Tragaperras expuestas para evitar saqueos

Los hábitos en compras de necesidad cambian en unas calles vaciadas por la cuarentena

Las máquinas tragaperras abiertas y volcadas a la ventana del bar cerrado por la cuarentena
Las máquinas tragaperras abiertas y volcadas a la ventana del bar cerrado por la cuarentena

De camino al estanco, uno de los pocos establecimientos que permanecen abiertos durante la cuarentena por una mezcla de necesidad y vicio, se percibe el terror de la epidemia de forma distinta a mientras se permanece encerrado en casa. La angustia de las cuatro paredes no desaparece en el exterior, se abre a un paisaje completo en el que se cuentan con los dedos de una mano los coches en la carretera y las personas que avanzan, a veces con mascarillas y guantes, desconfiadas y tratando de no acercarse demasiado unas a otras.

Las colas para entrar en la farmacia se alargan hasta la acera porque todo el mundo trata de respetar la distancia mínima de un metro mientras se hacen esa u otras compras. Un fuerte olor a lejía llena la calle mientras un operario del Ayuntaminto fumiga a conciencia la entrada del supermercado. El impacto de las sensaciones olfativas es el que más intensidad tiene en la memoria, con el hedor o las fragancias se forjan los recuerdos, quizá la desinfección de los adoquines sólo tiene un efecto placebo pero parece que tranquiliza a quienes se apuran a coger el pan.

Todos los bares y las cafeterías están cerrados desde hace ya casi dos semanas. A lado de la parada de taxis, que sí siguen operativos, uno de ellos ha puesto todas sus máquinas tragaperras abiertas, para que se vea claramente que no guardan recaudación alguna, volcadas contra los cristales de las ventanas. Toda precaución es poca aunque la presencia de la policía es bastante frecuente; la de militares de la UME es intermitente.

En la cola del estanco a los ladridos de un perro, que ya está nervioso porque esto se alarga, le interrumpe la llegada de la Policía. Un agente se baja del coche patrulla para advertir muy seriamente a un señor que está sentado en un banco que no se puede estar tomando el sol en plena cuarentena. El hombre le da los números y la letra de su DNI con una estupefacción que no le desaparece de la cara mientras el policía comprueba los datos en el coche. «Le tengo que informar de que está propuesto usted para una sanción, ¿va a aceptar? ¿Pero qué sanción, qué es? Una multa. No, no yo no lo acepto. Pues usted verá, es su problema ¿ese es su domicilio? pues a casa». El hombre estupefacto se marcha farfullando que no lo sabía, y las vecinas tratar de interceder por él ante el agente pero no se lo reprochan. Ni al uno ni al otro.

Pánico en el portal

Casi todos los vecinos fumadores del edificio terminan por coincidir en algún momento porque bajan muchas veces al día. En este momento hay tres y la conversación está más animada porque está el portero avisando por el telefonillo de que haya tranquilidad que el supuesto caso de ayer fue negativo. «Pero, ¿qué pasó? Pues Antonio, el del cuarto, ¿no sabes quién es? Sí, ho, uno mayor muy alegre que saluda a todo el mundo. Se puso malo y vinieron a buscarlo con los equipos esos, madre mía que mete miedo. Pero nada, al final fue negativo».

Y es que la tarde antes sonaron las sirenas y llegó una ambulancia para recoger a Antonio, el del cuarto. Mete miedo porque los equipos sanitarios deben extremar todas las precaciones y se ponen los monos y las máscaras con cuidado antes de entrar, con rigor y con detalles mientras al profano le parece que pasa una inmensidad, y después se los vuelven a quitar con la misma parsimonia que es imprescindible. Asusta, claro. Dice el portero que se llevaron a Antonio al HUCA pero que el test es negativo y era una neumonía. Todo el mundo se alegra de la neumonía de Antonio.

El portal, los pomos y el ascensor también huelen intensamente a lejía. Como la calle a veces. Dice el el Jefe del Estado Mayor de la Defensa, el JEMAD, Miguel Ángel Villarroya, que en esta crisis todos los días son lunes. Seguramente para él sea cierto pero en el portal y en la calle camino del estanco parece más bien un domingo demasiado temprano, cuando los que andan por ahí son como intrusos del amanecer, como si todo el mundo estuviera de resaca de una fiesta a la que nadie te había invitado y siguen pegados a las sábanas, pero ya es casi mediodía. Se oyen pájaros y nunca se había podido escuchar a los pájaros a estas horas.

No había el tabaco que suelo fumar ya en el estanco, ya no queda. Hay que conformarse con otro. Hay que conformarse unos días más.

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