El sector siderúrgico asturiano se encuentra en la encrucijada entre la descarbonización y la competencia internacional
02 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.La siderurgia asturiana vive, y esto no es una novedad, una importante encrucijada. Aunque mantiene su capacidad productiva y conserva una base industrial relevante, el sector se enfrenta a graves retos estructurales que condicionan su futuro.
Basta hacer un rápido balance de cifras: en los años 70, la industria del acero en Asturias daba empleo a unas 22.600 personas y producía alrededor de 3,2 millones de toneladas de metal. Hoy, la producción regional se acerca a los cinco millones de toneladas, pero el empleo se ha reducido drásticamente: apenas supera los 5.000 puestos, poco más de una quinta parte de lo que supuso en su época de esplendor.
En los últimos meses, algunas señales dan motivos para cierta esperanza: la producción siderúrgica española creció un 3,7 % en 2024, aunque aún no ha recuperado los niveles previos a la pandemia. En Asturias, la rama de la metalurgia y la industria transformadora de metales ha mostrado repuntes recientes, lo que indica que la actividad sigue viva.
Sin embargo, esta aparente recuperación no está exenta de sombras. La demanda mundial de acero continúa débil y la competencia internacional (con importaciones a bajo coste de fuera de Europa) pesa sobre la producción local. Además, casi la mitad de las empresas del sector metalúrgico asturiano declara tener dificultades para cubrir puestos cualificados, especialmente soldadores con formación técnica, lo que supone un problema estructural de relevo generacional y capacitación.
Los contratos que se firman en este entorno, además, suelen ser temporales: más del 70 % de los nuevos contratos del metal en Asturias corresponden a empleos eventuales, lo que evidencia la fragilidad del empleo en este sector industrial. Un factor determinante para el futuro de la siderurgia asturiana es la presión de la transición ecológica y la necesidad de descarbonización. En este sentido, las autoridades regionales han señalado de forma reiterada que la instalación de una planta de reducción directa de mineral de hierro (planta DRI) sería «un objetivo irrenunciable» para asegurar la continuidad de la siderurgia integral en Asturias.
Pero muchas instituciones y agentes del sector advierten de que este cambio tecnológico, necesario para cumplir con los estándares ambientales europeos, sólo será viable si se garantizan condiciones competitivas, especialmente en cuanto al coste de la energía. Por eso, el futuro inmediato del sector en la región depende de múltiples factores: la evolución de la demanda de acero, especialmente ante incertidumbres globales; la capacidad para atraer inversiones en nuevas tecnologías limpias; la disponibilidad de energía a precios competitivos; y la renovación de mano de obra cualificada. Si se gestionan bien estos retos, la siderurgia asturiana podría lograr una reconversión hacia modelos más modernos, sostenibles y competitivos.
Pero el riesgo es real: muchas voces coinciden en que, sin un apoyo claro, tanto institucional como industrial, para afrontar la descarbonización, Asturias podría perder competitividad frente a regiones y países que ofrecen mejores condiciones. Por el momento, el sector avanza cauteloso, intentando equilibrar tradición y futuro, con la incertidumbre como telón de fondo.