Juan Carlos, rider: «Ya no tengo que esquivar coches pero tampoco hay trabajo»

La Voz

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Juan Carlos, a los mandos de su motocicleta con la que reparte comida a domicilio, posa para el fotógrafo en Gijón.
Juan Carlos, a los mandos de su motocicleta con la que reparte comida a domicilio, posa para el fotógrafo en Gijón. Juan González

Repartidor en Gijón, cuenta cómo sus ingresos se han visto mermados con la epidemia y cómo muchos clientes ni le abren la puerta

11 abr 2020 . Actualizado a las 11:34 h.

A los mandos de su motocicleta con la que entrega pedidos de comida, Juan Carlos reconoce que es un placer tener las calles de Gijón casi para uno solo sin tener que esquivar coches continuamente en sus repartos, pero asegura que el cierre de la mayoría de los locales ha hecho desaparecer el trabajo. Cuatro o cinco entregas y cuatro o cinco euros de propina en una semana.

Juan Carlos, de 45 años, parece más preocupado por el parón de actividad que por el coronavirus porque, según reconoce a Efe, en estos momentos no sabe si va a poder pagar la renta del piso en el que vive con su pareja, una auxiliar de cocina afectada por un expediente de regulación temporal de empleo desde que se decretó el estado de alarma.

Las plataformas de envío de comida a domicilio ya habían reconocido la caída de actividad debido al cierre de bares y restaurantes, pero también por la decisión de algunas cadenas de suspender este servicio.

Juan Carlos, que desde hace tres años trabaja en la empresa New Driver, bien lo ha constatado en su día a día.

Esta empresa, que comenzó a trabajar en Sevilla y actualmente se ha expandido a otras regiones, contaba en Gijón con decenas de clientes, la mayoría restaurantes, bares y sidrerías que han tenido que cerrar.

Ahora sólo quedan una pizzería, un local de tacos mexicanos, una hamburguesería, un establecimiento japonés-peruano y una pulpería gallega que siguen ofreciendo sus platos para reparto a domicilio.

Y si la oferta hostelera ha caído, la demanda de comida a domicilio también, comenta Juan Carlos, que ha visto reducidas sus salidas a tres o cuatro diarias, y a veces, ninguna.

Según explica estos días solo piden comida elaborada a domicilio personas jóvenes, de entre 35 y 45 años, porque los mayores cocinan en casa, quizás porque ahora tienen más tiempo para hacerlo por el confinamiento.

También ha surgido, aunque de manera incipiente, un nuevo mercado en naves de polígonos industriales que se mantienen activas y cuyos trabajadores se han visto obligados a cambiar el menú del día en mesones y restaurantes cercanos por los pedidos, pero ello no ha compensado la caída generalizada del trabajo.

La última semana, Juan Carlos sólo ha realizado cuatro o cinco entregas, aunque ha sido «excepcional» en cuanto a propinas porque pudo llegar a los siete euros.

Una situación que contrasta mucho con la que había hace antes de que se decretara el estado de alarma, cuando «se trabajaba bien», sobre todo los sábados, los días en los que había fútbol por televisión o las noches de lluvia y la generosidad de los clientes dejaban buenas propinas.

En condiciones normales sus ingresos llegaban a 720 euros mensuales sumando el salario base con pagas extraordinarias prorrateadas y las extras por cada pedido, pero el pasado mes de marzo ha cobrado alrededor de 500 euros.

En cierta forma, Juan Carlos dice ser un privilegiado en el sector porque conserva una paga fija mínima. Otros riders, la mayoría, carecen de este «beneficio» y si la moto es propiedad de la empresa se les descuenta 90 euros al mes.

Respecto a la posibilidad de contagiarse, Juan Carlos dice no tener miedo, aunque sí respeto.

El protocolo establece que los repartidores deben dejar los pedidos en la puerta y coger el dinero de debajo del felpudo, aunque reconoce que no siempre se cumple.

La gente suele ser amable pero mantiene la distancia detrás de la puerta y casi no habla, «apenas dicen gracias y pagan», y hace poco entregó un pedido a una persona que le recibió protegido con mascarilla y guantes.

Hace unos días, un cliente ni siquiera le abrió la puerta. Había dejado una silla de oficina en el pasillo con el dinero y un euro de propina para que allí le dejara la comida.

En su caso, no usa mascarilla porque no se la han suministrado y se han agotado en las farmacias de forma que se tapa la boca y la nariz con el cuello alto del suéter y sus guantes son los de andar en moto.

«Miedo no tengo, quizás respeto, porque me puedo contagiar en cualquier lado», dice Juan Carlos, deseoso de que la normalidad vuelva pronto aunque tenga que esquivar coches; informó EFE.