«El teletrabajo se está convirtiendo en una nueva forma de esclavitud»

Eduardo Infante, profesor de Filosofía en Gijón, reflexiona sobre las deficiencias y las necesidades que ha puesto de manifiesto la crisis del coronavirus: «Cuando nos vienen mal dadas, lo público es lo único que nos protege»

Eduardo Infante
Eduardo Infante

Redaccion

Dice Eduardo Infante (Huelva, 1977), que lleva 20 años viviendo en Asturias y enseña Filosofía en el instituto San Eutiquio La Salle de Gijón, que merece la pena recordar la respuesta que la bióloga Margaret Mead le daba a un alumno que, en una de sus clases, le preguntó cuál era el signo más antiguo de la humanidad. «Esperaban que hablase de algún tipo de herramienta y habló de un fémur roto y curado. Un fémur tarda un mes en curarse y hubo alguien que dedicó un mes a curar a otra persona en un momento de supervivencia. Eso es humanidad. Nos humaniza cuidarnos los unos a los otros. Y también nos salva», añade, pensando en la actual pandemia de coronavirus que ha puesto de manifiesto una serie de cuestiones y problemas sobre los que es inevitable y propicio reflexionar. «El virus está poniendo de manifiesto -empieza Infante- que el Estado nación no funciona. Lo único que nos puede salvar son las estructuras supranacionales como Europa en nuestro caso. La crisis que va a venir es tan gorda que no sé qué vamos a hacer como no haya unos fondos europeos que compren nuestra deuda».

-Aparece un virus nuevo, extremadamente contagioso, y, de repente, medio planeta está confinado. ¿Sabíamos que éramos tan vulnerables?

-Siempre hemos sido vulnerables, pero quizá lo que ha cambiado es nuestra conciencia. ¿Cómo es posible que hubiéramos estado tanto tiempo viviendo de manera inconsciente sin saber realmente que lo somos? Nos hemos creído una generación diferente y especial. Todas las generaciones anteriores a la nuestra entendieron que la incertidumbre y los momentos duros formaban parte de la vida. No sé si es que hemos nacido en una sociedad muy infantilizada en la que hemos creído que estas cosas no nos podían pasar a nosotros. Lo que me sorprende es que sorprenda que estas cosas pasen. A poco que uno lea o estudie la historia, o simplemente se siente a conversar con sus abuelos, descubre que la vida también es incertidumbre y que uno tiene también que dedicar tiempo a formarse, a prepararse para poder navegar ante las circunstancias negativas de la vida. Lo que ha pasado nos ha cogido a contramano porque hemos tenido una educación que no nos ha preparado para ello.

-¿Una educación entre algodones?

-Quizá hemos sido una generación de mensajes positivos y hemos creído realmente que todo depende de nuestra voluntad, y no es así. Ante la catástrofe que estamos viviendo, es bueno en cierta manera que tomemos consciencia de quiénes somos. De hecho, una de las cosas que puede ayudarnos es tomar consciencia de que los seres humanos solamente han salido de las situaciones de crisis juntos. El individualismo, la creencia del yo me lo guiso y yo me lo como o de que no necesito a nadie nunca nos ha sacado de una situación de catástrofe. Todo lo contrario. Cuando hemos sido capaces de darnos cuenta no solo de que somos vulnerables, sino también de que somos interdependientes y nos necesitamos los unos a los otros, es cuando al final hemos podido construir cosas que han merecido la pena. Europa, por ejemplo, la construimos a partir de una catástrofe tremenda como fue la Segunda Guerra Mundial.

«Esta crisis quita los velos y saca a la luz la realidad. Y la realidad es que el ser humano es lo que quiere llegar a ser»

-Esta crisis sanitaria ha sacado lo mejor de las personas y, claro, también lo peor…

-Esta crisis quita los velos y saca a la luz la realidad. Y la realidad es que el ser humano es lo que quiere llegar a ser. ¿Qué clase de ciudadanos queremos ser? ¿Qué tipo de sociedad queremos construir? Esas son las preguntas que nos deberíamos hacer, más que justificar lo que está ocurriendo y abrir un debate sobre si somos individualistas o si somos solidarios. La gran potencia que tiene el ser humano es que podemos decidir si queremos ser individualistas o si queremos ser solidarios. Ahora hay mucho debate acerca de cuál puede llegar a ser la sociedad que va a sobrevenir, jugamos un poco a ser adivinos a ver quién acierta, y no somos conscientes de que la sociedad que venga es la que estamos construyendo hoy y que somos nosotros los que la estamos construyendo. No hay una especie de destino que nos fuerza de repente a un lugar concreto de la historia, sino que somos nosotros los que vamos construyendo la historia. Es importante que nos demos cuenta, tanto en los pequeños como en los grandes hechos. Estamos construyendo un futuro u otro decidiendo si compramos en la librería de la esquina o en Amazon.

-En esta crisis sanitaria hemos visto precisamente las consecuencias del sistema capitalista, como por ejemplo ese desabastecimiento de mascarillas y respiradores ante la deslocalización de la producción.

-Por la búsqueda de beneficio absoluto se ha deslocalizado la producción y, claro, eso lo hemos visto ahora de repente. Cómo la ausencia de mascarillas y respiradores viene del hecho de que la producción que se hacía en Europa se haya trasladado a China para sacar más beneficio. Eso se ha vuelto ahora contra nosotros pero, al mismo tiempo, debería ser un revulsivo para la reflexión. Cuando todo esto pase, ¿cómo vamos a producir? ¿Vamos a seguir produciendo todo en China, buscando solo y exclusivamente el beneficio económico o vamos a tener en cuenta otro tipo de beneficio como el social? El sistema es algo que construimos nosotros, que se construye a base de dónde tengo mis ahorros, qué compro, a quién voto… ¿Cuáles son las deficiencias que tiene efectivamente y cómo puedo, como ciudadano, intentar corregirlas? Es muy importante que entendamos que la política no es delegar nuestra responsabilidad ciudadana cada cuatro años en unos señores que se dedican a tomar decisiones. La política es y debería ser algo más, requiere de una implicación del ciudadano y de la sociedad civil con la construcción del sistema en el que vivimos. Y una de las primeras responsabilidades que tenemos que tomar como ciudadanos, y es algo que también se ha puesto de manifiesto en esta crisis, es la obligación de estar bien informados.

«Es muy importante romper la cadena de la mentira y del bulo porque van en contra de la idea de democracia»

-Estar bien informados en tiempos de fake news…

-Ser ciudadano es también implicarse en qué es lo que está ocurriendo, cuáles son las causas y formarse un juicio crítico. Y, en este mundo que vivimos de redes sociales y fake news, es muy importante romper la cadena de la mentira y del bulo porque van en contra de la idea de democracia. Es una responsabilidad acudir a las fuentes de información fidedignas. A mis alumnos siempre les digo que una noticia de periódico está firmada. Puede tener algún sesgo, pero hay una responsabilidad de la persona que ha firmado esa noticia. Un mensaje de WhatsApp anónimo no deberíamos reproducirlo. Es un virus que atenta contra la democracia.

-Hay un exceso también de información científica que, en ocasiones, lleva a creer que la solución al problema es inminente, pese a que la ciencia necesita de unos tiempos y pese a que este coronavirus sigue siendo un desconocido.

-Hay un desconocimiento absoluto en el ciudadano corriente, además con formación universitaria, sobre cuáles son los tiempos, los procesos y realmente qué es la ciencia. Se habla de ella como si fueran chamanes. El virus también nos está mostrando la limitación de la ciencia. Puede con lo que puede, con sus tiempos, sus procesos y sus métodos. Estamos viendo además que la ciencia es un instrumento que por sí sola no nos trae un progreso social y moral, sino todo lo contrario. La ciencia puede ser la solución, pero al mismo tiempo parte del problema. La ciencia, la técnica, se ha puesto al servicio de la producción, del capitalismo, de la búsqueda de beneficio y eso precisamente ha acelerado problemas que estamos viviendo ahora y que van a seguir ahí como el cambio climático. Que la ciencia sea la solución o parte del problema depende de nosotros. Somos nosotros los que decidimos cuánto dinero se invierte en ciencia y también cuáles son las investigaciones que se llevan a cabo o no. Es decir, podemos desarrollar un nuevo iPhone o podemos desarrollar una vacuna, pero en último término lo decidimos nosotros.

«Veo un resurgimiento tremendo de las emociones negativas y, bajo el miedo y el odio, es imposible  la búsqueda del bien común»

-¿Cree que esta crisis sanitaria está motivando una mayor reflexión en ese sentido?

-Estoy muy apesadumbrado porque veo un resurgimiento tremendo de las emociones negativas. Veo tristemente una sociedad muy infantilizada en la que hay gente que, sin ningún tipo de pudor, se dedica a expresar sus emociones y, simplemente porque sienten que algo es verdadero ya tiene que ser verdad, incapacitándoles para cualquier tipo de diálogo racional. ¿Cuáles son los sentimientos que veo en muchos conciudadanos? Miedo y odio y, bajo el miedo y el odio, es imposible el diálogo racional, es imposible el consenso y es imposible la búsqueda del bien común. Con una persona pegando gritos con una bandera en la mano no se puede tener ningún tipo de diálogo. Todo lo contrario. La filosofía política, además, nos enseña cómo desde el miedo y desde el odio, es decir, desde la discordia, hay gente que saca mucho beneficio tanto económico como también poder.

«Cuando una tribu se encuentra al borde de la extinción es cuando se producen las situaciones más fuertes de solidaridad porque el instinto de cooperación es el que nos salva»

-¿Con qué lección de las que ha puesto de manifiesto esta crisis se queda?

-La defensa de lo público. Lo que nos ha salvado es lo público. Lo único que nos está salvando es el conocimiento en todos sus ámbitos, pero puesto al servicio de lo público, entendido como ese ágora en el que se discuten las soluciones comunes para los problemas individuales. Cuando nos vienen mal dadas, lo público -entendido como lugares de protección- es realmente lo único que nos protege. Lo privado no nos ha ayudado ni nos ha sacado de aquí ni mucho menos. La antropología nos lo deja claro: el ser humano tiene un instinto egoísta, pero existe un instinto mayor que es el de la cooperación. Cuando una tribu se encuentra al borde de la extinción es cuando se producen las situaciones más fuertes de solidaridad porque el instinto de cooperación es el que nos salva y nos convierte en seres humanos. Es otra de las lecciones que nos debería quedar de esta crisis.

-Una crisis en la que hay colectivos, como las personas mayores, más vulnerables.

-El pensamiento utilitario hacia los mayores, que algunas veces se ha escuchado en esta crisis, me parece atroz. Qué más da que sea una enfermedad que solo ataca a los mayores, ya han vivido mucho… Eso es tremendo. Brutal. Abre la espita a que hay formas de vida que son menos dignas. Si la vida de una persona mayor es menos digna que la de un joven entonces podemos empezar a abrir más espitas y es algo tremendo. A mis alumnos, cuando veía que no se ponían mascarillas o que no guardaban la distancia de seguridad, les decía que tenían que hacerlo ‘por vuestros mayores porque les debemos mucho’.  Que la generación de nuestros mayores es la generación que ha luchado por la democracia, la que os ha dado la democracia, la que os ha dado los derechos que estáis viviendo, que ha luchado contra el fascismo, es la generación que ha construido Europa. ¿Y vosotros lo devolvéis así? Nos toca cuidarlos a ellos ahora.

«Ser consciente de que no tenemos todo el tiempo del mundo, es lo que nos puede llevar, como decía Heidegger, a no malgastar el tiempo»

-La cifra de muertos es elevada y siguen muriendo personas por coronavirus. El miedo a la muerte es otra de las reflexiones que deja esta pandemia.

-Este miedo a la muerte es muy antropológico. Era muy propio de la filosofía griega hacer un ejercicio que era la meditación sobre la propia muerte. Marco Aurelio por ejemplo, filósofo y emperador, lo hacía muchas noches y meditaba sobre la posibilidad de que podía morir al día siguiente. Esto que nos puede parecer algo macabro o morboso, era justo lo contrario. Ser consciente de que no tenemos todo el tiempo del mundo, es lo que nos puede llevar, como decía Heidegger, a vivir existencias auténticas. A no malgastar el tiempo. La conciencia de mortalidad no debería asustarnos. ¿Por qué nos da miedo la muerte? No deberíamos tenerle miedo a la muerte. Epicuro hizo un texto precioso hablando de que tenemos que enfrentarnos a ese miedo que nos paraliza y que, de hecho, la vida humana tiene que ser una vida vivida sin miedo. Decía Platón que filosofar es aprender a morir, reflexionar sobre la muerte. Lo que está apuntando es precisamente que el filósofo, que puede ser cualquiera, tiene que aprender a vivir sin miedo. Porque el miedo nos paraliza y nos lleva a hacer estupideces como desear que todo esto pase sólo para ir de compras.

«En educación se está abriendo una brecha educativa brutal»

-Esta crisis ha acelerado realidades que estaban por llegar. El teletrabajo es un ejemplo.

-El teletrabajo me da miedo por varias razones. Primera, porque se está convirtiendo en una nueva forma de esclavitud. Tengo amigos en diferentes sectores que me están diciendo que están echando muchísimas más horas de las que les pagan. El teletrabajo ahora mismo se está vendiendo como disponibilidad las 24 horas del día: como trabajas desde casa pues entonces me puedes responder a este mensaje a las diez de la noche. No tendría que hacer falta recordar que una persona que está disponible 24 horas es un esclavo. Es decir, que habrá que analizar muy bien qué es y cómo debería ser el teletrabajo en una sociedad democrática. Eso para empezar. Y una segunda razón por la que me da miedo es que no todo el mundo tiene acceso al teletrabajo. En educación se está abriendo una brecha educativa brutal. Yo estoy dando las clases online, y tengo alumnos que tienen una habitación para ellos solos, con un ordenador y que pueden seguir la clase perfectamente, pero también tengo alumnos que siguen la clase desde la cocina con el móvil. Hay alumnos con una conexión a internet muy buena y hay alumnos que se conectan y se desconectan porque la conexión les falla durante la clase. Eso es tremendo. Las clases online en este sentido sirven como sustituto pero ni mucho menos puedes funcionar exactamente igual que la clase presencial. Sobre todo a ciertas edades.

«Parece mentira que haya que recordarle a algunas personas que el derecho a la vida, sobre todo de personas vulnerables, está por encima de su derecho a la libre circulación»

-La limitación de derechos, como la libertad de circulación, ha abierto cierto debate cuestionando el estado de alarma. ¿Cómo se resuelve ese conflicto de derechos?

-En una sociedad democrática tenemos una serie de derechos, pero a veces entrar en conflicto como en este caso. ¿Cómo se soluciona? Se sopesa cuál es el derecho que tiene más peso. Parece ilógico tener que decir que entre la vida y la libertad, pesa más la vida. Frente a tu derecho a la libre circulación y el derecho a la vida, no solo tuya, sino la vida de las personas vulnerables, está por encima el derecho a la vida de las personas vulnerables. Y parece mentira que haya que recordarle esto a algunas personas. Es que yo tengo derecho, es que están limitando mis derechos, hombre, claro que sí, para proteger la vida de las personas vulnerables. Siempre digo que, en una democracia, no es el gobierno quien vigila al ciudadano, sino que son los ciudadanos los que vigilan al gobierno. Es decir, estamos en un estado de alarma, hay que aceptar la limitación de nuestra libertades, pero eso precisamente es lo que nos tiene que llevar a vigilar muy bien al gobierno para que esa cesión de nuestras libertades se haga solo y exclusivamente para lo que la hemos cedido.

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