Viviendas colaborativas y redes de cobijo: el modelo contra la soledad no deseada que impulsan en Asturias las mujeres lesbianas mayores

Carmen Liedo REDACCIÓN

ASTURIAS

Margarita Llorente, presidenta de la Asociacio?n Cantapaxarina
Margarita Llorente, presidenta de la Asociacio?n Cantapaxarina

La asociación Catapaxarina, con sede en Asturias, pero de alcance estatal, ha puesto en marcha un proyecto basado en compartir hogar como alternativa a las residencias convencionales para mujeres que buscan envejecer en comunidad

22 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

La idea de vivir una tercera edad tranquila, con compañía y estabilidad, dista de la realidad que afrontan muchas mujeres lesbianas cuando alcanzan esa etapa de la vida. Para ellas, el envejecimiento puede traer consigo soledad no deseada, enclaustramiento e invisibilidad, y es que, hoy por hoy, aún se encuentran con entornos poco inclusivos que derivan en aislamiento. Para hacer frente a esa situación y que las mujeres lesbianas mayores no pierdan autonomía, la Asociación Cantapaxarina ha puesto en marcha un proyecto de viviendas colaborativas que, apoyado en redes de ayuda mutua, busca sentar las bases para compartir hogar y cuidados, una iniciativa que empieza a despertar interés dentro y fuera de Asturias. 

Con esa preocupación de fondo nació en 2025 la Asociación Cantapaxarina, una entidad sin ánimo de lucro formada por mujeres feministas lesbianas de más de 55 años cuyo propósito no es otro que «favorecer el acercamiento entre mujeres afines, fomentando alternativas que ayuden a paliar la soledad no deseada del colectivo, en una etapa de la vida en la que la autonomía y libertad personal sean respetadas, cuidándose y viviendo de manera activa la jubilación». Su presidenta, Margarita Llorente, explica que el proyecto que ahora impulsan consiste en «montar una serie de redes de apoyo para el colectivo de lesbianas mayores para combatir esa soledad no deseada» de la que hablan en el propósito de la asociación. 

No obstante, el proyecto no se limita solo a una fórmula residencial. Según la misma, parte de algo más básico, como es reconstruir vínculos. «Hay una serie de herramientas que ponemos a disposición para que la gente se pueda relacionar y salga de sus enclaustramientos», señala Margarita Llorente, que añade que antes de hablar de compartir vivienda, la asociación apuesta por «sembrar confianza». Así, el primer paso que ha dado el colectivo ha sido crear distintas redes de apoyo que se extienden al ámbito estatal, aunque la sede de la entidad se encuentra en Asturias. Una de esas redes es la denominada red de cercanía, que consiste en generar puntos de encuentro en distintos lugares propuestos por las propias socias para reunirse una o dos veces al mes, tomar un café, pasear o simplemente conversar. El objetivo es sencillo, aunque profundo a la vez: acercar a mujeres que, en muchos casos, han vivido años de aislamiento o han reducido su círculo social con el paso del tiempo. «Se trata de acercar a la gente y ayudarla a relacionarse», resume la presidenta. 

A esta iniciativa se suma la red de cobijo, pensada para estancias cortas. Las socias de Cantapaxarina que lo deseen pueden poner su vivienda a disposición de otras integrantes, siempre de mutuo acuerdo, que podrán estar de visita por un máximo de cinco días de manera gratuita. Margarita Llorente traslada que es una forma de tejer hospitalidad y confianza entre mujeres que comparten vivencias y generación. Y, yendo un poco más allá, existe también una red vacacional, orientada a estancias más largas. En este caso, las participantes organizan entre ellas los detalles para pasar temporadas juntas, una especie de ensayos de convivencia que permiten explorar afinidades, ritmos y compatibilidades

Compartir casa y cuidados 

«Y después está lo de las viviendas colaborativas, que es lo más difícil», admite Llorente, aunque este proyecto parte de la realidad de que muchas mujeres mayores de 55 años ya disponen de vivienda en propiedad. Por tanto, la propuesta no consiste inicialmente en construir nuevos espacios, sino en aprovechar los recursos existentes: «se trata de poner a disposición las propias viviendas y, en lugar de irnos a residencias geriátricas, trabajar para que vayamos a vivir unas a casa de otras», explica la presidenta de Catapaxarina. La idea es que, si existe buena relación y entendimiento, varias mujeres puedan organizarse para convivir en una de las casas del grupo, de forma que, más adelante, si la convivencia entre ellas se consolida, sean tres, cinco u ocho, ese núcleo pueda optar al alquiler de una vivienda más grande donde compartir la jubilación y los cuidados. 

Proyecto de viviendas colaborativas de la asociación Catapaxarina
Proyecto de viviendas colaborativas de la asociación Catapaxarina

La iniciativa también tiene una dimensión económica, ya que vivir juntas permitiría a las mujeres compartir gastos, incluidos los derivados de la ayuda a domicilio o de la asistencia sanitaria que pudieran requerir. «Que resulte, al final, más sencillo afrontar esta etapa de la vida», apunta Llorente. Y es que la misma es consciente de que no todas las mujeres cuentan con los mismos recursos para afrontar la vejez. «Habrá mujeres que no tengan una capacidad económica suficiente y habrá que ayudarlas de alguna manera», sugiere la presidenta del colectivo, a la que le gustaría sumar apoyos tanto públicos como privados y lograr el reconocimiento social necesario para consolidar el proyecto. 

Un sueño antiguo, una realidad compleja

La idea de convivir entre mujeres no es una idea de ahora. «Es algo que siempre hemos querido hacer las lesbianas», afirma Margarita Llorente, que comenta que «cuando éramos jóvenes, muchas soñábamos con envejecer juntas, en comunidad». Sin embargo, la realidad ha demostrado ser más compleja porque, según añade, «la gente está muy recluida, está muy parada, ya hay menos energía, hay enfermedades por medio y cuesta más movilizar al colectivo. Pero la necesidad existe», asegura. 

Y que movilizar al colectivo requiere tiempo, paciencia y trabajo constante es algo que la asociación sabe, así como que no basta con lanzar directamente la propuesta de viviendas colaborativas: «nos dimos cuenta de que eso no funciona, que hay que sembrar primero, poner las condiciones para que la gente coja confianza y pierda los miedos», explica su presidenta. De ahí el diseño previo de las distintas redes (de cercanía, de cobijo y vacacional), en las que han ido trabajado en estos meses de atrás antes de avanzar en el proyecto de viviendas colaborativas.

Para dar a conocer todas las iniciativas que tienen en marcha, la Asociación Catapaxarina ha puesto en marcha una página web desde la que las mujeres interesadas pueden sumarse. La respuesta, aunque pausada, resulta alentadora para la presidenta del mismo: «Asturias es una región pequeñita y a la gente le parece un proyecto estupendo», dice Margarita Llorente, que comenta que también están llegando solicitudes de otros puntos del país.

«Reconocimiento social»

El proyecto de la Asociación Cantapaxarina interpela también a la sociedad en su conjunto. Las impulsoras de esta entidad reclaman «reconocimiento social» y visibilidad para un colectivo que ha luchado durante décadas y que ahora afronta la vejez con riesgo de soledad no deseada y necesidades específicas: «hay que pensar que somos un colectivo de personas mayores, muchas de nosotras ya cansadas de luchar en la vida», concluye Margarita Llorente.