«Con la excusa de la pandemia ha surgido un autoritarismo de nuevo cuño»

Javier Echeverría, coautor de Tecnopersonas: cómo las tecnologías nos transforman (Trea, 2020) explica a La Voz cómo esas nuevas tecnologías ejercen sobre las personas una novedosa forma de control

Javier Echeverría,  coautor de la obra
Javier Echeverría, coautor de la obra

Asturias

La editorial Trea publica acaba de publicar Tecnopersonas: cómo las tecnologías nos transforman, un ensayo de Javier Echeverría y Lola S. Almendros que analiza las nuevas tecnologías, la falsa libertad existente en los entornos digitales y una nueva forma de dominación social nacida en dichos entornos. Javier Echeverría explica a La Voz de Asturias el origen de esta obra que, incluso, incluye un capítulo sobre la COVID 19.

--¿Cómo surge la semilla de Tecnopersonas: cómo las tecnologías nos transforman?

--El libro "tecnopersonas" parte de dos hipótesis mías bastante antiguas: la de los tres entornos (Los Señores del Aire, 1999) y la de la revolución tecnocientífica (2003). Asimismo analiza las consecuencias de algunas nuevas tecnociencias del siglo XXI que no existían hace veinte años, y que hoy en día son predominantes: los smart phones, las redes sociales, la inteligencia artificial y los Big Data, por ejemplo. Lola Almendros añadió su conocimiento profundo de las redes sociales y, en particular, su crítica premonitoria a la noción de transparencia, que Mark Zuckerberg había preconizado para que los usuarios entregaran a Facebook alegre y temerariamente lo principal de su vida privada e íntima. Cuando ella y yo nos conocimos en San Sebastián con ocasión de un máster sobre filosofía, ciencia y valores, surgió la idea de escribir un libro a medias, que cuatro años después se ha hecho realidad. Aunque en medio yo ya he publicado algún artículo académico sobre tecnopersonas, además de dar conferencias sobre el tema, como ella.

--En la obra se plantean las nociones de tecno-personas y tecno-mundos, ¿a qué hacen referencia?

--Los tecnomundos son los hábitats donde las tecnopersonas se relacionan e interactúan, por ejemplo una red social, pero también una película en Netflix o una casa domotizada. Distinguimos tres tipos de tecnopersonas: las personas que usan cada vez más las tecnologías digitales y dependen mentalmente de ellas; los robots (industrias 4.0, como se dice en la Unión Europea, deep learning, etc.) y los personajes literarios, cinematográficos y de videojuegos que son considerados como cyborgs. Uno de los propósitos de nuestro libro consiste en actualizar la propuesta de Donna Haraway sobre los cyborgs. Cuando nos centramos más en las tecnopersonas que surgen a partir de organismos humanos vivos, como es el caso de millones de usuarios de internet y de las redes sociales, distinguimos grados mayores o menores de tecnopersonificación de cada cual. Por otra parte, cada usuario puede generar varias tecnopersonas suyas, en función de las diversas plataformas y redes sociales en las que sea activo. En último término, nuestras tecnopersonas son sistemas de datos gestionados desde las "Nubes" digitales. Esos datos se los apropian sistemáticamente las empresas tecnológicas que gestionan las redes sociales, así como los servicios de acceso. Las grandes bases de datos son hoy en día el motor del capitalismo informacional, en el que las tecnopersonas y sus datos son, ante todo, puras mercancías. Los tecnomundos por antonomasia son las así llamadas "Nubes", las cuales son en realidad grandes fábricas de tecnopersonas y tecnobjetos, estando robotizados en muy alto grado los procesos de generación, procesamiento, distribución y comercialización de cuanto hay en las presuntas "Nubes". Por cierto que mantener funcionando una "Nube" (o gran Centro de Datos) las 24 horas del día tiene un enorme coste energético. Greenpeace prevé en su informe de 2017 que dichas "Nubes" serán en pocos años las industrias que más electricidad consuman de todas, y con diferencia.

--¿Nos hemos vuelto tan dependientes de las tecnologías que ni nos damos cuenta de ello?

--Yo veo niños y niñas llevados por sus familiares en su sillita de ruedas con el chupete en la boca y el móvil en la mano. En casos así, hablo de tecno-chupetes. Lo grave es que a esas edades es cuando se conforman las redes neuronales, de modo que las aplicaciones tecnológicas conforman en gran medida las mentes de los niños y niñas. ¿Las redes? ¡Es lo que hay! -responden ahora los nativos digitales. ¡Principio de realidad! El mundo está cada vez más digitalizado y los tecnomundos forman parte de nuestro paisaje digital: a la naturaleza y a los animales se les conoce primero a través de sus imágenes digitales, no por sus cuerpos orgánicos, salvo excepciones, como quizás Asturias. Nosotros hablamos de tecnonaturalezas para subrayar esa naturalización de la artificialidad. Las tecnologías digitales son lo más natural del mundo y sirven para divertirse, pero también para ganarse la vida. Los tecnomundos han dejado de ser virtuales: son plenamente reales, e influyen cada vez más en nuestras vidas. Eso ocurre desde muy pequeñitos. Las mentes humanas están siendo troqueladas por las tecnologías digitales y, por tanto, por quienes diseñan, desarrollan y actualizan esas tecnologías. Las tecnologías no nos dominan. Quienes las crean y gestionan, sí.

-- En un epílogo añadido tras el estallido de la pandemia del coronavirus hablan de la condición de tecnopersona vírica que el propio virus ha adquirido ¿Hay también la COVID-19 y la tecno-COVID-19?

--La pandemia no la ha generado el virus, sino los seres humanos que, a base de viajar masivamente y muy apretados en aviones, trenes, metros, autobuses y coches, han contagiado el virus a otras personas. Por eso, aunque al virus se le combate médicamente en los hospitales y en las UCI's, como debe ser cuando ha infectado organismos humanos, para combatir la pandemia se tomaron medidas "contra las personas", por así decirlo. Hubo que privarnos de libertad de movimientos y confinarnos en nuestras casas, lo cual ha producido estupor social, como mínimo. Para lograrlo, se apeló a técnicas políticas y jurídicas (declaración del Estado de Alarma, prohibición de muchas actividades humanas y sociales, distribución de competencias entre comunidades autónomas, ERTEs, etc.), así como a la policía (control del confinamiento, multas, detenciones, etc.) e incluso al ejército. Sobre todo, se recurrió  a los medios de comunicación, tanto tradicionales (Prensa, radio, televisión) como a las redes sociales. Gracias a los mass media, que han tenido a COVID-19 como monotema, se ha metido el miedo en el cuerpo a la inmensa mayoría de la población. Y a algunas personas, auténtico pavor. También ha habido bulos, noticias falsas, datos sesgados, leyendas urbanas sobre el origen de COVID-19, etc. Pensamos que COVID-19, siendo en su origen una enfermedad vírica, ha generado una enfermedad informacional muy importante (la llamamos infodemia), pero, sobre todo, se ha visto implementado y desarrollado por múltiples sistemas técnicos y tecnológicos, incluyendo la elaboración de un icono para convertir al corona virus en un personaje social, así como a diversas técnicas de demonización de los virus en general (pese a ser naturaleza, no hay que olvidarlo). En suma: la tecnopolítica se ha apropiado de COVID-19 y de la pandemia. A esa evolución del virus, que es una entidad biológica, no tecnológica ni política, la llamamos TECNO-COVID-19. Aporta un desarrollo político de la pandemia basado en objetivos políticos precisos, pero ocultos, muy distintos a los objetivos propiamente sanitarios. Eso se ha manifestado claramente en la gestión de los datos, que ha experimentado varios giros, suscitando fuertes debates políticos. Asimismo en esa especie de competición entre comunidades autónomas y ciudades por ver quién gestionaba mejor la crisis sanitaria.

--Durante la pandemia se ha generado una dialéctica casi bélica en torno a la emergencia sanitaria. La famosa ‘batalla’ contra la COVID 19. ¿Se ha tendido a crear una suerte de personificación del coronavirus de cara a darle al ‘público’ el ‘rostro’ de un ‘enemigo’ que, por otra parte, es intangible?

--El Jefe del Estado Mayor que dijo en marzo en televisión que contra el coronavirus todos somos soldados (él seguiría siendo general, curioso), todavía no ha dimitido ni ha sido cesado. Ese intento de militarización de la sociedad no progresó, por suerte. Pero el disciplinamiento social que se promovió el pasado marzo sí ha sido una realidad, y por tanto la pérdida parcial de libertades. Con la excusa de la pandemia ha surgido un autoritarismo de nuevo cuño. En cuanto a la conversión del corona virus en el enemigo público número 1, demonizar a la naturaleza ha sido muy habitual en la historia de la humanidad. Reacción muy primitiva, por tanto. Y muy poco racional. Por otra parte, Hobbes dijo claramente que, para unificar al Estado, no hay nada mejor que un enemigo común. Pues bien, eso es lo que se intentó con lemas como "a este virus lo venceremos", o "todos unidos lo paramos", etc. La publicidad tecnopolítica funciona así. Recurre a slogans muy simples y que sean aglutinantes socialmente, a juicio de los expertos en marketing social.

Por mi parte pienso que el virus no es el responsable de la pandemia, aunque sí de la enfermedad COVID-19, tal y como ésta se manifiesta en un cuerpo humano concreto. Se trata de una infección vírica, ciertamente grave; pero no de una guerra. Militarizar la lucha contra la pandemia tenía y tiene una clara intención política. Ello se debe, como ya he dicho, a que han sido los seres humanos los responsables de la difusión del virus, y por tanto de la pandemia. La guerra está llegando, pero será una batalla entre partidos y agentes sociales por pedir responsabilidades a personas físicas y jurídicas. Tecnopolítica, por tanto.

--En el libro no se echa mano de la tecnofobia, sino que, más bien, se advierte del uso o abuso que corporaciones y grupos de poder hacen de esas nuevas tecnologías.

--En el libro se propugna la ampliación de los Derechos Humanos de 1948, como modo de combatir el neofeudalismo de los Señores del Aire y de las "Nubes" (Google, Apple, Facebook, Twitter, Amazon, Alibaba, etc.) y de promover la democratización del tercer entorno, que falta hace. Hoy en día, los usuarios y clientes de esas grandes empresas somos súbditos de ellas, si no siervos. Cada Señor del Aire pone las normas que quiere en su feudo informacional y marca a las mentes humanas con los formatos que ha fabricado para sus plataformas tecnológicas, a los que hay que atenerse imperativamente. En una situación así, se entiende que surjan actitudes tecnofóbicas. No es nuestra postura. Al contrario. Llamamos a los usuarios a apropiarse mentalmente de las tecnologías digitales y a usarlas cada vez mejor, pero con el objetivo de emancipar a dichos usuarios de la dominación actual por parte de los Señores de las Nubes. Hay tecnologías para la dominación y tecnologías para la liberación, como las basadas en software libre y en acceso abierto. Estamos a favor de las segundas y en contra de las primeras. Por eso nos declaramos dominófobos, no tecnófobos.

--¿Por qué el ser humano en Internet o en redes sociales tiende a renunciar a derechos, aceptar condiciones de uso o compartir datos, de un modo despreocupado que en la vida ‘real’ ni se imaginaría?

--En primer lugar, porque el mito romántico sobre Internet, según el cual la red es horizontal, todavía tiene profunda influencia. En segundo lugar, por una tendencia típicamente humana a comportarse mayoritariamente como un animal de rebaño, confundiendo socialización con moda y con hacer lo que todos hacen. En tercer lugar, porque se sigue pensando que el poder lo tienen los Estados y, por tanto, a ellos hay que exigirles derechos, lo cual no es cierto en el tercer entorno. Cuando los usuarios de Facebook pidan la dimisión de Zuckerberg con la misma energía con la que piden la dimisión de los jefes de gobierno, la democracia en el tercer entorno habrá avanzado algo, puesto que se habrá ejercido el derecho (no reconocido) a criticar al monarca absoluto en su propio feudo o dominio. Entonces comenzará a haber libertad de expresión y de crítica. Y quizá también de manifestación. En cuarto y último lugar: no se piensa en las redes sociales como un espacio político, pese a que cada vez lo son más. Las políticas de censura de contenidos y las expulsiones de usuarios díscolos han aumentado mucho en los últimos años de Facebook. Ello muestra que comienza a haber una cierta concienciación política de los usuarios de las redes sociales.  

--En el mundo actual, ¿se ha acabado con la tradicional división de poderes?

--En los Estados democráticos no. Y todavía quedan algunos, por ejemplo en Europa. En cuanto al tercer entorno, en ese nuevo espacio social nunca ha habido división de poderes, por la sencilla razón de que nunca ha habido Estado democrático allí. Los poderes militares y financieros operan a pleno rendimiento en las redes telemáticas desde los años 80: somos muy pocos los que seguimos hablando de ello. Parece de mal tono, existiendo la ilusión de Internet, con millones de mensaje "like" y teniendo cada cual cientos de "amigos" y "seguidores" en las redes sociales. Sin embargo, los conflictos en las redes sociales aumentan y hacen falta jueces independientes capaces de juzgar por corrupción, prevaricación y abuso de poder, por ejemplo, a los directivos de las empresas que promueven y gestionan las redes sociales. También por machismo, claro está. Asimismo hace falta un Parlamento democráticamente elegido por los usuarios, por ejemplo en Facebook. Esa tecno-asamblea les diría a Zuckerberg y a sus ministros cómo deberían actuar, qué leyes y normas tienen que aplicar y qué derechos de los usuarios son inalienables. Eso no ocurre ahora, ni por asomo. Pero llegará.

Tal es el proyecto de Telépolis, que propuse hace más de un cuarto de siglo. Definir y aprobar democráticamente los derechos y responsabilidades de los usuarios en las redes sociales es un primer paso para desfeudalizar y civilizar el tercer entorno.

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