Un oso que bebe en un arroyo, una nutria que se mueve entre piedras, una rana en una charca de montaña. A simple vista parecen escenas inconexas. Pero en esas relaciones entre especies puede estar parte de la explicación de cómo se propagan -o se frenan- algunas enfermedades que alteran los ecosistemas
24 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.El grupo ECOFauna: Ecología, Conservación y Evolución, perteneciente al Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad (CSIC/UO/PA), trabaja sobre una red de conexiones entre especies aparentemente inconexas pero que están muy relacionadas. Este proyecto está financiado por el Principado de Asturias en la convocatoria de ayudas a grupos de investigación de 2024. Las ayudas, convocadas por Sekuens y gestionadas por la Fundación para el Fomento en Asturias de la Investigación Científica y la Tecnología (FICYT), permiten consolidar las líneas de estudio del grupo.
Dirigido por la investigadora María del Mar Delgado Sánchez, el equipo estudia cómo la biodiversidad influye en el funcionamiento de los ecosistemas y, en particular, cómo la presencia de grandes mamíferos en los ríos asturianos puede modificar la dinámica de patógenos que están afectando gravemente a los anfibios.
La cuestión es cómo identificar esas señales antes de que el deterioro del ecosistema sea evidente. Y ahí, explica Delgado, «el estado de ríos y bosques es uno de los indicadores de la salud ambiental más importantes».
En Asturias, aunque todavía conservamos valores moderadamente altos en comparación con otras regiones, los signos de deterioro son cada vez más evidentes, «la fragmentación del paisaje, los cambios en el uso del suelo, la presión urbanística y la contaminación están afectando de forma acumulativa a estos ecosistemas», advierte Delgado.
El oso como termómetro del territorio
La vuelta del oso pardo a territorios donde no se le veía desde hace décadas es, en ese contexto, algo más que una noticia para los amantes de la naturaleza. «El oso pardo es una especie clave que refleja la recuperación de los ecosistemas», señala la investigadora.
Su presencia indica que los hábitats están mejorando y que existe conectividad ecológica —que los montes están suficientemente bien como para acoger a uno de los grandes carnívoros más exigentes del continente.
Pero el trabajo del grupo va más allá de esa lectura. Una de sus hipótesis plantea que el oso pardo y la nutria —dos mamíferos que interactúan de forma constante con los ríos— podrían estar influyendo directamente en la dinámica de los patógenos que viven en esas aguas.
La clave estaría en su microbioma, es decir, en las bacterias que portan en su boca y en su sistema digestivo. Esos microorganismos podrían tener propiedades antimicrobianas capaces de interactuar con los hongos y virus que afectan a los anfibios.
Este tipo de interacción, explican desde el equipo, resulta cada vez más relevante en un contexto en el que las poblaciones de grandes carnívoros están en expansión.
La nutria, por su parte, regresó hace años a muchos ríos asturianos. Una buena noticia para cualquiera que se bañe en esos ríos o dependa de sus acuíferos porque indica que la calidad del agua ha mejorado lo suficiente para sostener una especie que necesita ríos limpios, con suficiente pesca y orillas poco alteradas.
Una enfermedad de anfibios que nos concierne a todos
Entre las líneas de trabajo del grupo está el estudio de la quitridiomicosis, una enfermedad fúngica que ya se ha extendido por todo el mundo y que puede provocar la desaparición de poblaciones enteras de anfibios.
Junto a ella, los ranavirus, que afectan también a reptiles y peces y están causando mortalidad en distintas especies.
«Las enfermedades que afectan a los anfibios no suelen transmitirse directamente a humanos», aclara Delgado, «pero sí son una señal de desequilibrios ambientales que pueden tener consecuencias más amplias».
Los anfibios cumplen funciones clave en los ecosistemas. Controlan poblaciones de insectos, forman parte de la cadena trófica y contribuyen al reciclaje de nutrientes.
No es un problema aislado, pero «su desaparición tendría efectos en cascada, alterando el funcionamiento de los ecosistemas», añade la investigadora.
El cambio climático, además, complica el escenario.Ya está modificando la distribución de especies y de sus patógenos. En las próximas décadas se espera una expansión de enfermedades hacia nuevas áreas, cambios en la estacionalidad y nuevas interacciones entre especies.
«Esto puede afectar no solo a la fauna silvestre, sino también a actividades humanas como la ganadería o incluso a la salud pública indirectamente», advierte Delgado.
Leer el ecosistema para poder actuar
El trabajo del grupo no se limita a describir lo que ocurre en la naturaleza. Su objetivo es entender esas señales para poder actuar antes de que el deterioro sea irreversible.
Para ello, el equipo combina trabajo de campo y distintas herramientas: trampas fotográficas, análisis de ADN ambiental en el agua, muestreos de microbioma y modelos predictivos de distribución de patógenos.
Este enfoque ya empieza a tener aplicación práctica, aunque el gran reto sigue siendo trasladar ese conocimiento a políticas y gestión. «Ya existen herramientas y resultados aplicables, y cada vez hay más colaboración entre científicos, administraciones y sociedad», explica Delgado, que subraya además que «es un proceso continuo que requiere inversión y compromiso a largo plazo».
En ese equilibrio entre ciencia y gestión, el papel de los ciudadanos también cuenta. Reducir el uso de pesticidas, respetar la fauna, conservar hábitats o apoyar políticas de conservación son acciones que, sumadas, tienen impacto real.
Porque, en el fondo, la idea que atraviesa toda la investigación es sencilla: la salud del ecosistema no es algo abstracto, se puede observar, interpretar y cuidar.