¿Está el mar devorando los acantilados asturianos?

Marcos Gutiérrez REDACCIÓN

ASTURIAS

Cabo Peñas
Cabo Peñas

Investigadoras de la Universidad de Oviedo llevan siete años analizando el fenómeno erosivo del océano en acantilados de Luarca, Cabo Peñas o Tazones. Montserrat Jiménez Sánchez, catedrática de Geodinámica Externa, explica que investigaciones internacionales apuntan que «resulta posible», si bien con matices, que este proceso se esté acelerando en el ámbito global

28 jul 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

De manera lenta, pero con la inexorabilidad que caracteriza a todos los procesos geológicos, el mar le gana la partida a los acantilados. No en toda la costa, ni de manera homogénea, pero sí con la inflexible consecuencia de la lucha entre el poder erosivo del oleaje y la imperturbabilidad de las rocas. Montserrat Jiménez Sánchez, catedrática de Geodinámica Externa, Laura Rodríguez Rodríguez, profesora del Departamento de Geología y María José Domínguez Cuesta, catedrática de Geodinámica Externa, las tres de la Universidad de Oviedo, acaban de publicar en The Conversation algunos de los resultados de su investigación sobre los procesos de retroceso que se están observando en los acantilados en costas rocosas, con ejemplos en todo el mundo, algunos de ellos (muy significativos) en el Principado de Asturias.

Las tres investigadoras participan en el Proyecto de Investigación Retrocliff, financiado entre otras entidades por el Ministerio de Ciencia y la Agencia Española de Investigación, así como en el Proyecto de Investigación Geocantábrica, apoyado económicamente por la agencia Sekuens, el Gobierno del Principado de Asturias y fondos europeos.

Montserrat Jiménez Sánchez, de hecho, codirige el primero y lidera el segundo. Esta investigadora explica a La Voz de Asturias que «hay una base de datos de 1.530 acantilados, Global Cliffs, que se han estudiado en todo el mundo», si bien dar un porcentaje de acantilados que estén sufriendo procesos erosivos, basado en datos científicos fiables, «no es posible por ahora».

En este sentido, llama la atención sobre el hecho de que «no todas las líneas de acantilado están monitorizadas y los fenómenos, cuando se monitorizan, se suele hacer a nivel un poco local». No obstante, remarca que los científicos que aportan datos e investigaciones a la mencionada base de datos de Global Cliffs han llegado a obtener en los acantilados, dependiendo del tipo de roca, «tasas de retroceso que oscilan entre 2,9 centímetros al año para rocas resistentes y 23 centímetros al año para rocas blandas».

En esta línea, en Europa, los sitios más destacables «son las calizas cretácicas de la Alta Normandía y del sur y suroeste de Inglaterra». No en vano, «en ellos han llegado a medir valores de 0,15 metros al año de retroceso medio». «Estamos hablando de 15 centímetros al año, pero hay eventos que pueden llegar a ser de 80 centímetros al año», asevera.

Entre 1,3 y 2 metros de retroceso por año

Montserrat Jiménez apunta que «hay un sitio muy particular, que es la costa de Holderness en Reino Unido, donde se han cuantificado datos de entre 1,3 y 2 metros por año, pero a veces en eventos tormentosos llegan a registrar entre 10 y 15 metros por año de retroceso». Explica que estos son acantilados relativamente bajos, de 20 metros o menos de altura, «y están formados sobre todo por depósitos de origen glacial, es decir, se trata de materiales sueltos, aunque recubren calizas cretácicas, algo que va a favorecer que los procesos erosivos sean más importantes».

Estos retrocesos están motivados, a grandes rasgos, por «dos tipos de causas». En primer lugar, están «las relacionadas con las rocas que forman el acantilado» y, por otra parte, «las relacionadas con otros factores». En el primer caso «tendríamos que subrayar las que tienen que ver con la naturaleza y composición de las rocas», es decir, «el 'ADN' de las rocas».

En este sentido, esta investigadora pone como ejemplo que «la cuarcita de Cabo Peñas es una roca muy resistente, sin embargo, puede haber otras como determinadas pizarras que pueden serlo mucho menos». Asimismo, «si por diversos procesos geológicos la roca está fracturada, resquebrajada y alterada va a disminuir su resistencia».

En el segundo grupo de causas se encuentran las relacionadas con otros factores, «y ahí hablaríamos de la acción erosiva del mar, que a lo largo del tiempo va socavando la base de los acantilados». A causa de esto, estos «se descalzan y la parte superior se desestabiliza, por lo que se generan distintos tipos de movimientos en masa, o lo que conocemos en Asturias como argayos».

En cualquier caso, el acantilado «va retrocediendo y el mar va ganando terreno». La catedrática de Geodinámica Externa de la Universidad de Oviedo afirma que «en épocas de temporales, además, va a aumentar la altura de la ola y la energía de su impacto, con lo cual también va a aumentar la incidencia de la erosión». «Por otra parte está la acción de las lluvias, que al infiltrarse en el terreno aumentan el peso del material que se puede desestabilizar, pero también disminuye en su resistencia», añade. Por supuesto, pero de manera más independiente, está la propia acción del hombre, la cual acelera estos procesos de manera artificial. «Si se incrementa el peso del terreno con obras y edificaciones se realizan modificaciones en la geometría del acantilado», comenta.

Consecuencias de la erosión en los acantilados

El resultado de todo este conjunto de causas es que, «a medida que se van produciendo los fenómenos de inestabilidad, el mar va ganando terreno, con lo cual, la línea de costa va retrocediendo, por lo que cada vez tenemos menos tierra firme». Esto genera «una serie de fenómenos derivados que pueden afectar al ser humano, en función del grado de ocupación de la zona», en el caso, por ejemplo, de «un acantilado activo desde el punto de vista de la erosión marina que, además, esté ocupado tanto en la parte baja como en la parte alta».

En este caso, «al pie vamos a encontrar un riesgo de afección por desprendimientos y argayos, con los consiguientes daños derivados de la inestabilidad». En las zonas localizadas por encima el problema es otro, y es que a medida que avanza el mar y se destruyen los frentes del acantilado, «no solo se pierde la superficie del terreno, sino que también aparecen grietas, asentamientos, procesos de inestabilidad y esto puede llevar incluso al abandono de construcciones, poblaciones e infraestructuras que se pueden llegar para perder o quedar inutilizadas para su ocupación».

Montserrat Jiménez pone como ejemplo lo sucedido en la zona de Palos Verdes, en el sur de California, «en 2015-2016, cuando se erosionaron mucho los acantilados y el impacto del oleaje fue tal que algunas poblaciones tuvieron que ser abandonadas». Sin embargo, afirma que «no hay que ponerse catastrofista, ya que no en todos los acantilados sucede esto». En este sentido, incluso «hay veces que, cuando se producen estos fenómenos, las acumulaciones de bloques de los argayos actúan como si fueran escolleras y protegen el acantilado del impacto del oleaje».

Resultados de la investigación en Asturias

Estas tres investigadoras llevan siete años «estudiando distintas zonas de acantilados en la costa de Asturias» en tres áreas en las que han instalado «laboratorios naturales» donde hacen una monitorización más detallada. En este sentido, emplean «vuelos fotogramétricos con dron, medidas topográficas in situ, comparación de ortofotografías...». «En Asturias estamos constatando este tipo de fenómenos en distintos grados de magnitud», afirma esta investigadora. Dicho esto, aclara que «no toda la costa está monitorizada, aunque existan fenómenos de inestabilidad, y no en toda la costa se producen fenómenos de movimiento».

Explica que «la tendencia es que se trate de fenómenos episódicos, limitados en el tiempo, y también fenómenos locales, concentrados en zonas concretas». En su investigación, en la playa de Portizuelo, en Luarca, han llegado a medir «retrocesos de 1,64 metros por año para el periodo 2006-2017». Del mismo modo, en el entorno de Cabo Peñas, en los acantilados, han identificado «diversos tipos de argayos» y también han cuantificado «retrocesos de entre 1,2 y 2,2 metros por año para el periodo 2006-2020». La catedrática de Geodinámica Externa de la Universidad de Oviedo también se refiere a «un caso muy particular como es el del gran argayo de Tazones».

«Es un acantilado complejo y su parte superior, que está cerca del faro de Tazones, se desplaza a unas velocidades variables», explica y añade que «en 2019 algunos tramos de lo que es el argayo llegaron a desplazarse 14 metros en un mes». Recuerda que «en esta zona, en 2018, las grietas que se habían formado en el terreno habían conducido ya a la demolición de un restaurante». Asimismo, «en la parte inferior del acantilado, el oleaje, especialmente en épocas temporales, contribuye a que la zona sea socavada y se produzcan distintos desprendimientos, que forman lo que se llama el pedrero, en la base».

Estas investigadoras han comprobado que «los mayores desprendimientos coinciden con factores climáticos, es decir, con altos valores de precipitación en 24 horas». «Estamos viendo que influye, por una parte la altura y energía del oleaje, por otra los fenómenos de precipitación y, asimismo, la humedad del suelo, todo unido a las características geológicas del sustrato», remarca.

Estrategias de adaptación y prevención

Sin embargo, aclara que «son procesos naturales, la dinámica normal de un acantilado», aunque «resulta posible que se estén acelerando ahora». En este sentido, Montserrat Jiménez explica que hay «trabajos científicos que combinan la obtención de datos de milenios y otros actuales que sugieren que las tasas se están incrementando».

Comenta que, de acuerdo con varias investigaciones, «en estos acantilados calcáreos blancos de Inglaterra, en los últimos 7.000 años se han estimado tasas de retroceso de entre 2 y 6 centímetros al año». «Los mismos autores que dicen eso constatan que para los últimos 150 años, esta cifra se ha multiplicado por 10 y actualmente están están midiendo tasas de retroceso de 20 y 30 centímetros por año», añade.

Sin embargo, «otros datos de Reino Unido obtienen que las tasas medias de retroceso de los últimos 7.000 años son similares a las actuales». Esta investigadora concluye que «los datos todavía son escasos y es preciso caracterizar mejor la variabilidad espacial y temporal de estos fenómenos para tener más datos más robustos».

A la hora de evitar consecuencias indeseadas de este proceso erosivo recomienda, «por una parte, la prevención y, por otra, la adaptación». Considera que «primero es necesario potenciar la investigación, fomentar el conocimiento para comprender mejor cómo evolucionan los acantilados y cuál es su relación con el cambio climático».

Apunta que, por otra parte, «es muy importante realizar acciones de educación y concienciación ciudadana», así como «instalar señalizaciones adecuadas en zonas potencialmente peligrosas». También llama la atención sobre la necesidad de «mejorar la ordenación del territorio a partir de datos fiables y rigurosos, tanto en la parte alta de los acantilados como en la base, así como limitar su uso y ocupación», es decir, evitar, por ejemplo, «construir una casa en un sitio que está experimentando fenómenos de asentamiento o que puede ser potencialmente peligroso». Concluye indicando que «las obras de ingeniería pueden servir como paliativos una vez se ha se ha desencadenado el problema, pero lo recomendable sería evitar las situaciones de riesgo».