Pedro de Silva, expresidente del Principado: «Mi programa de gobierno para Asturias era francamente disruptivo, rompedor e integral»

Jose Coto REDACCIÓN

ASTURIAS

Pedro de Silva
Pedro de Silva Pablo Batalla

Pedro de Silva publica «Lo que queda a la espalda», unas memorias dialogadas con el periodista César Iglesias que repasan su vida política e intelectual en clave de memoria y reflexión

21 dic 2025 . Actualizado a las 13:37 h.

Pedro de Silva repasa en su último libro, titulado «Lo que queda a la espalda», su vida política e intelectual en conversación con el periodista César Iglesias. La obra es un diálogo pausado y exigente que convierte la memoria personal en reflexión pública sobre Asturias, España y el tiempo vivido.


—«Lo que queda a la espalda» se mueve en el ámbito de la memoria y del diálogo. ¿Por qué optó por este género?

—Supongo que no hace falta explicar por qué: llegada una edad, se escriben unas memorias. Lo más difícil es siempre elegir la voz y el registro para ello. Había empezado esa tarea por distintas vías, optando por la tercera persona y un tronco de historia real en clave intimista combinado con vuelos de pensamiento. Aunque tuviera todavía bastante de cajón de sastre, pues había episodios ya cerrados, otros todavía en esquema y notas más o menos desarrolladas, aquello tenía ya un resultado, más de 150.000 palabras entre una cosa y otra. Fue entonces, hace 3 años, cuando el periodista Cesar Iglesias, que me había hecho alguna entrevista, me propuso ese mismo género para algo que luego llamaríamos unas memorias dialogadas. La fórmula me interesó, sobre todo, porque eliminaba los riesgos de complacencia y recuerdos selectivos propios de la autobiografía. Pactamos que me preguntaría lo que quisiera, tendría acceso a toda la información y documentos de que yo disponía, podría cotejar los hechos con otras informaciones y personas de mi entorno, repreguntar a partir de las respuestas, y por mi parte podría enlazar temas relacionados, o simples reflexiones, a partir de éstas.

—¿Cuál es el latido emocional e intelectual que persiste en «Lo que queda a la espalda»?

—Es el propio de una vida pública en la política y en la creación intelectual, sea literaria o ensayística, con calas a fondo en la vida y en la personalidad del entrevistado.

—Es un libro de acontecimientos, anécdotas, semblanzas y reflexiones conversadas. ¿Qué pesa más, lo vivido o lo pensado?

—Cuánto haya de pensamiento en la vida de cada uno es distinto en cada uno, sin que la diversa proporción e intensidad haga mejores o peores unas vidas y otras. Digamos que en la mía el pensamiento ocupa un espacio muy grande, que la acción suele estar siempre precedida de una íntima deliberación, incluso para darme libertad, y que la pura reflexión es una parte importante de mi empleo del tiempo, lo que da lugar a que no conozca el aburrimiento. En el fondo vivir y pensar son para mi la misma cosa. Esto tanto puede verse como salud o como enfermedad; aunque estas sean solo palabras.

—En estas memorias dialogadas está el político y el intelectual creativo. ¿Quién fue primero? ¿Quién manda más?

—El compromiso social y político es en mi caso el resultado de una decantación emocional, un episodio de los que imprimen carácter, que plasmo en tiempo real en un breve poema de 1966, como cuento en algún lugar del libro. Esa atadura nunca se ha soltado y aún manda lo suyo. En cuanto a la labor intelectual forma parte, con mejor o peor fortuna, de toda mi vida y podría incluso decirse que es la que me da la vida, o al menos monta el escenario en que la hago. Por otra parte, aunque hace casi medio siglo dejé escrito que para mí el verdadero político era una simbiosis de intelectual y hombre de acción; hoy revisaría esta afirmación, para no quedarnos sin políticos, quiero decir, sin políticos verdaderos.

—Desde los años sesenta del siglo pasado usted empezó a construir un pensamiento sobre qué es Asturias y su fuerte papel en la historia, a la vez que elaboró un proyecto de futuro autogobierno. ¿Tuvo que derribar muchos mitos y desbrozar muchos caminos?

—Tuve que intentarlo al menos. Los hijos de la llamada «filosofía de la sospecha», y temo serlo por todos los flancos, tendemos siempre a crear a través de la negación de lo dado, o al menos de su cuestionamiento. Así que la respuesta es sí, pero no siempre ni casi siempre con éxito, lo cual ahora no lamento, pues seguramente me ha librado de cometer más errores.

—Cuando asumió la presidencia, ¿qué imagen tenía de Asturias como realidad y proyecto, parafraseando uno de sus libros? ¿Cómo se la imaginaba a 30 o 40 años vista?

—Son dos preguntas, ¿no?. A la primera da respuesta el contenido de ese libro: así veía su realidad y así proponía, tan modesta como firmemente, sus cambios. En cuanto a la segunda, la verdad es que, al menos en buena parte, no me la imaginaba tan distinta a como es hoy.

—Ahora, desde esta distancia histórica, ¿cuánto de aquella visión se cumplió y cuánto se transformó por la fuerza de los acontecimientos?

-Nunca se cumple todo, se cumple algo, lo que importa es que ese algo cambie el eje de giro del invento y cree las condiciones de posibilidad para un nuevo cambio. Las primeras notas para «El regionalismo asturiano» (Ayalga, 1976) empiezan definiendo mi posibilismo, un reformismo transformador, que algo cambie para que todo cambie, que diferencio del «lampedusiano», que algo cambie para que nada cambie. Posibilismo superador podríamos llamarlo también: cambiar las condiciones de posibilidad para seguir cambiando. ¿A dónde quieres ir? Si sabes responder y lo haces sinceramente, tienes un propósito. Añádele voluntad indesmayable y mucho trabajo. La que llama «fuerza de los acontecimientos» es casi siempre reutilizable. En mi caso los principales eran la crisis industrial y el poder sindical. Convertir ese gran problema en la fuerza impulsora, encauzándola sin desbordamientos, del cambio de modelo económico, no resultó sencillo.

—¿Qué diagnósticos se hicieron bien entonces y cuáles, vistos con el paso del tiempo, eran incompletos o ingenuos?

—Creo que básicamente se hicieron bien, de hecho en cuanto tales no han sido cuestionados, otra cosa es que muchos fueran incompletos, algo que solo vas descubriendo en el día a día del poder, y que casi todos fuera ingenuos, en el sentido de sobrevalorar las fuerzas para ejecutar las soluciones e infravalorar las resistencias del statu quo económico, social y cultural. Pero de empezar hoy otra vez me gustará ser igual de ingenuo, algo imposible, claro, pues es esa ingenuidad la que te permite volar alto en la concepción de un proyecto de cambio, te empuja a enfrentarte a las resistencias sin medir demasiado los riesgos y, si tienes pundonor, algo necesario en el gobernante, te proporciona el coraje para no tirar la toalla antes de tiempo, o sea, hasta no chocar con la imposibilidad. Por ejemplo, sobrevaloré la razón de los números a la hora del diseño de la política de comunicaciones, pues hay manías heredadas que no atienden a esas razones, o infravaloré las resistencias sociales, en especial de las elites, a un asturianismo cultural. Son solo un par de ejemplos.

«Me sorprende e ilusiona la capacidad de Asturias para rejuvenecerse, me preocupa la dificultad para emprender la recuperación de su propia historia»

—¿Qué Asturias ve hoy? ¿Qué rasgos le sorprenden, le preocupan o le ilusionan del presente asturiano?

—Veo una Asturias mucho mejor que la que había al inicio del gobierno autonómico, con una estructura económica de composición equilibrada, un empresariado cada vez más dinámico, unas comunicaciones externas e internas que han dejado de ser una barrera, exterior e interior, un medio ambiente incomparablemente mejorado, un mayor aprecio hacia la cultura e identidad propias y unos equipamientos sociales entre buenos y excelentes. Me sorprende e ilusiona la capacidad de Asturias para rejuvenecerse, me preocupa la dificultad para emprender la recuperación de su propia historia, que es su principal fortaleza, sobre todo en lo que respecta a su formidable cultura material. Esto me preocupa especialmente por tratarse de un bien perecedero. Pero historia no es igual que arcaísmo. Me preocupan los brotes de arcaísmo y sus atavismos.

—¿Existe algo en la Asturias de hoy que considere herencias directas de sus gobiernos?

-Bastantes cosas, como me recuerdan últimamente con variados ritos conmemoratorios, algo lógico teniendo en cuenta que mis dos legislaturas encadenadas (1983-1991) corresponden, en lo instrumental, a la creación y puesta en marcha de la autonomía, en lo operativo al fletado de muchos nuevos programas y en lo estructural al inicio de un dilatado periodo de grandes transformaciones en Asturias. Pero no me corresponde realzar esas «herencias», en las que tampoco será todo bueno.

Pedro de Silva
Pedro de Silva Pablo Batalla

—¿Cree que Asturias mantiene un relato propio de lo qué es?

—Un relato propiamente dicho, engarzado argumentalmente y expresado, creo que no. Sobreviven los ritos más a menos canónicos, pero no solo de ritos vive un país. Vengo clamando por un esfuerzo por reforzar la identidad y el sentimiento de tenerlo, no como una invención sino como un reencuentro con la propia historia, que es de enorme riqueza e importancia, hacia dentro y hacía fuera.

—¿Eso es ser asturianista hoy?

—Exactamente: reencontrarse con las raíces, revitalizarlas, ponerlas en valor, darles utilidad y afianzar en ellas una justificada autoestima.

—¿Se atreve a definir la identidad asturiana en un titular?

—Historia y naturaleza, dos piezas en una pieza. Hoy y entonces.

—¿Cómo ha cambiado la relación de la ciudadanía asturiana con la política desde los años 80 hasta ahora?

—La ciudadanía estaba muy articulada entonces, había una estructura social organizada en sindicatos, entidades asociativas de carácter cultural, medioambiental o vecinal, multitud de movimientos en el orden social, de edad, de género, etcétera. Hoy no veo esa estructura por ninguna parte, quedan solo restos o reductos, en muchos casos envejecidos, incluso con riesgo de extinción cercana. Como las malas hierbas en un jardín, las redes sociales han acabado ocupando todos los espacios, desmovilizándolos con su falso activismo impensado o poniéndolos al servicio de una movilización larvada que cualquier día puede desplegarse por el aire como hormigas aladas en tiempo de tormenta.

—Si tuviera que señalar una decisión de gobierno que define su presidencia, ¿cuál sería y por qué?

—Mi ciclo político asturiano, que ocupa más o menos 15 años, desde la publicación de El regionalismo asturiano, en enero de 1976, al abandono de la presidencia, en junio de 1991, es, en su conjunto, un programa estratégico ejecutivo, con el que guardan razonable coherencia multitud de decisiones. «Política en alfombra» cabría decir (el símil, tomado de bombardeo no es bueno, ya sé). Ese carácter integral, que no es tan común, define, para bien o para mal, mis acciones de gobierno. No tiene sentido despiezarlo a posteriori, cuando me cansé de predicar el «todo uno», muchas veces en el desierto.

—¿Qué aportación cree que dejó y que no se entendió en su momento?

—Creo que mis aportaciones, las que sean, se han acabado entendiendo con el tiempo. Pero también creo que buena parte de ellas no se entendieron en tiempo real. Mi programa de gobierno era francamente disruptivo, rompedor, se decía entonces. A veces demasiado, quedando parte de él por el camino. Rompedor e integral.

—¿Qué le quedó por hacer, no por falta de tiempo, sino por falta de clima político o social?

—Muchas cosas, claro. Las más importantes culminar el desarrollo autonómico, completar la oferta de servicios o equipamientos de tamaño-región y avanzar en una doble articulación ferroviaria, la de la zona central y la de la cornisa cantábrica. Esto último no entraba en nuestras competencias, pero intentamos promoverlo.

—¿Sintió que la política le permitió desplegar su pensamiento o le obligó a ir a lo posible?

—Releyendo mis primeras notas, cuando preparaba El regionalismo asturiano, más allá del oportunismo («vinculación a opciones inmediatas de poder, con olvido de los principios») y más acá del maximalismo («entendimiento intransigente de los principios, abstraídos de las condiciones objetivas») definía así el posibilismo: «adecuación táctica de los principios a las formas de acción determinadas por las condiciones objetivas». Esto lo escribí en 1975. Bueno, pues por ahí he ido siempre.

—¿Cree que la memoria pública tiene una forma justa de recordar a los expresidentes o, por el contrario, el recuerdo siempre deforma?.

—Después de la presidencia, si crees que te has ganado el derecho a que sea recordada, tienes que tratar de conservar ese recuerdo. Ni debes intentar influir en los que vengan detrás, que habrán de trabajar para ganarse el suyo, ni tampoco dejar que otro se haga con el tuyo. ¿Por qué?. Simplemente porque no es suyo. Eso es lo justo, nada de más pero nada de menos. No es solo tu derecho, son los derechos de la historia, que, sea pequeña o grande, o es verdadera o no es verdadera historia. El recuerdo siempre puede deformarse, pero con seguridad lo hará si no te aplicas a evitarlo.

—El presidente Adrián Barbón aprovecha cada ocasión que tiene para citarle como su referente político, esa armonización de la tradición socialdemócrata y asturianista. ¿Cómo encaja estas afirmaciones?

—Como es natural las encajo con inmensa gratitud, pero también con algo de rubor, siempre he sido propenso a esto. Nunca me resulta placentero que lo haga estando yo presente.

—¿Qué lugar cree que ocupa hoy Asturias dentro del proyecto español y europeo?

—Asturias, con su pequeño tamaño, es hoy un ejemplo de estabilidad, capacidad de recuperación en todos los órdenes, voluntad de encuentro, que a la hora de la verdad se acaba produciendo, y afabilidad, aspecto éste valioso de forma especial en momentos de cierta crispación social y que al parecer va a ser realzado en la aspiración a la capitalidad cultural europea de Oviedo en 2031.

«Asturias debe tomarse en serio, apostar por aquello que la singulariza, escapar de los mimetismos»

—¿Qué retos culturales, no solo económicos, condicionan la Asturias que viene?

—El más importante, para mí, insisto, es poner en valor, hacía dentro y hacia fuera, la enorme fortaleza de su historia, que me parece incomparable. Asturias debe tomarse en serio, apostar por aquello que la singulariza, escapar de los mimetismos.

—¿Qué papel deben jugar las élites intelectuales, usted incluido, en una Asturias que a menudo parece encerrada en debates viejos?

-Superarlos con respeto y salirnos, pero sin perder pie. En buena parte somos esos debates viejos.

«Ahora estamos pagando aquel error con la monstruosa hipertrofia de Madrid»

—Fue un firme defensor del eje Atlántico, del mirar al Norte, y de rebajar la dependencia física y mental de Madrid. ¿Una dura batalla?

—Peor que eso, una dura batalla perdida, una derrota en toda regla. Era la batalla por una España perimetral, que corrigiera la realidad del centralismo, vertebrado también en las comunicaciones radiales. No verlo así fue un dramático error de concepto a la hora de construir el Estado autonómico por parte de los grandes partidos, que nunca creyeron en ese Estado con todas las consecuencias; muchos lo vieron, y lo sigue viendo, más bien como un expolio. Ahora estamos pagando aquel error con la monstruosa hipertrofia de Madrid.

—¿Sigue apostando por una salida ferroviaria desde la Baiona pontevedresa hasta la Bayona aquitana y por intensificar las rutas marítimas como Gran Bretaña y Francia?

—Es una entrada, más que una salida, la entrada en un territorio realmente común, el de la cornisa. En cuanto a las rutas marítimas completarían la cuenca, pero no acaba de cuajar su economicidad. Dependerá del precio que estemos dispuestos a pagar, quizás por bastante tiempo, por configurar ese espacio, para personas y para mercancías.

—Durante su etapa de presidente, convivió con varios mandatarios de las comunidades del Nororeste ibérico, entre ellos tres presidentes gallegos (Xerardo Fernández Albor, Fernando González Laxe y Manuel Fraga) y el Aznar de Castilla y León. ¿Cómo les recuerda?

—¿Qué recuerdo, en unas pocas palabras?. De Fernández Albor su sabiduría, muy de médico antiguo; de González Laxe, la entusiasta voluntad de cambio y modernidad; de Manuel Fraga su poderoso genio en retirada. Tres buenos gallegos, creo. De José María Aznar su conciencia del propio futuro, que le hacía ser prudente sabiéndose promesa.

—A Fraga también le entrevistó para la prensa. ¿Cuál es su semblanza?

—Una fuerza de la naturaleza, física e intelectual, una torrentera de vitalidad que nunca ha sido capaz de encauzar en una estrategia; ni siquiera en una conversación. Ni él mismo pudo explicarse en unas memorias, las suyas son más bien un dietario retrospectivo. Un hombre con argumentos pero sin un argumento político coherente, tal vez por haber hecho vida a caballo de dos regímenes. A la vez, un gran patriota español y gallego. Esta muy bien la semblanza que resulta de uno de los últimos trabajos sobre él, «Yo podría haber sido Fidel Castro» (Lengua de trapo, 2024), de Pablo Batalla.

-Como presidente hizo una firme apuesta por el occidente astur, incluso batalló culturalmente contra cierto expansionismo galaico. ¿Era real la amenaza?

—Era y no era, parezco ya gallego, ¿no?. Era, por una combinación del histórico abandono del Occidente de Asturias, una Galicia que había tomado con ganas el tren de la autonomía y el hecho lingüístico del Navia para allá. No era, porque hay un orgullo asturiano de mucho arraigo que nunca ha dejado de latir con fuerza. Utilice el argumento también como pretexto para volcar en esa franja recursos y acción política con una intensidad (el Plan Eo-Oscos, por ejemplo) que era de pura justicia pero no siempre se entendía desde el centro.

—¿Existe un esquinamiento del Nororeste atlántico como consecuencia de la fuerza política, económica y demográfica de la España madrileña y mediterránea?

—Es un esquinamiento natural, pura geografía. ¿Hay también un agravio? Sinceramente creo que, con los números en la mano, no estaría justificado ese sentimiento. Además no soy partidario de vivir siempre pendientes de los demás pueblos, o sea, de que pueda irles mejor. Entiendo la autonomía más como autorrealización que como competición. El Levante español, quiero decir, del Ebro al Cabo de Gata, ha sabido aprovechar sus ventajas objetivas: sol y situación, aunque haya castigado enormemente la costa. El caso de Madrid es otro, ya lo hemos comentado.

—Más allá de la cooperación administrativa de las autonomías del noroeste peninsular, ¿se debería avanzar hacia un proyecto ecuménico, de no perder la marca histórica de «Gallaecia et Asturia» que fortaleciese socioculturalmente estos territorios?

—Sin duda, pero un proyecto de esa naturaleza requiere, para no equivocarnos, tener cimientos, disponer de una mínima elucidación de su identidad. Quiero decir, echar luz sobre ellas, pues hoy es más bien un sentimiento, incluso solo un presentimiento. Puede incluso que hablar de identidad, un concepto demasiado compacto, sea excesivo, o al menos prematuro. Elementos de identificación, sería mejor. En una primera aproximación diríamos que hay un tiempo del noroeste y también un tempo, en el sentido de ritmo de vida, que conecta con un tono vital. Pero, atención, en esa ecumene hay dos espacios diferenciados, diferenciados en concreto por su relación con el cielo. Un cielo sin estrellas y un cielo con estrellas. Del primero no hay que decir mucho, es un valor entendido. El segundo se abre —de Oeste a Este— en El Bierzo, Laciana, Babia y las fuentes del Esla. Al Sur de esa corona está ya la llanura, con su centro en los Campos Góticos y su límite en los Montes Torozos y la Sierra de la Culebra. Es un esquema que admite muchos e importantes matices, pero si desplegamos en el suelo el mapa, en concreto el mapa Michelín «España Noroeste», también llamado «España Galicia-Asturias-León», podemos identificar el arco divisorio entre esos dos territorios, sin y con estrellas, con la leyenda, sin duda discutible, «Cordillera Cantábrica». ¿Cuál sería el eje de giro de ese arco?, ¿Tal vez el orográfico el Teleno y Asturica Augusta el capital? De algún modo hay que empezar, y, al fin y al cabo, en ese eje localizó sus legiones de modo más permanente Roma, madre fundadora y denominadora de este gran espacio por encima del Esla. Ya que hablaba antes de «esquinamiento» hágase solo una pregunta y respóndela luego: ¿dónde está el centro funcional o dinámico de una esquina?. Por lo demás las dos grandes «regiones» (en acepción geográfica) de ese espacio componen un par dialéctico, con el sol en el fiel de la balanza.

«Nunca he sido «felipista» ni «guerrista», me han parecido falsos carteles»

—Su relación con Felipe González y Alfonso Guerra aparece en el libro con cierta distancia crítica. ¿Se rompió allí un proyecto político compartido o una idea de España

—Mi relación con ambos ha sido siempre buena a secas; en algunos periodos muy a secas. Nunca he sido «felipista» ni «guerrista», me han parecido falsos carteles, como «renovadores» y «críticos». El proyecto de González ha sido en todo momento social-liberal, o a lo sumo socialdemócrata muy escorado a la derecha del rótulo clásico, en el que resultaba clave una relación estrecha con la clase obrera organizada, en este caso al menos con la UGT. El momento de la ruptura del PSOE con la UGT, que no es entendible en una socialdemocracia, supuso una inflexión dramática en la historia del partido. De todo ello hablo en las memorias, claro, como también de la incapacidad del felipismo a la hora de articular un modelo territorial de corte federal. He compartido de modo muy limitado su idea de España. Pero todo ello es compatible con el reconocimiento de los enormes servicios prestados al Estado y a España en diversos órdenes por las dos personas que cita.

—Sigue siendo militante del PSOE, pero toma distancia del antisanchismo, sea el de su propia casa y el de las derechas. Complejo momento político español, nada ajeno a la deriva mundial.

—En España nuestro nacionalismo no nos deja ver que lo que nos pasa es casi siempre un reflejo de fenómenos más vastos. La izquierda, e incluso el centro, están siendo desalojados de Europa casi a marchas forzadas, la democracia misma está en proceso de evaporación. Sánchez resiste encastillado, es ya casi una rareza en el mundo, defendiendo la lucha contra el cambio climático, cierta función de reparto, la reintegración de Cataluña al Estado y, pese a tanto golfo, los derechos de la mujer y las minorías de género. Su posición internacional es ejemplar, manteniendo al límite cierta insumisión. Pero ya no tiene cuerda, se ha encapsulado y lo está comiendo la corrupción en su entorno, que aunque no sea generalizada ni mucho menos mancha muchísimo. En cuanto al antisanchismo, su núcleo duro es una reacción nacionalista frente a los nacionalismos, un fervor patriótico en el que no me siento concernido.

—¿Qué no ha escrito todavía, pero tendrá que escribir, para cerrar su propia conversación con Asturias y con el mundo que le ha tocado vivir?

—En eso estoy ahora, en definir, entre varios posibles, mi nuevo intento de transcender la visión ordinaria a través de la literatura, que dada mi edad podría ser el último.