Miguel Carreño, promotor de la escuela de padres «Crecer en armonía»: «Hemos pasado de tratar a los niños como adultos a tratarlos como peluches»
ASTURIAS
«Si ante una rabieta o un 'no quiero dormir' optas por ponerlo delante de una pantalla, el móvil está actuando como una droga; nadie quiere darle una droga a su hijo»
02 ene 2024 . Actualizado a las 05:00 h.Miguel Carreño (La Carrera, Siero, 1997) es maestro de Educación Infantil, y ha puesto en marcha el proyecto «Crece en armonía», cuyo objetivo es orientar a las familias en la educación de sus hijos hasta los seis años, una etapa que considera crucial en el desarrollo y para la que las familias no siempre están preparadas.
—¿De dónde le viene la idea de un proyecto como este?
Soy maestro de Educación Infantil, y estando en clase empecé a conocer cosas sobre el neurodesarrollo y sobre todas las opciones que hay, y me di cuenta de que la mayor parte de la gente no tiene ni idea de esto. Cuando eres padre no tienes estas herramientas. Me convencí de que los padres pueden ayudar muchísimo a sus hijos si se forman un poco. El servicio surge porque yo sé que los maestros están formados y los niños bien atendidos, pero las familias no tienen tantos conocimientos sobre el tema. Y cuanto más conozcas más vas a ayudar a tú hijo.
—¿No le parece que la educación temprana es muy finalista, en el sentido de que les damos mucho aprendizaje dirigido a metas, y quizá tendríamos que dejarlos un poco en paz?
—Sí. Es lo que hay que hacer. Mucha gente cree que obligar a los niños a que intenten hacer cosas guiados por adultos es mucho mejor, pero no es así. Darle al niño o niña un objeto en un espacio seguro y dejar que haga lo que quiera es mucho mejor para su desarrollo que estar todo el tiempo dándole indicaciones. Por desgracia, hay mucha gente que piensa lo contrario.
—Otra idea muy extendida es la de enseñar a los niños a vivir en un mundo competitivo. Se ponen a competir a edades cada vez más tempranas.
—Hay que darse cuenta de que la sociedad en la que vivimos no es la sociedad en la que se tiene que desarrollar un niño. Un niño de cuatro años no está para competir, ni para que le digan que es mejor o peor que otro. Los niños tienen que probar, divertirse y socializar. Lo que yo entiendo por educación infantil es encontrar el gusto por algo en lo que desahogarse o pasar el tiempo. Alguien dijo que los niños tienen de todo pero no tienen lo que necesitan. No necesitan ganar ni ser los mejores del equipo ni saber no se cuánto de inglés. No necesitan conseguir nada. Lo que necesitan es crear el gusto por las cosas. Por ejemplo, no tienen por qué tocar el violín a los cinco años. Si tienen el gusto por la música, es posible que más adelante lo toquen y lo hagan excepcionalmente. Primero tienen que conocer la música, experimentar, probar. Los padres tienen que ofrecer diferentes opciones. Si no se las ofreces no saben lo que van a descubrir. Me pasa con una familia que están preocupados porque su hijo no hace deporte. Yo les digo: que prueben, que algo le va a gustar. Que no le guste nada tampoco importa ahora. Ya le gustará. Para mí una mañana riquísima de educación infantil es que los críos vayan a la ruta. No tiene por qué ser un deporte reglado.
—¿Estamos más obsesionados con el conocimiento y las habilidades que con el hecho de que descansen, tengan tranquilidad de ánimo y se autorregulen?
—Sí. La etapa infantil no es tanto para adquirir conocimientos como para desarrollar actitudes. Que te guste ir con los amigos o a dar un paseo con tus padres o estar tranquilo es más importante que saber escribir. Un ejemplo es la prisa por que escriban. Si un niño a los cinco años no sabe escribir no pasa nada, ya aprenderá un poco más tarde. Todos van a saber escribir más pronto o más tarde. Hay que saber que cada uno tiene su propio ritmo.
—También nos gusta tenerlos bien entretenidos.
—Está claro que en nuestro mundo van a ver muchas pantallas. Pero lo que no puede ser es ponerles la tablet delante para que coman, porque no los estás enseñando a comer. Y lo mismo para dormirse. Vemos todo el tiempo a niños de tres años metidos por las pantallas. Estando así, dejan de ver y de aprender de todo lo que tienen alrededor, que es la vida. Esta es una edad para mojarse el culo, arrastrarse, recoger corchos, jugar. En esas cuatro horas que está con una pantalla no recibe ningún estímulo positivo.
—Mucha gente defiende que el mundo de las pantallas es el mundo en el que viven, y que cuanto antes aprendan a desenvolverse, mejor.
—Es verdad, pero simplemente no es el momento. En la etapa infantil están en la etapa de descubrir, de conocer, y el móvil van a saber usarlo más tarde sin problema. La adaptación real es la otra, que aprendan a comunicarse con sus amigos, con sus padres, que sepan contar cómo les fue en el día o que no durmieron bien.
—¿Y por qué no es el momento?
—Veamos un ejemplo. Tik tok nos hace segregar la misma cantidad de dopamina que correr. El problema es que te llega al momento, y el pico de felicidad es muy corto, y te hace volver a mirar el móvil. Cuando corres, en cambio, la dopamina te llega dos horas después, y lo mejor está en que se mantiene otras veinte. Como no tengas un poco de criterio, vas a estar ocho horas delante de la pantalla. Estar así es lo último que necesitamos los adultos, así que podemos imaginar lo que pasa con los niños pequeños, que están en pleno desarrollo. Vivimos en un mundo de pantallas, y no se trata de negárselas. Vamos a ver una película, a buscar algo o hacer una foto, pero la pantalla no puede ser la extensión de un niño. Si ante una rabieta o un «no quiero dormir» optas por ponerlo delante de una pantalla, el móvil está actuando como una droga. Y nadie le daría una droga a su hijo directamente. Hay muchos estudios que están comprobando el retraso del desarrollo por esta causa.
—¿Están los niños actuales sobreprotegidos?
—El problema es que pasamos de tratarlos hace cien años como si fueran adultos a tratarlos ahora como peluches. Yo me tiraba mucho tiempo solo en la huerta, y trabajaba en el monte con una persona mayor, que me trataba como trataría a un adulto pero con mucho cariño. No me trataba como a un bebé. Por ejemplo, si vas a recoger castañas no te va a cargar a ti con todo el peso pero tampoco cargarlo él todo, tendrás que llevar tu parte. Eso es importante. A partir de ahí es fácil aprender otras cosas. Y si jugabas solo y te pinchabas con algo, te pinchabas. Así aprendías a ser prudente. Ahora están todas las esquinas forradas para que no te salga un chichón. Hay que dejar a los críos explorar libremente. Aprenden explorando y observando. Eso es lo más básico.
—También es muy habitual ver a padres o madres meterse en medio cuando sus hijos tienen conflictos con otros niños.
—El problema es que tú pones verde al crío, él se lo cuenta a su padre y al final os enfadáis los padres. Y para los niños, en realidad, no fue nada. Lo más normal es que al día siguiente estén jugando tranquilamente. Los problemas de los niños tienen que solucionarlos ellos. La labor del adulto está en ayudarlos a desarrollar esas herramientas de solución. Los padres pueden hacer una labor enorme cuando los niños se frustran y tienen problemas, pero siempre como guías, sin tratar de evitar que les pasen esas cosas. Tienes que entender que se van a frustrar, a enfadar, que van a llorar. No pasa nada. No puedes decir no te frustres, no te enfades o no llores. No es así. Tienen que pasar por todo eso y aprender a vivirlo.
—¿Cuál sería, para usted, el pilar fundamental de la educación?
—Para mí, lo principal es atender a las características propias de cada niño o niña. En ese sentido, la formación es fundamental. Y esta formación debería estar sustentada en cuatro cuestiones: actitud positiva, flexibilidad, observación y conocimiento. Necesitamos observar, aprender a ver con otros ojos a nuestros hijos, y para ello el conocimiento de las etapas del desarrollo es fundamental. La flexibilidad está relacionada con lo que decía antes de las características de cada niño. Muchos padres dicen eso de que educaron igual a sus dos hijos y les salieron muy distintos, y no es cierto. Nunca educas a tus hijos de la misma forma. Porque, para empezar, cuando nació el primero estaba solo, y cuando llegó el segundo ya tenía un hermano mayor con el que compartir la educación, y hay unos años de diferencia, y los momentos son distintos. Respecto a la actitud positiva, es importante tener una buena predisposición a la hora de afrontar los temas.
—¿Y cuál sería aquí su trabajo?
—Incorporar rutinas y actividades, y comprobar con el tiempo lo que funciona y lo que no. Así es como se trabaja en educación infantil. Esta parte, la de la comprobación, es la realmente importante. Si no fuera así, bastaría con buscar información en internet. Esta información suele ser muy generalista, y no hay dos niños iguales, lo que vale para unos no sirve para otros. Ahí está la clave, el seguimiento. En cualquier caso, siempre insisto en que yo estoy para decir a las familias lo que tienen que hacer o no. Eso es obvio. Es, simplemente, un servicio de acompañamiento.