos de Ensidesa, Avilés, Gijón y Oviedo. Se llamó a todo el personal sanitario disponible. Voluntarios empezaron a recoger escombros de carreteras, calles,... La movilización fue inmediata.

Tras el ruido ensordecedor, el impacto de las escenas de destrucción hizo temer que hubiera decenas de víctimas. Temían levantar cascotes y encontrar muertos. El balance cinco días después de los hechos fue grave pero no tanto. Había ocho fallecidos. Siete en las primeras 24 horas. El octavo murió en el Hospital de La Paz, en Madrid, a donde fue trasladado para tratarse de las graves quemaduras que había sufrido en el 70% de su cuerpo. El entonces arzobispo, Gabino Díaz Merchán, ofició un multitudinario funeral en la ciudad. Además, más de un centenar de heridos de diversa consideración fueron atendidos. No solo se trataba de trabajadores. Entre el listado de víctimas había avilesinos sorprendidos por la lluvia de todo tipo de piezas metálicas que pesaban toneladas.

Historias de aquel día

Los periódicos se hicieron eco de algunas de las rocambolescas y trágicas historias que se vivieron en apenas unos segundos. Una de las que más repercusión tuvo fue la de la mujer que perdió la vida en las inmediaciones del quiosco de Llaranes, situado en el cruce con la carretera de Avilés a Gijón. Se trataba de Inocencia Pastur. Una de las imágenes que acompaña esta información muestra el estado de desolación en el que quedó, con apenas una pared en pie, el pequeño mostrador semivolcado y el resto reducido a cascotes, antes la expectación de los vecinos y la vigilancia de un Guardia Civil. Pastur era esposa de un trabajador de Ensidesa.

También en Llaranes otros tuvieron más suerte. Nuevamente la noticia de La Voz de Asturias del 7 de febrero cuenta que «un improvisado obús abrió un tremendo boquete en la sastrería panadería Elías». En su interior, se encontraba el dueño, que sufrió un susto tremendo pero no heridas de consideración.

Belisario José Cobo Cobo. Este es el nombre del protagonista de otra de las historias más repetidas. Este camionero de origen cántabro llegó a Avilés la tarde del viernes, conduciendo un camión de 26 toneladas de ferromanganeso, con intención de descargarlas en la acería. Sin embargo, unos trámites administrativos que se retrasaron más de lo debido le obligaron a esperar hasta la mañana del sábado. A las 10:30 de la mañana, al volante de su vehículo estaba junto en la entrada de la fábrica. La onda expansiva le llevó por delante. Algunos medios decían que el cuerpo había quedado destrozado, incluso decapitado. «Esta casualidad le costó la vida», decían los periodistas de la época. 

Algunos testigos señalaban ya entonces que la tragedia podía haber sido incluso peor. Una de las piezas que pesaba toneladas y que salió dispara a gran velocidad pasó muy cerca de un gasómetro. Si se lo hubiera llevado por delante, aseguran que la explosión habría tenido una repercusión muy superior en víctimas. 

Un improvisado obús

Una gran viga de hierro, parte de la estructura de la fábrica de Ensidesa, que entonces contaba con más de 20.000 trabajadores, siguió su propio camino. Este «improvisado obús», como llegaron a denominarlo, aterrizó en las inmediaciones del colegio de los Padres Salesianos, cerca del patio. Los alumnos del centro se convirtieron también en improvisadas fuentes para los periodistas, calibrando hasta el peso que podían tener aquellas piezas. Si el arco descrito por la trayectoria hubiera sido apenas unos metros más ancho, centenares de alumnos habrían corrido mucho peor suerte y la tragedia habría sido de otra dimensión.   

Los medios siguieron todavía en varios números lo que sucedía. La llegada de las autoridades a Asturias para solidarizarse con los avilesinos. Entre ellos, el más destacado fue Ministro de Industria, José María López de Letona. Los mensajes de condolencia de Franco y del entonces príncipe Juan Carlos. La identificación de las víctimas tardó horas y horas, así que en cada puerta se inscribía un nuevo nombre. El número exacto de los heridos y su evolución. La investigación para determinar con exactitud lo que había sucedido. Las obras de reparación y la puesta en marcha de toda la planta, ya que el accidente obligó a parar los cuatro altos hornos, dos acerías y las estaciones de laminación. Las pérdidas fueron millonarias. Al margen del coste humano, la acería LD-1 en la que se registró la explosión producía diariamente 1.500 toneladas de acero.

En una pieza periodística del primer día, La Voz hacía una pequeña cronología de lo acontecido. Se titulaba Angustia y sobrecogimiento de Avilés, la firmaba Silverio de Legorburu y hacia una descripción física y emocional de lo que se encontró: «Miles de cristales estallaron, personas y vehículos eran barridos literalmente por la ola expansiva y las gentes buscaban el refugio del cielo abierto y el intercambio de unas palabras de reacción o tranquilidad, por más que se estuviese muy lejos de todo ello, entre angustia y sobrecogimiento, al borde del shock».

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Cuando en Avilés llovieron piezas metálicas que pesaban toneladas