Raquel Fernández: «No voy a reconocer mi Beirut. Es un amasijo de escombros y algo muy injusto para los niños»

La explosión en el puerto pilló a esta asturiana, jefa de comunicación de UNICEF en el Líbano, de vacaciones. Lleva trabajando sin descanso desde el martes

La asturiana Raquel Fernández, jefa de Comunicación y Alianzas Privadas de la misión de Unicef en el Líbano
La asturiana Raquel Fernández, jefa de Comunicación y Alianzas Privadas de la misión de Unicef en el Líbano

El estruendo de la explosión le llegó casi en tiempo real pero a miles de kilómetros de distancia, a través de medios tecnológicos y no del oído y de las entrañas. Aún está en shock. Sabe que su casa no tiene cristales y que ha sufrido daños menores, gracias a que se lo ha contado el vecino que siempre está alerta cuando se va de vacaciones. Pero ese no es el motivo de su desasosiego. La causa de su intranquilidad es la situación en la que se han quedado miles de familias y de niños en la ciudad, el compañero que ha perdido a su mujer, la compañera que permanece ingresada en un hospital y a la que no ha podido abrazar, los colegas que llevan dos días trabajando noche y día desde la fatídica tarde del martes. La asturiana Raquel Fernández es la jefa de Comunicación y Alianzas Privadas de la misión de Unicef en el Líbano, a la que pertenecen más de 220 profesionales. La detonación en el puerto de Beirut que ha arrasado la capital la ha pillado en el Principado, de vacaciones, pero lleva con un pie en dos mundos desde hace más de 48 horas. Ha intentado adelantar su regreso, previsto para el próximo jueves, pero entre la escasez de vuelos y las exigencias de PCR determinadas por la crisis del coronavirus ha desistido. Ayudará desde el otro lado del teléfono, donde es muy necesaria, con la adrenalina a pleno rendimiento. 

Teme y ansía regresar a partes iguales. Teme no reconocer la ciudad en la que lleva viviendo desde diciembre de 2018. «Me va a impresionar mucho. Veo imágenes de zonas que conozco y están arrasadas. Es la zona por la que paseaba y salía. No voy a reconocer mi Beirut. Es un amasijo de escombros. Es algo muy injusto para los niños y sus familias», expresa. Por otro lado, lamenta que vuelva «a llover sobre mojado y siempre sobre el más débil» y que el Líbano sufra la cuarta crisis consecutiva. Al millón y medio de refugiados sirios que asila un país con 4,5 millones de habitantes, se suma la crisis económica, el coronavirus y ahora la explosión, atribuida a la mala gestión unos depósitos de ácido nítrico. «Es lo que les faltaba», se duele. Pero sabe que será muy útil y que cada par de manos cuenta.

El desastre

Los mensajes llegados desde Beirut la sacaron de golpe de sus vacaciones. Raquel Fernández había pasado la pertinente cuarentena y ahora tenía más de 10 días por delante de ocio a pleno rendimiento. La confusión inicial se acrecentó cuando comenzó a ver vídeos con la explosión. Era dantesco. «En Beirut, el puerto está dentro de la ciudad. No es como El Musel, por ejemplo, que está muy cerca pero no dentro. Allí forma parte de la ciudad, en la que hay terreno ganado al mar», explica. Esto supone que la onda expansiva, a su paso, ha sembrado una destrucción sin precedentes, en la que hasta los fragmentos de cristal se convirtieron en proyectiles. Ha leído en medios americanos que su potencia y poder destructor lo ha convertido en la tercera explosión más dañina de la historia, solo por detrás de Hiroshima y Nagasaki. 

Todo se puso en marcha rápido. En UNICEF están acostumbrados a la reacción rápida. Además de ser una agencia de la ONU con proyectos a largo plazo, también son una agencia humanitaria de respuesta ágil, que apoya a los niños más vulnerables y a sus familias. La labor del departamento de Comunicación que gestiona Raquel Fernández, con un equipo de siete colegas, es fundamental, ya que tiene que contarle al mundo lo que está sucediendo, ofrecer información y también reclamar la ayuda necesaria para poder operar sobre el terreno. Así que una vez comprobado el estado de amigos y colegas, el teléfono y el ordenador se convirtieron en sus armas imprescindibles de trabajo.

Sólo en las primeras horas, cuenta esta asturiana con una larga experiencia dentro de UNICEF, han hecho de todo. Organizaron el reparto de botellas de agua para la gente que estaba trabajando en el puerto, apoyaron el traslado de unos recién nacidos de una maternidad a unas instalaciones en las que había UCIS, aseguraron el traslado de unas vacunas almacenadas en una sala de conservación del puerto que había quedado muy dañada, comenzaron a colaborar con ONGs locales para ofrecer apoyo psicosocial a niños que se habían quedado solos porque sus padres estaban hospitalizados y sus casas destruidas, y para realizar una tarea de reunificación familiar; han apoyado a otras ONGs locales que trabajan con jóvenes para crear cientos grupos de voluntarios que están limpiando de escombros la ciudad. Todo esto en apenas 48 horas. «Seguimos analizando las necesidades y tratando de llegar cada hora al mayor número de personas posible», señala. 

La intensidad y la rapidez con que se mueve no le impiden analizar sus emociones. Raquel Fernández siente «una gran sensación de tristeza porque es injusto lo que les ha ocurrido, para los niños y para sus familias. Es lo que les faltaba». Esa dilatada trayectoria no la ha inmunizado. Si le hubiera ocurrido esto, lo habría dejado. Pero sí le ha proporcionado un elevado nivel de consciencia y de realidad, de saber ver lo que ocurre. «Lo siento igual en la pantalla del ordenador que sobre el terreno», analiza. Sigue adelante porque ve los resultados. «No se va a arreglar todo porque las necesidades siempre superan a los recursos. Es imposible abarcarlo todo pero en el día a día compruebas que eres capaz de cambiar vidas», reflexiona.

Y desde UNICEF lo hacen con los niños. Gracias a los socios y a los donantes realizan todo tipo de campañas y de acciones directas dirigidas a los más vulnerables, para cubrir sus necesidadesde básica y para proteger sus derechos. Los apoyan a ellos y a sus familias, porque es el medio para garantizar su bienestar. En el Líbano en los últimos años la situación se volvió tan crítica que incluso han tenido que recurrir a realizar transferencias económicas directas a miles de familias. Ahora, la onda explosiva se lo ha llevado todo por delante en Beirut. No ha distinguido barrios pobres y barrios adinerados. Pero unos tienen recursos en el banco para poder empezar y otros no. Raquel Fernández insiste, para muchos, en un país muy castigado por las crisis, «llueve sobre mojado».

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