Identifican en el Golfo de Vizcaya la explotación más antigua de huesos de ballena

El descubrimiento, estimado en más de 18.000 años, relaciona la interconexión con grupos humanos y tuvo lugar en varios yacimientos cantábricos de Asturias y País Vasco

Mapa del descubrimiento y restos encontrados
Mapa del descubrimiento y restos encontrados

Redacción

«A partir de la circulación de artefactos en huesos de ballena se ha descubierto la interconexión de grupos humanos en la región Pirineo-Cantábrica durante el Magdaleniense, hace 18.000 años». Es el título, traducido del inglés, de un artículo publicado el pasado 1 de enero por la revista científica Quaternary Science Reviews, que recoge el descubrimiento científico llevado a cabo por Alexandre Lefebvre, joven investigador francés en arqueología prehistórica, en colaboración con expertos de la Universidad de Cantabria.

La investigación se centró en las colecciones arqueológicas de la zona Cantábrica para determinar si el uso de hueso de ballena era un fenómeno estrictamente local, limitado solo a la región pirenaica, o si se compartía más ampliamente entre los grupos de cazadores-recolectores a lo largo de la costa atlántica del norte de Iberia.

La concentración de objetos de huesos de ballena en un número limitado de yacimientos cantábricos, concretamente en Asturias (Las Caldas y la Viña) y Guipúzcoa (Ermittia), estaría en línea con la existencia de sitios receptores donde se importaban los objetos de huesos de ballena terminados. Estos sitios se habrían incorporado dentro de una red estructurada que conecta múltiples valles y se extiende hacia la Región Pirenaica. De hecho, la circulación de estos objetos evidencia redes de comunicación regulares de larga distancia que operan a ambos lados del actual País Vasco francés y español, entre hace 18.000 y 15.000 años. La estructura de esta red plantea interesantes cuestiones sobre las posibles interacciones sociales y/o económicas entre los grupos prehistóricos de cazadores-recolectores de la región Cantábrica y los Pirineos.

Se identificaron 54 artefactos de huesos de ballena en 12 de los 64 sitios estudiados. Lo más representado son grandes piezas terminadas, correspondientes a puntas de proyectil. Estas puntas constituyen las primeras evidencias conocidas de la explotación de hueso de ballena para necesidades técnicas en la Península Ibérica.

Por ejemplo, el elemento de punta de El Pendo, recuperado durante las excavaciones de la primera mitad del siglo pasado, está fechado directamente hace 17.650 años. Para su uso, estaba muy posiblemente enmangado en cada extremo y posee una decoración con motivos curvilíneos opuestos y rellenos de líneas cortas longitudinales y transversales. Como no se han recuperado productos de desecho, y debido a que todos los objetos presentan un aspecto muy acabado, actualmente no hay datos disponibles que arrojen luz sobre cómo exactamente los humanos adquirieron y transformaron el hueso de ballena; aunque la hipótesis más probable sigue siendo la búsqueda de cadáveres de ballenas varadas en la costa atlántica

Las interacciones entre humanos y ballenas son parte de una historia multi-milenaria. Mucho antes de que la caza histórica e industrial de ballenas agotara las poblaciones de la mayoría de las especies, los grandes cetáceos eran un recurso importante para la subsistencia de los grupos humanos costeros del pasado. Hace unos 15.000 años, los cazadores-recolectores magdalenienses que vivían alrededor del Golfo de Vizcaya, llevaron a cabo la explotación más temprana de ballenas para necesidades alimentarias y simbólicas. El uso de hueso de ballena como materia prima también se documentó por necesidades técnicas, pero hasta ahora sólo estaba atestiguado en la zona pirenaica septentrional, donde se conocían más de un centenar de herramientas y puntas de proyectil. Sorprendía la ausencia casi total de huesos de ballena trabajados en la Región Cantábrica durante el periodo Magdaleniense.

La investigación fue financiada mediante una ayuda postdoctoral de la Fundación Fyssen a Alexandre Lefebvre en colaboración con Ana Belén Marín-Arroyo, responsable del Grupo EvoAdapta de la Universidad de Cantabria. 

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