La reina de las tortillas de Vegadeo se retira: «Hubo noches que me las pasé pelando patatas»

Tras cuarenta años tras una barra, la responsable de La Flor dice que la clave en la supervivencia de un negocio de hostelería está en tratar bien al cliente


Vegadeo / la voz

Cuarenta años en el mundo de la hostelería son los que lleva Conchita Álvarez Arruñada, la gerente y cocinera de La Flor de Vegadeo, que está a punto de jubilarse. Es la hostelera en activo más veterana en la villa veigueña, con una trayectoria trufada de montones de anécdotas, acumulando el poso de la experiencia y un tiempo en el que sus tortillas adquirieron merecida fama. Con modestia insiste en que no hay mayor misterio en su elaboración: huevos, patatas y mucho cariño. En todo caso, su forma de cocinar, su secreto y el reto de mantener el listón recaerá ahora en su hija.

Conchita Álvarez Arruñada relata así sus inicios: «Mi marido estaba trabajando en el astillero y hubo una reconversión grande. Nosotros parábamos mucho con el señor que trabajaba en la cafetería y como a mi marido le gustaba mucho la hostelería, decidimos cogerla».

Con sinceridad reconoce que al principio ella no compartía con su esposo su predilección por esta profesión, que al final ha ocupado buena parte de su vida: «A mí nunca me gustó mucho, porque la hostelería es muy esclava, pero siempre le acompañé y nos fue muy bien. Toda la gente del pueblo nos apoyó en todo momento. En cuarenta años que llevamos aquí nunca supe lo que no era tener nada de gente. Siempre trabajamos muy bien».

Con el tiempo el nombre de La Flor se fue ligando a las tortillas de Conchita: «Cuando empecé también salían tortillas, pero lo que estaba en boga eran los pinchos de carne y de pollo. Al principio fue la carretera de La Garganta la que nos dio mucho trabajo. Yo abría a las seis de la mañana y a las diez ya tenía caja hecha. Después empezó el instituto, porque tenía una matrícula muy grande y a los alumnos les dejaban salir al recreo. Vendíamos muchísimos bollos. También tuvimos la parada del Alsa aquí y nos dio mucha vida. Y en fin, Vegadeo, que tiene mucha caída, mucha vida».

Ella es una de las exponentes de las últimas grandes veteranas de la hostelería de Vegadeo: «Sí, todas mis compañeras, Amalita, todas, se fueron jubilando. Ahora quedan estas jóvenes, ¡a ver cómo lo hacen!», dice con una sonrisa.

Ha sido una trayectoria de 40 años en la hostelería que no ha estado exenta de sobresaltos, el último el del covid: «Nos mató, fue un palo tremendo que nos cambió la vida totalmente, dentro y fuera del bar, porque si llueve no tenemos espacio y nos machaca. Sí, fue un palo, pero nos dejaron abrir y con las normas que nos impusieron vamos tirando».

Su trayectoria está plagada de anécdotas, que recuerda, como la última riada que sufrió Vegadeo la víspera de comenzar la feria de muestras: «Teníamos todo preparado y de noche se desbordó el río. Fue una hecatombe. Todas las máquinas se estropearon. Y también recuerdo muchas anécdotas con clientes, porque era una rapacina de 25 años y detrás de un mostrador unos me piropeaban, otros me contaban su vida... y ahí estaba. Yo siempre estaba ahí. La gente venía y te contaba un problema y yo trataba de ayudar».

Con cuarenta años de experiencia dice que la clave en la supervivencia de un negocio de hostelería está en tratar bien al cliente: «Aunque estés en tu casa de mala leche por problemas que tengas, cuando llegas al bar tienes que estar para el cliente. Y después, no poner precios que no se puedan pagar y dar buena mercancía, no hay más secreto».

Para secretos, el de sus tortillas: «Todo el mundo me lo pregunta, pero la receta es simple, huevo, patata y mucho cariño».

«Ha habido días en los que hice muchísimas. Recuerdo, por ejemplo, una ruta cicloturística que hubo en Vegadeo, una vuelta a la ría. Eran muchos participantes y solo daban de comida tortilla de La Flor y empanada. Hice 42 tortillas. Para la feria de muestras también preparaba cantidad, 50, 60, o más. Así era, me pasaba la noche pelando patatas», concluye Conchita.

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