¿Cómo serán las ciudades asturianas tras la COVID 19?

Expertos y urbanistas creen que la convivencia con el virus podría conducir en la región a una huída hacia la periferia a la americana, lo que generaría problemas de eficiencia y pondría en riesgo el entorno rural

Varios transeúntes por la calle Uría de Oviedo, con la mascarilla puesta
Varios transeúntes por la calle Uría de Oviedo, con la mascarilla puesta

Asturias

La COVID 19 ha creado un escenario en el que la distancia social impera. Lo hará también cuando la vacuna empiece a ser una realidad, lo que implicará, con total seguridad, una vuelta de tuerca a la planificación urbanística y la distribución demográfica del Principado. Pese a que Asturias no es una región en la que haya una presión demográfica importante, si es cierto que la zona centro y las tres grandes urbes reciben cada año población en detrimento de las alas. Este escenario presenta una serie de retos urbanísticos que, quizá de manera acelerada, deben abordarse.

Creciente población en el centro

Según los últimos datos de población conocidos, Asturias cuenta con 1.018.706 habitantes, lo que supone una disminución del 0,40% con respecto del año anterior, equivalente a 4.094 personas menos. La densidad de población en Asturias es de 96,08 habitantes por kilómetro cuadrado.

Es en el área central donde están los tres concejos más poblados, que acogen a cerca de la mitad de la población asturiana (55,69%). Todo ello en una superficie que representa apenas el 4% del suelo del Principado. Las densidades más elevadas corresponden a Avilés, con 2.916,15 habitantes/km2, seguido de Gijón y Oviedo con 1.495,68 y 1.176,99 habitantes por km2, respectivamente.

Los números son una muestra del cada vez mayor desequilibrio existente en la distribución demográfica, con una zona central cuya población aumenta año tras año y unas alas que se vacían progresivamente. En las grandes urbes de la región esto se traduce en barrios con una población muy por encima del resto.

En Oviedo, por ejemplo, están La Argañosa, con 13.097 habitantes; la zona centro, con 32.892; Ciudad Naranco, con 13.654; El Cristo, con 6.586; La Corredoria, con 19.247; Pumarín, con 16.251; Teatinos, con 15.281; La Tenderina, con 12.854 y Vallobín, con 10.879.

En Gijón están Ceares, con 16.011 habitantes; El Llano, con 39.602; Pumarín, con 16.737; La Calzada, con 24.886; El Natahoyo, con 15.191; La Arena, con 16.525; Laviada, con 11.873; zona centro, con 32.936. Avilés tiene el barrio de la Luz, con 9.000 habitantes (el 12,5% de la población de la ciudad); Llaranes, con 4.300 habitantes; Versalles, con 11.000, Centro, con 20.000 y el Quirinal, con en torno a 10.000 habitantes.

Pese a todo, los expertos defienden que en la región los retos que se plantean a las grandes urbes no son tanto de densidad, sino de movilidad, aprovechamiento de recursos y proyecciones demográficas fiables que acompañen a esos desarrollos.

Ciudades amigables

El arquitecto y urbanista Marcos de Balbín cree que en Asturias «hay barrios que han crecido de forma desordenada, con mucha altura y espacios de uso público, lo que crea conflicto». En este sentido recuerda que «ahora estamos en un mundo en el que el 70% de la población van a vivir en ciudades a mediados de siglo» lo que, sin duda, generará «problemas ambientales», entre otros.

Cree que «la forma en que se pueden abordar esos retos pasa por la manera en la que trabajamos en la ciudad». Y es que «estamos cambiando de paradigma de una sociedad industrial a digital en la que las cosas ocurren en la ciudad».

«Nosotros tenemos el modelo mediterráneo de la ciudad compacta y compleja», explica. «La carta de Atenas de 1941 planteaba racionalizar usos y separarlos. Ese modelo no funciona, ya que segregaba de alguna manera en zonas residenciales, barrios en los que vive solo gente sin recursos y eso genera falta de cohesión», añade.

Marcos de Balbín considera que hay indicadores «como el certificado de urbanismo ecosistémico, que muestran como se puede transformar en favor de una ciudad donde todos tengamos unos estándares de calidad urbana que nos permitan vivir mejor. Eso es lo que tenemos que empezar a usar».

Se trata de «identificar prioridades». Considera que «Vitoria en este sentido es un ejemplo». Este arquitecto y urbanista destaca que la densidad de población en las ciudades asturianas no es el problema ahora mismo, sino la capacidad de crear espacios racionales y amigables. «Para tener unos servicios adecuados necesito densidad de población, ya que compartimos recursos y las ciudades tienen más capacidad de crear un entorno amigable», indica.

«Gijón, por ejemplo, creció muy desordenada en su planeamiento urbanístico de los 80 y en los 90 se reordenó. Barrios muy conflictivos se integraron en otros espacios, se crearon zonas verdes y otros espacios», añade. Cree, no obstante, que «ahora mismo es verdad que hay un proceso de despoblación que deja el campo y se va a la ciudad. Ese proceso de pérdida de población es algo que pasa también en las comarcas».

Apunta que «La Corredoria es un ejemplo de urbanismo del que no hay que desarrollar, con un ratio de espacios públicos elevado, pero errores como que no hay demasiada densidad», con edificios desarrollados «como si fueran chalets unos encima de otros, la calle no está vigilada y no terminas de asumirla como tuya». En Gijón «Montevil y otros desarrollos, por ejemplo, tienen un defecto de poca densidad».

«El mayor reto que tenemos es de movilidad para conectar zonas más y menos pobladas», resalta y añade los de «crear dotaciones, ratios de zonas verdes, zonas deportivas y de ocio en las que no necesite coger transporte para llegar». En definitiva, se trata de «ayudar a que la gente esté mejor conectada y de forma más amable, sin barreras que me permitan circular; que reduzcamos la necesidad de depredar recursos de fuera; poder generar energía y aprovechar el agua».

Cambio de modelo

Fernando Rubiera Morollón, profesor titular de la Universidad de Oviedo y coordinador del Laboratorio de Análisis Económico Regional (REGIOlab) cree que la convivencia con el coronavirus, especialmente si se prolonga en el tiempo, puede crear retos adicionales en las poblaciones de la región. Si esa presencia de la COVID 19 va a a alterar o no la concepción de nuestras ciudades «es muy difícil decirlo. Depende de muchas cosas, entre ellas cuánto tiempo conviviremos con el virus y si en unos meses habrá o no vacuna y que podamos erradicarlo».

Cree que, especialmente tras el confinamiento, «ha habido un cambio psicológico». «Tradicionalmente el modelo residencial español y europeo era el de pisos localizados en el centro, frente al americano de chalets más alejados. Es posible que este impacto provoque un impulso mayor de ese modelo americano, aunque es mucho menos sostenible», asevera.

Fernando Rubiera destaca que, por ejemplo, «en Madrid el precio de las viviendas con jardín en la periferia se ha disparado. Y es que no es lo mismo estar confinado en un piso que en una casa con parcela». Se trata de un sistema «menos sostenible medioambientalmente y que mata las ciudades».

En esta línea plantea que «Asturias tiene unas condiciones fantásticas para estar en el campo, por eso puede producirse un efecto de desparrame hacia residencias semi rurales». Esta ‘huída’ a la periferia «provoca un uso mucho más intenso del coche, ya que el trasporte público requiere distancias cortas y densidad de población alta para que sea sostenible». Cree que «en zonas como La Fresneda, por ejemplo, la gente tira del transporte privado».

Este economista cree que los retos no llegarían «solo desde el lado de la movilidad», sino también desde «la eficiencia energética, ya que un piso es mucho más sostenible energéticamente que un modelo de residencia disperso». Un modelo que «viene a la cabeza como muy idílico, pero solo un 10% de Asturias vive en ese tipo de residencias. Si fuese al revés el campo desaparecería».

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