En 1991, una mujer arrojó al mar a sus cuatro hijos en el acantilado de Salinas
29 oct 2023 . Actualizado a las 05:00 h.El acantilado de la Peñona, en Salinas, fue escenario de uno de los crímenes más dramáticos de las últimas décadas en Asturias. Ocurrió el 26 de noviembre de 1991, y en él murieron cuatro niños. Su madre, María Jesús Jiménez, había acudido con ellos a los acantilados a medianoche y los había arrojado al mar.
En un principio, la mujer se presentó en el cuartel de la Guardia Civil de Salinas asegurando que sus cuatro hijos habían caído al mar en el acantilado. Su primera versión fue que tres de los niños, Jesús, de ocho años; Joaquín, de siete, y Adela, de cinco años, estaban jugando en las rocas y se resbalaron, precipitándose al mar, y que cuando su madre intentaba ayudar a uno de ellos, se le escurrió de los brazos Elena, el bebé de once meses que llevaba consigo.
La Peñona estaba entonces en obras. Se estaba construyendo los trampolines de cemento que acogerían el actual Museo de Anclas, y fue desde ellos desde donde arrojó a sus hijos al mar. Aunque las labores de búsqueda de los cuerpos fueron intensas desde el primer momento, el mal tiempo que hubo la noche de la tragedia y los días sucesivos dificultaron enormemente el trabajo. Solo aparecieron los cuerpos de dos de los niños. El primero de ellos, el de Adela, dos días después del suceso. Varias semanas después aparecería el de Joaquín. Los de los otros dos se los llevó el mar para siempre. Nunca aparecieron.
En todo ese tiempo, las declaraciones de la mujer, que por entonces contaba 28 años, iban ganando en ambigüedad y contradicciones, y finalmente se encontraron suficientes indicios para atribuirle el crimen. Ella lo negó en todo momento, e incluso llegó a sostener más tarde que había sido su marido quien provocó la tragedia. Que huyendo de él habían llegado a la Peñona, y que les había tirado piedras a los niños, provocando que se precipitasen al agua.
El marido de María Jesús era José Antonio Leiva, apodado «El Rata». Las circunstancias vitales de ambos no eran las más halagüeñas. Ella, de raza gitana. Él, payo y natural de Jaén, tenía 46 años el día del crimen, y contaba con un amplio historial delictivo. De hecho, entonces se encontraba fugado de la cárcel. Condenado a cuatro años por robo, se había saltado un permiso para darse a la fuga. Vivían en la miseria, en un poblado chabolista, y la mujer había sufrido reiterados malos tratos. Sobrevivía con sus cuatro hijos siempre en muy malas condiciones.
El hecho de ser gitana casada con un payo ya suponía para ella una enorme dificultad, porque no estaba bien vista en su entorno familiar. Los documentos oficiales sostienen que la noche del crimen tuvo un altercado con su propia familia. El parricidio, que es un crimen casi imperdonable en la etnia gitana, la perseguiría en forma de temores después de cumplir con la ley. Fue condenada a 18 años de prisión.
Aunque hay quien todavía pone en duda que la mujer arrojase a sus hijos al mar, la consideración sobre su autoría es casi unánime. Cosa distinta es la discusión sobre sus facultades mentales. En su momento, los informes psiquiátricos consideraron que no sufría ninguna enfermedad mental, aunque sí obró en su favor un atenuante por trastorno mental transitorio.
En cualquier caso, ya entonces se constató que la mujer tenía un coeficiente intelectual muy bajo, de poco más de 60, por debajo de la calificación como «border-line» con la que se la etiquetó. La discapacidad mental parecía más que evidente. No obstante, en todas las instancias se confirmó la tesis de la sentencia inicial: la mujer había acabado con la vida de sus hijos y había sido consciente de ello.
Lo que ocurrió después de que saliera de la cárcel, en la que pasó diez años caracterizados por su buen comportamiento, parece señalar que quizá se debió considerar en su momento la discapacidad mental de la mujer. Porque, cuando recibió la libertad condicional en el año 2001, fue incapacitada.
En el momento en el que fue liberada, María Jesús Jiménez no quería salir de la prisión. Prefería estar en la cárcel a vivir con miedo. Temía las represalias de su familia de sangre, con quien había tenido muchos encontronazos y de quien había recibido mucha hostilidad ya antes de cometer el crimen, y también temía lo que pudiera hacerle su marido. Desde entonces pasó por distintas instituciones y por viviendas tuteladas, donde ha aprendido a relacionarse y a vivir con los miedos.
El destino le depararía a José Manuel Leiva un final trágico. El ya exmarido de María Jesús Jiménez apareció muerto en una chabola en El Ventorrillo, en Castrillón, en el año 2014. En el transcurso de una pelea con su compañero de chabola, éste le había clavado un palo que le alcanzó el corazón y le provocó la muerte. El hombre reconoció los hechos y fue condenado a cuatro años de prisión por homicidio con el eximente de legítima defensa incompleto.
Este fue el último episodio de una familia marcada por una tragedia que permanece todavía hoy en la memoria de los asturianos.