Roberto González-Quevedo, antropólogo: «La cultura está cambiando, pero la identidad del otoño asturiano sigue estando viva»
ASTURIAS
El escritor e investigador reflexiona sobre cómo la recogida de la manzana, la sidra, las ferias y los amagüestos son tradiciones y costumbres que aún perduran pese a la despoblación del medio rural y a los cambios sociales que ha vivido la región en las últimas décadas
25 oct 2025 . Actualizado a las 05:00 h.El otoño es para Asturias mucho más que un cambio de estación: es una época de tradiciones y costumbres que marcan una forma de vida y, por ende, la cultura asturiana. El otoño es tiempo de recoger manzanas y hacer sidra, de guetas y amagüestos, de ferias ganaderas y romerías. A pesar de la despoblación, de los cambios sociales y de que la cultura asturiana se está transformando, muchas de esas costumbres continúan vivas. De esa tensión entre pérdida y continuidad habla Roberto González-Quevedo González, doctor en Antropología por la Universidad Autónoma de Madrid y en Filología Hispánica por la de Oviedo, que durante décadas ha estudiado las costumbres y símbolos del mundo rural asturiano. Jubilado ya tras haber sido profesor de Filosofía en la enseñanza media y de Lengua en la Universidad de Oviedo, el también escritor e investigador reivindica que el otoño sigue siendo «una época imprescindible para entender la cultura asturiana». Así, en la entrevista concedida a La Voz de Asturias, González-Quevedo reflexiona sobre las tradiciones otoñales, sobre los retos que amenazan a ese patrimonio inmaterial, aunque desde la perspectiva de que en los pueblos, «a pesar de la despoblación, todavía sigue habiendo vitalidad y siguen haciéndose cosas» que contribuyen a mantener las costumbres y la cultura vinculada a esta época del año.
—El otoño es una época intensa de actividades, tradiciones y costumbres, sobre todo, en los pueblos. ¿Qué representa realmente esta época para la cultura asturiana?
—Es un tramo del año muy importante. La cultura asturiana se desarrolla a partir del ciclo anual, según va cambiando el clima, se van asociando los cambios en las actividades. No cabe duda que una vez que termina el verano, que tiene tradicionalmente como actividad fundamental la tarea de ir a la yerba, llega el otoño como una época muy interesante en la que destacan, sobre todo, las tareas de recolección: recoger frutos de los árboles, y también, por supuesto, sigue habiendo trabajo ganadero. En definitiva, es una época importante e imprescindible si queremos entender cómo era la cultura asturiana.
—Muchos pueblos celebran en esta estación sus últimas fiestas del año. ¿Qué papel juegan las romerías de esta época y las ferias de ganado en la vida del medio rural?
—Sí, la verdad es que cada estación tiene sus fiestas y sus romerías, y no pueden ser menos las del otoño. Como pasa en las de otras estaciones del año, la cuestión de las fiestas ya sabemos que cambió mucho y ya no tienen esa vitalidad de las fiestas populares en las zonas rurales. Sin embargo, sí se nota quizás un incremento en el mundo urbano. Y por supuesto, lo de las ferias es realmente destacable. En las zonas de Asturias que están cerca de los puertos y de los pastos altos, son memorables esas ferias en las que la gente ve ese ganado que, en parte, se revitalizó gracias a esos pastos que están en la altura y que hacen que encontremos unos ejemplares realmente extraordinarios.
—¿Dirías que se están perdiendo o transformando los eventos otoñales?
—Evidentemente, se están transformando porque toda la cultura se está transformando. Es inevitable. Los cambios económicos y, por supuesto, también los cambios en las ideas hacen que se transformen los eventos culturales en todas las épocas del año. Y no podía ser menos, por supuesto, en el otoño. Se ha perdido gran parte de la solidaridad en las familias campesinas y predomina el individualismo. Hay tareas que no tienen sentido porque se realizan con otros proyectos ideológicos. Por tanto, si podemos hablar de una pérdida de la riqueza y podemos decir que la aldea asturiana en el otoño perdió gran parte de la vitalidad. Sin embargo, la gente sigue adaptándose, sigue viviendo y observamos que el otoño sigue teniendo su impronta, sigue teniendo su actualidad y todavía lo distinguimos como algo muy característico.
—¿Qué tradiciones de estos meses consideras que se conservan mejor en Asturias y cuáles consideras que están en riesgo de desaparecer?
—Creo que siguen teniendo mucha vitalidad, aunque también con grandes cambios y, en cierto modo, pérdidas, la recogida de la manzana y la elaboración de las sidras, todo el proceso. A nivel de las familias, por ejemplo, en las zonas sidreras, en las casas se sigue reuniendo a sus miembros para recoger la manzana durante mucho tiempo, no tanto como antes, porque a veces duraba la recolección hasta la Navidad. Ahora es distinto. Pero diríamos que la cultura de la sidra sigue funcionando, aunque es cierto que no como antes, porque antes siempre había mucha más gente. No obstante, yo conozco familias que tenían casi la casa y la pumarada abandonadas y ahora van al pueblo y vuelven a hacer sidra, aunque sea de una manera un poco testimonial. También creo que la cultura de las castañas, en algunas zonas, sigue teniendo mucha importancia. Otro tipo de actividades quizás menguaron de una manera más importante. Pero se observa que a medida que de alguna manera el mundo rural se debilitó, y esto lo vamos viendo en todos los aspectos, hay una mayor concientización a nivel de la ciudad. Y por eso, no solamente en el mundo campesino, sino que en toda Asturias y en la Asturias urbana, también se celebran eventos que tienen que ver con el otoño cultural, como pueden ser las cuestiones de la sidra o los amagüestos. Quiero decir que todo está cambiando, pero la línea fundamental de la identidad del otoño asturiano sigue estando viva.
—La gueta, el amagüestu, mayar manzanas para hacer sidra en casa… ¿son ejemplos de cómo el otoño combina lo agrícola, lo festivo y lo simbólico?
—Sí, claro, todas las actividades están interrelacionadas. Lo que tiene una importancia agrícola o ganadera, pues siempre se refleja en lo festivo. Y lo festivo siempre tiene una dimensión simbólica. Quiero decir que, tal como estamos viendo, sí es cierto que se resienten en gran parte algunas costumbres, precisamente, por esa interrelación y esa combinación. Pero, de todas maneras, aún encontramos elementos que abarcan toda esta combinación. Y vemos cómo lo festivo se mezcla con costumbres que tienen que ver con la ganadería, con la agricultura y, todo ello, sigue teniendo una gran riqueza simbólica, aunque sea de otra manera. Porque estas transformaciones de las que estamos hablando, hay que tener en cuenta que son inevitables. De todas maneras, se mantiene la conciencia en la sociedad de que el otoño asturiano es algo rico, variado, de cosas interrelacionadas entre sí y que todavía tienen un significado importante a nivel colectivo.
—¿Has notado un resurgir del interés por el patrimonio inmaterial, como pueden ser las canciones, las danzas o juegos populares, entre los más jóvenes?
—Yo creo que, en general, en toda la población. Un detalle, por ejemplo. A mí me parece que ahora, si vas a zonas rurales y hablas con gente de cierta edad, están mucho más orgullosos que antes de cantarte sus canciones, de sus danzas, de sus juegos, mientras que hace años, a veces incluso, lo ocultaban, porque para ellos podía ser un síntoma de ser pobres, de estigma incluso. Y, por supuesto, en la juventud se nota. Se da una paradoja, y no solamente en este aspecto sino en otros, a nivel del otoño, por ejemplo, la gente más joven, que no pudo vivir la riqueza cultural de antaño, quizá por eso, tienen más interés por ello. Yo noto en la gente más joven interés por conocer, por documentarse, por saber las tradiciones culturales de hace unos años y, al mismo tiempo, incluso volver a llevar a cabo esas actividades y disfrutar con ellas. De alguna manera, en la gente más joven hay una cierta sensación de que lo que se está perdiendo necesita más de su apoyo.
—¿Cómo influye la despoblación rural en la pérdida de costumbres?
—Influye de una manera decisiva. Creo que es el drama más importante. Nada más tenemos la realidad actual. Hoy mismo vas a un pueblo asturiano, a un valle, y está todo muy guapo y sigue teniendo ese encanto, pero las casas están tristes. No hay niños casi o hay muy pocos, la gente es más bien mayor y algunas casas están abandonadas. Hace varios años todo estaba lleno de ruido, de alegría, de población, de celebraciones, de actividades económicas…, hace unos años era algo espectacular realmente. Hoy en día eso es más difícil. Por tanto, creo que es el factor más importante en la pérdida de costumbres es la despoblación, aunque hay otros factores que la desencadenan. A mi entender, debe haber una política de fijar la cultura, la población en las zonas rurales. Porque, además, ofrecen una calidad de vida extraordinaria y ayudaría a mantener la vitalidad de la cultura asturiana. Algo de eso ya hay y conocemos gente que se desplazó a zonas rurales para hacer su trabajo profesional, aunque todavía no se logra compensar la despoblación. Entonces, sería un desafío muy importante que los políticos, en general, no solamente en Asturias, se preocuparan de ello porque, si no, cada vez va a ser más difícil atajar este problema.
—¿Podría el turismo cultural convertirse en una vía para mantener vivas las tradiciones y las costumbres sin convertirlas en mera atracción?
—El turismo tiene enfocadas algunas cosas positivas y puede ayudar a fijar la población e, incluso, a familias que a lo mejor se hubieran marchado al ámbito urbano, puede gracias al turismo siguen viviendo en la zona rural. No hay que descartar esa posibilidad, aunque también es cierto que el turismo si convierte todo en una especie de escaparate que puede llegar a ser perjudicial. Es por eso que a veces decimos que el turismo puede producir efectos perversos, incluso coartar actividades tradicionales porque cosas que en la zona rural son normales, como el olor a cucho y el olor a vacas, cuando va gente de fuera les resulta molesto porque tienen otro concepto sensorial. Quiero decir que bien enfocado el turismo puede resultar beneficioso para aumentar la población, pero también puede tener efectos contraproducentes.
—¿Y qué pasa con las tradiciones orales, las historias o creencias ligadas al otoño que se contaban en las aldeas asturianas? ¿Se siguen transmitiendo hoy?
—Hay riesgo de pérdida porque menguó mucho la transmisión oral. Primero por lo que comentaba anteriormente, la despoblación, la convivencia entre abuelos y nietos o entre padres e hijos ya es la misma. Vemos que se está pasando de la cultura oral de hace años a una cultura visual, de imágenes o escrita. Y lo vemos a todos los niveles: cuando entrevistas a una persona de ámbito rural, te hablan con una soltura y con una fluidez enorme y, sin embargo, hay jóvenes que tienen un nivel de educativo alto, pero les cuesta realmente expresarse con fluidez porque transmiten las cosas de otra manera, digitalmente, con imágenes simplemente, entonces ahí hay un riesgo importante.
—¿Qué papel deberían jugar las escuelas y las asociaciones locales para que el patrimonio cultural asturiano no se pierda entre las nuevas generaciones?
—Tienen un deber fundamental. Las escuelas y las asociaciones de tipo cultural tienen ese deber moral, al menos en parte. De hecho, gracias a las escuelas se divulgan actividades y se realizan incluso pequeños ritos, pequeñas cosas que tienen que ver, por ejemplo, con la recolección de la castaña, con los amagüestos. Lo mismo podemos decir alrededor de la sidra, de forma que en algunas escuelas hay una celebración y se conocen y se profundiza en costumbres de la época. Por tanto, yo creo que se ha conseguido de una manera aceptable el difundir las tradiciones culturales del otoño en los centros escolares. Yo mismo conozco a muchos profesores con un compromiso extraordinario y muy positivo. Evidentemente, no es suficiente, pero lo considero muy adecuado. Además, en casi todos los consejos hay algún tipo de asociación cultural que tiene entre sus prioridades el hacer resurgir las costumbres y una muestra de ello, y es un detalle simbólico, es que estas asociaciones culturales suelen escoger un hombre asturiano. Eso significa siempre que hay un saber de que hoy en día la cultura tiene entre sus funciones recuperar tradiciones y darlas a conocer.
—¿Pueden ser útiles las nuevas tecnologías para preservar y divulgar la cultura popular asturiana?
—A la hora de reconstruir, las nuevas tecnologías aportan mucho: nos aportan reportajes, nos aportan imágenes, nos aportan documentación, que de otra manera no se encontraría y digitalmente sí la encontramos. Contribuyen porque mucha gente se informa gracias a ellas de la cultura asturiana tradicional, pero también hay que tener en cuenta que el hecho de que vivamos en un mundo tan lleno de nuevas tecnologías nos puede impedir el conocer de una manera directa lo que es la vida cultural tradicional asturiana. A nivel global, no solamente de Asturias, es como si este mundo digitalizado en todos los sentidos nos estuviese distanciando de la realidad concreta. Al estudiar la cultura asturiana desde el punto de vista antropológico, la riqueza está en el detalle, en lo concreto… Entonces, hay que seguir utilizando nuevas tecnologías, pero tenemos que ser conscientes de que corremos el riesgo de perder la riqueza y la pluralidad de la vida diaria.
—Por último, si tuviera que describir Asturias en otoño con una imagen cultural o una sensación, ¿cuál elegiría?
—Más bien hay dos que tengo en la memoria. Una es ir a pañar castañes, ir a la gueta de les castañes, que lo recuerdo de muy pequeño, ir muy temprano a recogerlas. Pero también, sobre todo en los últimos años, por vivir en una zona donde hay mucha sidra, todo el proceso de la sidra, tanto el ir a pañar manzanes como el mayar. Son dos imágenes y no puedo decir que una sea más importante que otra para mí. Y ahora menos, pero recuerdo que antes tenía un rechazo enorme a comprar castañas en la ciudad porque estaba acostumbrado a que fueran gratis, a cogerlas, meterlas en un farol, como hacíamos en mi pueblo, y ahí se asaban mucho mejor.