Clementine Porta, obligada a parir en el hospital: «De parto en casa picó la Policía diciendo que la vida del bebé corría peligro»

Carmen Liedo REDACCIÓN

ASTURIAS

Clementine Porta
Clementine Porta Clementine Porta

Tras agotar las vías legales en nuestro país sin una sentencia favorable, ha elevado su batalla judicial al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que ha admitido a trámite su caso

11 may 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

En las 42 semanas que duró su embarazo, Clementine Porta nunca se imaginó que el parto de su primera hija iba a producirse en una situación tan fuera de su control, tan tensa, tan estresante, tan surrealista, tan mediática, incluso, tan traumática, fundamentalmente, porque lo que ella había decidido era «parir en casa», con el apoyo de su pareja y su matrona particular en un ambiente de tranquilidad. Pero, nada más lejos de la realidad de lo que sucedió entre el 24 y el 26 de abril de 2019. «Para mí era mi primer bebé. Había tenido un embarazo que no evolucionó correctamente y, por tanto, no tenía experiencia en embarazo a término, pero había tomado la decisión de parir en casa, en parte, porque no me había gustado el trato en este hospital con el embarazo que no salió adelante», empieza relatando Clementine, que explica que en ese segundo embarazo había hecho todos los controles oportunos y todo el seguimiento y, viendo que todo iba bien, «sentía que podía parir en casa», apostilla.

Un embarazo que dura entre 37 y 42 semanas se considera a término, lo que significa que el bebé ha alcanzado un desarrollo adecuado para nacer. El parto suele ocurrir dentro de este rango. En el caso de Clementine, llegó a la semana 42, momento en el que tocó acudir a una revisión médica. «Antes, incluso, de realizarme el control obstétrico, el ginecólogo ya me dijo que había que inducir el parto, que era un peligro enorme un parto más allá de la semana 42», recuerda la misma, que señala que en los controles que le hizo a continuación «todo salió perfecto». En vista de ello, su planteamiento al médico es que quería consultarlo y hacer un chequeo extra «para ver qué decidíamos porque no queríamos arriesgar ni mi salud ni la del bebé», añade. «Pero se negó a escuchar alternativas», comenta Clementine, que considera que si bien «cuando pasas de esas 42 semanas se incrementa el riesgo de muerte intrauterina, una inducción también incrementa el riesgo de motinatalidad». «Por tanto, el factor de riesgo es una cuestión de probabilidad y, en mi caso, los índices de los controles decían que estaba todo bien».

En este punto, Clementine mantenía su intención de parir en casa, pero «ante la insistencia del ginecólogo le pedí tiempo para tener una segunda opinión. Salí de la consulta y del hospital para llamar a mi matrona, que me dijo que una opción no tenía más riesgo que la otra, que el riesgo era similar. Cuando entré, la consulta ya estaba cerrada, con lo que me planteé acudir al día siguiente por la mañana para cumplir el protocolo del hospital de las 24 horas», así que Clementine se fue a casa. «En casa me puse de parto y estaba atendida por la matrona y mi marido, así que no acudí al control del día siguiente. En realidad, como estaba de parto, no me di cuenta ni de llamar», recuerda la misma, que no es capaz de definir con palabras aquel momento en que le comunica su matrona que está la policía con una orden judicial que la obligaba a ingresar en el hospital para tener al bebé: «nos dijeron que habían recibido un aviso de que la vida del bebé estaba en peligro y que había que inducir el parto», indica. Su matiz es que «no había nada que inducir porque yo ya estaba de parto». Sin embargo, reconoce que «me puse tan tensa y tan nerviosa que accedí, bajo coacción y amenaza, pero pensando que podría volver a casa después de los controles. No era consciente de que no volvería a salir una vez que entrara en el hospital», apostilla.

El cotilleo de todo el hospital

Aunque por el planteamiento todo parecía muy urgente, lo que paso es que «llegamos a las 5 de la tarde y hasta la una de la madrugada no me hicieron ningún control. Es decir, tardaron horas en controlar al bebé, con lo que estaba recibiendo menos atención de la que tenía en casa», manifiesta Clementina, que da cuenta también de haber recibido «un trato tremendo, con mucho prejuicio. Yo ya era el cotilleo de todo el hospital», por lo que asegura que sintió «un trato muy denigrante» en momentos como cuando la bajaron a monitores para controlar el estado del bebé. «En todo momento las pruebas salieron perfectas y no había ninguna señal de alarma», matiza la misma.

Otro momento «tremendo» que recuerda fue cuando estando en la habitación acudió un responsable del hospital con el obstetra y la jefa de enfermeras: «llegaron, me dijeron, con una segunda orden judicial en la mano que pedía vigilancia a la puerta de la habitación las 24 horas y que debía someterme a una cesárea». «En ese momento, entré en pánico, porque me parecía absurdo entrar a una cesárea y tener vigilancia a la puerta», rememora Clementine, que dice que al final le plantearon «un acuerdo con condiciones». En la cuenta que cayó a posteriori es que, si bien tenían un papel en la mano que parecía una orden judicial, «no me di cuenta de pedir lo que decían que era una segunda orden. No la llegué a leer. Días después me enteré de que no existía esa segunda orden judicial, la que llevaban en la mano era la del día anterior para que yo accediera a todo chantaje. Y perdí toda capacidad de decisión sobre mi parto», lamenta Clementine Porta, que sintió «mucho estrés y mucho agobio» y, por ello, accedió: «me hacían el favor de no tener vigilancia, pero a cambio accedía a todo lo que ellos consideraran».

«Mi hija, finalmente, nació por cesárea un día y medio después de mi ingreso. Ingresé en el hospital el día 24 de abril a las cinco de la tarde y nació el día 26 a la una de la madrugada, así que urgencia no había», explica Clementine, que añade que la decisión de la cesárea fue «por falta de progreso del parto». Es más, la misma considera que fue el hecho de sentirse «tan atacada» y teniendo que negociar lo que la puso en alerta y por lo que «no conseguía parir: no conseguía relajarme y dilatar», precisa la misma.

La cesárea que le practicaron fue «con anestesia general, por lo que no vi a mi hija hasta la mañana siguiente. Fue muy difícil despertarme y pedir información sobre mi hija», recuerda. «Preguntaba y no me respondían y, en un momento dado, entré en pánico. Llegué a pensar que igual me la quitaban antes de conocerla porque, además, sentía que la opinión pública no estaba a mi favor. En ese momento ya me habían pintado como una hippie caprichosa que ponía en riesgo la vida de su bebé».

La hija de Clementine nació sana y Clementine logró recuperarse de la cesárea sin mayores complicaciones. Las heridas físicas cicatrizaron, pero quedaron las psicológicas. Esas que hacen que, a día de hoy, 6 años después, tenga que seguir yendo a terapia. «Y seguiré así mucho tiempo, porque el trastorno por estrés postraumático se trabaja muy poco a poco, según van apareciendo y surgiendo los recuerdos», señala la misma que, no obstante, trabaja y pelea, también desde el punto de vista jurídico, para transformar esa vivencia: «lo que ha sido una injusticia, lo he transformado en una defensa para otras mujeres», destaca Clementine Porta.

Y lo considera una injusticia porque, insiste, «en ningún momento ninguna prueba salió con alteraciones», por lo que señala que carece de sentido el que «la defensa del hospital fuera en todo momento que había que salvar la vida de un bebé cuando los peritajes de ellos y los míos dicen que en ningún momento hubo un peligro inminente». Lo que tiene claro es que su parto se estancó «por el estado de estrés y nervios» que sintió y que su libertad de decisión quedó anulada «por el prejuicio médico a los partos en casa y por el prejuicio de la jueza, que se basó en un informe médico que dio por bueno sin ponerse en contacto conmigo. Perdí todo derecho por una situación viciada, en la que una juez emite una oden por lo que dicen los médicos y los médicos dicen que tienen que hacerlo porque hay una orden judicial. Se pasan la pelota de la responsabilidad y quien está en el centro no tiene posibilidad de nada», manifiesta Clementine.

Ola de odio y prejuicios y también apoyos

La misma también recuerda que cuando salió del hospital tenía a la opinión pública en contra, pero que en esa «ola de odio y prejuicio también encontró apoyos: «cuando salí del hospital estaba destrozada por la vivencia, con un bebé en brazos, la inexperiencia de ser madre y me veía totalmente superada. Pero tuve suerte de tener gente que me apoyaba, así que una semana después de que naciera mi hija hice el primer trámite».

Hasta el momento, Clementine Porta no ha conseguido una sentencia a su favor ni de los tribunales de primera instancia, ni del Supremo ni del Constitucional por haberla obligado con una orden judicial a ingresar en el hospital para dar a luz a su hija. Pero está dispuesta a seguir luchando y por ello su caso ha llegado al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, con sede en Estrasburgo. 

Lo hace porque, aunque dice que «mi parto ya pasó y será un recuerdo traumático de por vida, me contactan muchas mujeres diciendo que las amenazan si se niegan a hacer determinadas pruebas o, mismamente, diciéndoles que no querrán que les pase lo del ‘caso Oviedo’». Así, tiene claro que con los apoyos con los que cuenta ahora mismo «no puedo soltar esta lucha hasta tener una sentencia favorable». Además, no admite que se utilice su vivencia «para limitar la libertad de decisión de las mujeres. En todo caso, que el ‘Caso Oviedo sirva de ejemplo para la soberanía en la toma de decisiones».

Y aunque hasta el momento no cuente con una sentencia favorable, Clementine Porta valora muchísimo el respaldo de determinados colectivos, como puede ser el de la Asociación de Mujeres Juezas, o que la opinión pública haya ido evolucionando y hoy por hoy haya una apertura hacia que «la violencia obstetricia existe».

Por todo ello, Clementine dice que «a día de hoy, siento que puedo hablar y agradezco que haya colectivos y figuras con autoridad que respalden esto». Es más, destaca que ha sido el apoyo económico que también ha recibido el que le está permitiendo afrontar un proceso judicial tan largo y costoso. «Desde el principio, se ha mediatizado mi vivencia y se hizo en contra de mi voluntad. Pero se me ha puesto como cabeza visible y no lo voy a soltar. Y no tenía dinero para esto. Lo tuve gracias al apoyo y a las aportaciones», señala la misma, que ahora lo ve desde el punto de vista de que «antes esta lucha era importante para mí, y ahora lo es para mí, para mis hijas y para todas las mujeres».

Segundo embarazo «clandestino a ojos del sistema»

Y habla de hijas, en plural, porque, aunque Clementine salió del hospital «diciendo que nunca más», cuenta que «a las pocas semanas sentí la necesidad imperiosa de parir». Dice que, «de alguna manera, no me sentía totalmente madre porque no había parido». Así, su segunda hija nació dos años después, «en casa», como había planeado para el primer embarazo, tras haber llevado «un embarazo clandestino a ojos del sistema». «Decidí conscientemente que no quería un control dentro del sistema, así que llevé a cabo los controles fuera del mismo. No podía permitir sentir que otra vez me metía en la boca del lobo, con lo cual me protegí de todo el estrés que me supone pisar un hospital». El caso es que, si bien Clementine y su pareja no habían previsto inicialmente ampliar la familia, su deseo de parir la llevó a tener a su segunda hija que, reconoce, «fue parte de la sanación». «Porque sales de la cesárea pensando que algo falla en ti, que no eres capaz de parir, de tener un parto vaginal», confiesa la misma, que añade con satisfacción que sintió «una victoria inmensa con mi segunda hija».

«Por desgracia, mi vivencia no es un caso aislado y se cuentan más casos de los que tenemos en las dos manos, aunque no están tan mediatizados», afirma Clementine Porta, que tiene constancia de que «ocurrió en varias ocasiones después» porque esas mujeres se pusieron en contacto con ella. «Lo hicieron para sentirse entendidas y para saber qué hacer». Por esto también, Clementine mantiene su lucha judicial a sabiendas de que puede durar años: «conozco un caso que tardó 19 años en tener una sentencia favorable. Mi vivencia ha sido muy mediática y las cosas se han acelerado bastante», apunta. De hecho, dice que se ha movido «más rápido de lo que cabía esperar hace seis años». «Mi estimación, por tanto, desde el desconocimiento, es que de aquí a 18 meses habrá una sentencia», concluye.