Redacción

Si Felipe VI fuera homosexual y se hubiera casado con un hombre, de manera que no hubiera Reina sino Rey Consorte, sentiríamos el hecho como «histórico». Probablemente la Iglesia evitaría ese adjetivo, porque se suele aplicar en alabanza de algo bueno. Sin embargo, las cosas históricas lo son por el alcance de sus consecuencias, no por ser novedosas o beneficiosas. Hitler y Franco fueron personajes históricos porque sus actos tuvieron consecuencias importantes, nefastas pero importantes. Borges decía que la historia era pudorosa, ocultaba con timidez sus hechos importantes y no los mostraba hasta después de un tiempo. Llamar histórico al acuerdo europeo que acaba de ocurrir solo puede ser un pronóstico, una suposición sobre sus consecuencias. Probablemente Francia y Alemania pensaron en negativo: el acuerdo será o no histórico, pero desde luego el derrumbe del sur sí lo sería y para mal. En nuestro día a día ibérico, el acuerdo no debería reforzar a nadie respecto de nadie. Pero no es así, salvo en el País Vasco. En la crisis del coronavirus, se destacaron tres frentes, independientes entre sí, que pusieron su atención en la caída del Gobierno y se desentendieron de la gravedad de la situación: las derechas, ciertos socialistas de antaño con una parte de PRISA y un sector del independentismo catalán.

Los propósitos de la extrema derecha son inconfesables, solo puede agitar y mentir y solo es audible en el griterío y el odio. En la racionalidad y el debate la extrema derecha es afónica. Su actuación en los momentos más dramáticos fue la que corresponde a su naturaleza. El PP tiene más tonos, pero se mimetizó con la ultraderecha en propósitos y estilo. Jugaron con lazos negros y muertes mientras las hubo y después intentaron una nueva versión de la patraña del 11 M, a pesar de los nefastos resultados que les había dado. La salida del confinamiento y la recuperación de la vida fueron anegando el bramido de la ultraderecha y los cayetanos. Intentaron entonces exprimir el desastre económico de la pandemia y llegaron a maniobrar en Europa con los halcones para bloquear la única opción que hay para España, que es una actuación de la UE como un bloque unitario. No es muy patriótico, pero es lo que hicieron. Alemania y Francia entendieron que el derrumbe del sur implosionaría la UE y el euro y lograron imponer lo que convenía a España y no quería el PP. Como digo, no debería reforzar a nadie respecto de nadie pero, si la historia es pudorosa y se esconde, los hechos son tozudos y se muestran a gritos. Ante el acuerdo, la ultraderecha tartamudeó palabras sueltas de dictaduras y rescates. El PP quiso convertir el agua en vino y presumir de que el resultado opuesto a lo que intentaron era un logro suyo. Y con rabieta mal disimulada quieren creer que Europa «ata en corto» a Sánchez presentando como condiciones las obligaciones que se tienen cuando se es parte de un conjunto y las recomendaciones ordinarias que siempre emite la Comisión Europea.

Los personajes de antaño más visibles fueron Felipe González y Cebrián. Su cruzada es contra Podemos y Sánchez, incluso en momentos tan al límie. Ahora callan a la espera de que ocurra algo malo para volver a hacer de adivinos hacia atrás. En el peor momento de la crisis, Cebrián escribió un memorable artículo en el que desgranaba los datos divulgados desde instituciones mundiales que anunciaban el cataclismo y que él conocía y la ceguera universal de gobiernos y organismos ante lo que se preveía y él sabía. Parecía Casandra, el personaje mitológico con el don de la profecía y la maldición de la incredulidad de los demás. Qué certezas tendrán ahora que los demás no les estamos creyendo. El tercer frente es el independentismo catalán más obcecado, el de la órbita de Puigdemont. Lo que lo hace ensimismado no es su determinación independentista, sino la carencia de cualquier otro compromiso o propósito. El derrumbe de España hubiera sido el caos propicio para su revuelta secesionista soñada. Dado el ambiente europeo, tendrán que seguir esperando.

El acuerdo peleado por Alemania y Francia tiene importantes resonancias geopolíticas. Dado el pudor de la historia, no sabemos cómo es de histórico. Pero hay dos historias que siguen siendo historias de siempre, una interna y otra externa y universal. En la historia interna, la exhibición de la bandera española como acto de repulsión a españoles se hizo especialmente insistente. Ligar el contraste de opciones políticas a la nación busca reducir la política a actos urgentes de necesidad y emergencia ante peligros antiespañoles imaginarios. Muy poco hay que tener que decir o mucho hay tener que ocultar para ocultarlo detrás del nombre y bandera del país. Las derechas están haciendo de la bandera una bufanda estrecha que solo cobija los períodos en que gobiernan y la clase social a la que representan. Solo tienen patria si la gobiernan. Y cada vez son más ajenos quienes no son los suyos. Y ya que tanto anhelan que Europa ponga condiciones al Gobierno español para recibir los fondos, quizá podríamos empezar a practicar ese juego dentro del propio país. El primer reparto ya decidido son los fondos sanitarios, que van a ir mayoritariamente a Cataluña y Madrid. No hay nada que objetar a destinar los recursos donde las necesidades son más graves. Pero, como digo, tal vez haya que completar el sentido común con condiciones obvias. No parece razonable que se destinen fondos sanitarios más abundantes a Madrid y Cataluña y estas comunidades puedan seguir destacándose en recortes de la misma sanidad pública a la que se está asistiendo y enajenar esa sanidad al lucro privado. Y no puede Madrid seguir quitando miles de millones de impuestos a los ricos, mientras atrapa los fondos públicos excepcionales de la crisis. El paraíso fiscal interno de Madrid succiona capitales, recursos e impuestos de otras comunidades. Eso no hace privilegiados a los madrileños, que están lejos de disfrutar de servicios públicos y protección social sólidos. Eso solo aumenta los privilegios de los ricos de toda España, que tienen en Madrid un estado dentro del estado en el que librar buena parte de sus obligaciones. No es racional que se mueva el gigantesco gasto público que viene sin hablar de todo esto muy en serio.

La otra historia de siempre es universal. Cualquier comunidad organizada necesita unos recursos que tendrán que salir de quienes la integran. Lógicamente, los ricos pagan más impuestos de lo que reciben ellos en servicios. Las comunidades más ricas aportan al conjunto nacional más de lo que reciben. En la UE los países más ricos son contribuyentes netos, es decir, pagan más de lo que reciben. En todos los niveles, los ricos se quejan de los humildes, que siempre parecen una piedra atada a sus tobillos. Siempre tienen algo para denigrarlos y dar apariencia ética a sus privilegios. A cierta escala, los pobres son individuos sin formación ni actitud. A otra escala, las zonas pobres lo son por vagos y atrasados. Recuerden aquello de que España nos roba que decía cierto independentismo catalán. Ahora los frugales europeos soltaron los tópicos de vagos y gastizos sobre los países del sur. Los ricos son ricos en una sociedad que genera riqueza y favorece su acumulación y en esa generación de riqueza estamos todos. No somos su problema sino el conjunto que los hace posibles. Y tienen obligaciones para con ese conjunto. Cataluña es más rica siendo la quinta parte de la economía de España que siendo un país independiente. Alemania tiene aires de superpotencia siendo la locomotora de la UE, pero no como un país suelto, entre dragones asiáticos, Rusia, Turquía y EEUU. A los ricos les gusta hacernos creer que solos serían más ricos y los demás somos un lastre, cuando es el conjunto que formamos el que cimenta su riqueza. Por eso parte de este momento histórico de la UE fue la historia de siempre. La que aquí también quieren reproducir hacia extranjeros pobres y países más pobres. La lucha de clases no es un deseo ni una táctica. Es un hecho. A todos los niveles.

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El acuerdo europeo histórico y la misma historia de siempre