Cuestión de género y polvos de talco

Danza Xixón abre con «Yo mujer, a Lili Elbe» su XX edición, mermada por la pandemia, como todas las citas escénicas veteranas, mientras conserva calendario y presencia

Figurantes de «Yo mujer, a Lili Elbe»
Figurantes de «Yo mujer, a Lili Elbe»

La vida de la artista danesa Lili Elbe, primera mujer transexual, nacida como Einar Wegener en 1882 y, como mujer, a mediados de los años 20 del pasado siglo, es la base argumental y dramática sobre la cual se asienta la buena propuesta escénica de la compañía de teatro Marta Carrasco, y que dio el pistoletazo de salida a la programación de la XX edición de Danza Xixón en el teatro Jovellanos el pasado sábado.

El director Tom Hooper llevó al cine en 2015 la vida de Elbe en «La chica danesa», de la mano de un actor especialista en papeles difíciles, Eddie Redmayne, un hombre de físico muy transfigurable, como ya demostró poniéndose en la piel de Stephen Hawking. Y una inmersión total también podría decirse que ha sido la que ha hecho el actor y bailarín Albert Hurtado al dar vida a Lili en la versión de Carrasco, también cointérprete. 

Pero, si además de eso, decimos que Hurtado, antes de meterse?y nunca mejor dicho—en el cuerpo de Lili Elbe, era profesor de «fitness», igual alucinamos. Carrasco le hizo la propuesta en 2015, quizá tras ver la película y pasar por una de sus clases de zumba en un gimnasio. Y Hurtado aceptó. El resultado, ya no solo como experiencia personal, sino como apuesta artística, ha sido de bueno a muy bueno. La intuición de la bailarina, y Premio Nacional de Danza en 2005, se ha materializado en una interpretación que sigue girando. Ahí es nada.

Con una puesta en escena sencilla, pero sobre todo de gran eficacia, el dúo interpretativo que forman Carrasco y Hurtado se nos hace pronto tan cercano como naturalmente íntimo. Y lo de natural e íntimo es bien importante, pues la mayor carga de la dramaturgia consiste precisamente en dar traslado al patio de butacas no solo del reto vital y su dolor ?al que luego aludiremos?, sino también de esa agradable y privada intimidad que uno vive como espectador cuando le cuentan algo importante (con mascarilla y algo aislado, sí) lleno de gozo con plena libertad interior. El placer de la lectura cuando cae dentro.

Porque, si algo dejó claro la vida de Elbe, paisajista y también ilustradora, es que los retos vitales conllevan una enorme carga de soledad; y eso trasciende a cualquier época y lugar. Lo visto en el Jovellanos es una pieza de danza-teatro y de teatro-danza, casi más bien, que en realidad de lo que habla es del verdadero amor hacia uno mismo y de cómo hacérselo saber. 

La propuesta de la compañía de Carrasco no pretende ser un trasunto de la película de Hooper y en realidad no lo es, pero tampoco es una «bomba emocional», como reza el programa. Es una excelente lectura dramática con una buena y cuajada interpretación, que se veía ensayada y rodada; en definitiva, mimada. La complicidad de los actores era más que evidente, en una puesta en escena al servicio del ritmo y la continuidad de la danza de gran precisión plástica: medidos los tiempos en todas sus cadencias. El bien utilizado cliché del ballet clásico, lugar común donde los haya, para el transporte de crisálida a mariposa, se conjuga a la perfección dentro de esa especie de acto único que es en sí toda la pieza, y que en su propio transcurrir nunca aburre.

Una obra que realiza sus traslados con el apoyo de un guión interno bien marcado y que recurre siempre al hilván de los elementos escenográficos para llamar nuestra atención, al modo más clásico, sobre el advenimiento de esos cambios y su compostura. Quizá el momento de la desnudez, el de la materialización del cambio de sexo, cuando Einar esconde, pero ya siendo Lili, el pene entre las piernas, nos hace ver, metido en una gran media elástica a lo Martha Graham, cómo se formaliza la transformación. Es un momento enormemente visual y de gran belleza plástica que nos proporciona el presente vivo de un deseo, aunque en realidad no se vea, pues somos capaces de intuir todos los órganos femeninos y su corporeidad. Fantástico. Lo mismo podría decirse del momento quirúrgico del cambio de sexo, aquí operado en la gran teatralidad que da envolverse en papel transparente, como si Lili emergiera de un nuevo líquido amniótico. Imagen para el teatro, teatro de la imagen: la virtud del desdoblamiento.

Pero si algo tiene importancia en el trasunto interno y dramático de la obra es la música. Aquí funciona como un episteme en el que el espectador debería caer desde el principio, y contemplarlo como un protagonista más, pero que, sin embargo, se evidencia solo cuando el diálogo se hace más preponderante y operativo. Es entonces que el espectador se da cuenta de ese importante intercambio y lo incorpora al entendimiento artístico que de forma tan fina se da sin sospechar que no lo hacía desde el principio. Bien hermoso.  

La enorme presencia del cuerpo y su importancia es la razón de ser, aquí, de la danza. Esa razón es la que en todo momento se acompaña de polvos de talco que, a modo de metáfora bautismal, de poética de la razón, de pintura y, por supuesto, de maquillaje, ensambla el doloroso proceso de una decisión consciente que se vuelve cruel por su trágico final, pero no por ello menos libre y valiente. Eso, las decisiones, y no otra cosa (estemos equivocados o no), es lo que nos hace únicos, inviolables, una ontología del ser que el estado actual de los desarrollos sociales ha empezado a cuestionar fuertemente. 

Ficha técnica: 

Yo mujer, Lili Elbe, 2015

Compañía de Marta Carrasco

Escenografía: Marta Carrasco y Pau Fernández.

Músicas: Marta Carrasco

Producción: Manel Quintana

Fotografía: David Ruano

Diseño de luces: Quique Gutiérrez

Sonido: Joan Valldeperas 

Teatro Jovellanos, 10 de octubre de 2020, 20: 30 h. Gijón

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