El asturiano que encontró paz en Noia y busca dejar la calle: «Cualquiera puede acabar aquí»

Marta Gómez Regenjo
Marta Gómez NOIA / LA VOZ

ASTURIAS

CARMELA QUEIJEIRO

Sin dramatismos y con la esperanza de que las cosas cambiarán y encontrará un techo, el Guaje habla de prejuicios y solidaridad

14 feb 2025 . Actualizado a las 22:44 h.

Todo el mundo en Noia sabe quién es porque lo ven prácticamente a diario pidiendo limosna en la calle Escultor Ferreiro, y saben que es asturiano porque lo pone en el cartel que coloca a sus pies junto a un gorro de punto. Pero seguramente la mayoría desconocen su historia porque no se paran a hablar con él. De entrada es reacio a contar cómo acabó viviendo en la calle, entre otras razones porque su familia desconoce cuál es su situación real, y sabe bien que hay muchos prejuicios alrededor de las personas sin hogar: «Agradezco todo lo que me dan, pero a veces agradezco más que la gente se pare a hablar conmigo porque se rompen muchos esquemas. Y cuesta mucho romper esquemas».

Generalmente, no hay una única razón que provoque que una persona acabe viviendo en la calle, aunque sí un desencadenante, y en el caso del Guaje, como le conocen en Noia, fue un despido improcedente asociado a un problema de salud. A partir de ahí todo fue cuesta abajo. El asturiano no quiere entrar en demasiados detalles y lo resume en pocas palabras: «La vida da muchas vueltas. Cualquiera puede acabar aquí, yo tenía trabajo, tenía casa... Y es muy difícil salir de esta situación, de la calle», explica con un gesto de resignación.

Aunque no tiene derecho a paro, está inscrito como demandante de empleo, pero en otra comunidad autónoma, lo que supone un problema en caso de que aparezca alguna oferta, y por ahora no puede cambiarse porque no está empadronado en Galicia, no tiene dónde hacerlo. Por eso tampoco tiene la posibilidad de acceder a ayudas: «La única solución es a ver si puedo cambiar la dirección para aquí, es la esperanza que tengo».

Pese a las adversidades y lo complicado de su situación no pierde la esperanza de conseguir empadronarse y encontrar un trabajo: «Si se cierran las puertas, alguna nueva tiene que abrirse, es lo que me sostiene».

Mientras tanto, su casa es la calle. «Ahora vivo de esto», dice señalando el gorro de punto. «Sobrevivo, que no es poco», puntualiza. Sobrellevar la calle no es fácil, aunque cuenta sonriendo que una pareja de Noia lo tiene «medio adoptado» y todas las mañanas le llevan un bocadillo y un Cola Cao, a veces algo de comida que puede calentar en un pequeño hornillo portátil que tiene. Y con eso se va apañando. Con todo, no es fácil: «Vivo día a día, intentando no pensar demasiado, pero es muy difícil no pensar. Hay días que se hacen muy largos, y las noches».

Compañerismo

Duerme cobijado en la zona de A Chaínza y en noches lluviosas como las de estos días es especialmente penoso, se pasa las horas incorporado arrimado a una pared para no mojarse. Pero hasta en las condiciones más difíciles hay espacio para el compañerismo: «Allí donde duermo tengo un compañero y yo le cuido porque tiene un brazo mal y necesita ayuda».

Tiene problemas de hipertensión y, dada su situación, no está recibiendo el tratamiento médico que necesita, por eso valora especialmente conservar la salud: «Cuando noto que me sube la tensión intento calmarme yo solo, y tengo siempre una botella de agua conmigo».

Una madre en paz

La pregunta inevitable es si no tiene a nadie que le ayude, familia de la que pueda echar mano. Sí la tiene, pero prefiere que siga sin saber cómo es su vida ahora: «Mis padres son muy mayores y no saben nada; y tengo un hermano, pero tampoco puede ayudarme, no tiene posibilidades. A mi madre no se lo voy a decir nunca, quiero que esté en paz. Intento no perder la fe en que esto cambiará, a eso me aferro».

Para él, sería como si le tocase la lotería encontrar un trabajo en Noia y tener un techo bajo el que cobijarse: «Con eso sería millonario. A estas alturas no pido más». Le tiene un cariño muy especial a la villa noiesa, de aquí era natural su suegra, ya fallecida, a la que estaba muy unido: «Nos llevábamos muy bien, para mí que ella me indicó el camino para llegar aquí. Noia me trae paz, no sé si es por ella, pero aquí me siento tranquilo, me siento en casa aunque no tengo casa».

Pasa temporadas en Noia y se mueve a Lugo y Ourense, pero cada vez menos: «No tiene sentido andar de un lado a otro, en todas partes es igual, cuando te quedas sin nada las opciones son pésimas, estés donde estés».

Se despide con una sonrisa y la esperanza de que las cosas cambien pronto.