Lorenzo Castillo subasta el interiorismo de su casa asturiana «más personal», la rectoría de Peruyes: «No he sacado ni un cenicero. Se vende todo»
ASTURIAS
El prestigioso decorador se desprende de una imponente colección doméstica, con piezas únicas, adquirida por toda Europa: «fue creada para esa casa. Ni tenía sentido trasladarla a otra casa distinta ni guardarla»
09 may 2026 . Actualizado a las 09:30 h.Hay casas que poseen una personalidad propia, hogares capaces de reflejar con autenticidad la identidad, los gustos y hasta las experiencias vitales de quienes las habitan. Espacios donde cada objeto tiene un sentido, donde los muebles dialogan con la arquitectura y donde el tiempo parece haberse detenido entre cerámicas, alfombras antiguas y cuadros encontrados en mercados remotos. En definitiva, casas donde la decoración es un retrato íntimo de su propietario. La rectoría de Peruyes, en el concejo de Cangas de Onís, fue una de esas casas para el prestigioso decorador de interiores Lorenzo Castillo, quien recientemente ha vendido esta residencia y ahora, pieza a pieza, dejará de existir tal y como fue concebida convirtiéndose en su casa «más personal».
El próximo miércoles 27 de mayo, a las 17 horas, la firma Bayeu Subastas celebrará en Madrid una de las convocatorias más singulares de los últimos años en el mercado español: la subasta íntegra del contenido de la rectoría rehabilitada por el interiorista, una operación de una dimensión poco habitual en tanto en cuanto el catálogo está conformado por 465 lotes —cerca de 700 objetos en total— procedentes exclusivamente de la vivienda del decorador, del que cabe destacar que es uno de los nombres más reconocidos del interiorismo contemporáneo español. Todo el contenido de la casa viajó en cinco camiones hasta Madrid. Y todo es, literalmente, todo: «no he sacado ni un cenicero», explica Lorenzo Castillo, que precisa que «se vende todo lo que había dentro de la casa».
La frase resume el espíritu de una subasta que no nace únicamente de la necesidad de desprenderse de una colección, sino también de una manera muy concreta de entender la decoración, la arquitectura y la memoria de los espacios. La «rectoral», como se conoce a la casa en el pueblo, fue uno de los proyectos más personales del interiorista. Se trata de un edificio neogótico que encontró prácticamente en ruinas y que restauró manteniendo intacto el carácter original de la antigua vivienda sacerdotal. «Mi madre siempre decía que era la casa más personal y más yo», recuerda el decorador.
Además, Castillo habla de Peruyes con una mezcla evidente de orgullo y melancolía. La casa se vendió con una rapidez inesperada, el mismo día en que salió al mercado «y por foto». «Fue tan rápido que casi no fui consciente», admite el mismo, que añade que la casa pasa a ser propiedad de una persona vinculada al mundo del arte, procedente de una importante galería neoyorquina, que ya tiene su propia colección. «Todo lo que tenía en la casa le habría encantado comprarlo, pero consideró que no tenía sentido cuando ya dispone de su propia colección, por lo cual, la colección de la rectoría ya no tenía ningún sentido porque fue creada para esa casa. Ni tenía sentido trasladarla a otra casa distinta, ni guardarla, porque guardarla, ¿para qué? Así que pensé: vamos a hacer una subasta», manifiesta Castillo respecto a cómo tomó la decisión de venderlo todo entendiendo que el contenido de la vivienda ya no tenía sentido fuera de aquel lugar para el que había sido pensado porque «todo se había comprado para esa casa y para ese espacio concreto», incide. Es más, matiza que «yo nunca reutilizo cosas de una casa para otra». Esa decisión explica el carácter excepcional de la subasta: no se trata de una acumulación heterogénea de antigüedades, sino de un conjunto concebido como una obra total, donde arquitectura, interiorismo y decoración formaban una unidad estética muy precisa.
Una casa europea enraizada en el paisaje asturiano
Durante los casi dos años que duró la rehabilitación de la rectoría, Castillo recorrió anticuarios y ferias de media Europa mientras trabajaba en París y Bruselas. Compró piezas en Amberes, Estocolmo o Copenhague; reunió cerámicas de Túnez, Estambul o Inglaterra; adquirió pintura francesa y belga y recuperó muebles procedentes de colecciones privadas españolas. El resultado era una casa profundamente europea, atravesada por referencias culturales diversas, pero enraizada al mismo tiempo en el paisaje asturiano. «Siempre digo que esa casa representaba a un viajero inglés del siglo XVIII haciendo el Grand Tour», comenta.
Entre los lotes que se subastarán el próximo 27 de mayo, que ya se pueden ver en el catálogo y exposición que la casa Bayeu Subastas abría el pasado lunes 4 de mayo, aparecen alfombras antiguas, mesas auxiliares, porcelanas, lámparas, textiles y cuadros adquiridos durante décadas de búsqueda. También piezas vinculadas a grandes nombres del interiorismo internacional. Castillo menciona incluso objetos relacionados con el decorador estadounidense Billy Baldwin, uno de los referentes del diseño del siglo XX.
Una subasta singular en España
La repercusión de la subasta ha sorprendido tanto a la firma organizadora como al propio Lorenzo Castillo, y es que, según relata el interiorista, desde Francia ya han llegado unas 200 peticiones de información en los pocos días que lleva abierta la exposición previa de las piezas. «Nos hemos quedado muy asombrados con la repercusión», reconoce. En parte lo achaca a que este tipo de subastas en las que se vende íntegro el interiorismo de una casa «es una cosa singular en España que se hace muy poco», si bien apostilla que «en Europa es muy común, sobre todo en Francia y en Inglaterra les gusta muchísimo». «Quizás porque el mercado de arte de antigüedades es muy grande allí y porque hay menos apego hacia las cosas», justifica el prestigioso decorador, que contrapone que «en España tendemos a guardar mucho, tanto las herencias como las cosas que compramos, porque nos dan pena y les coges cariño».
En este sentido, reconoce que «a mí también me da pena y también les cojo cariño», pero señala como desencadenante de que decidiera poner a la venta el universo doméstico de esta casa el que «la rectoral se vendió demasiado rápido como para que fuera consciente». Aun así, Lorenzo Castillo habla de una dimensión íntima: «era quizá una de mis casas más queridas y más personales», y es que más allá de la pasión y la dedicación que le puso a la reforma y decoración de dicha propiedad, la rectoría de Peruyes era la casa del pueblo que marcó su infancia. Cuenta el interiorista que, de niño, cuando viajaba con sus padres por la zona, pedía ir a este pueblo para contemplar las casonas asturianas que tanto lo fascinaban: «yo les decía: llevadme al pueblo de las casas bonitas», recuerda.
Décadas después terminó viviendo allí, en una propiedad con vistas abiertas al valle del Sella, al Sueve y a los Picos de Europa, en una casa que Castillo asemeja «a un nido de águila» desde la que se ven los amaneceres cubiertos de niebla, el río y las montañas frente a ella. Esa relación emocional con la casa explica también por qué no estará presente durante la subasta, además de porque en el mundo de las antigüedades existe la superstición de que el vendedor no debe asistir. Pero en su caso hay algo más: «todo esto tiene una cosa un poco agridulce» y, admite, «me da cierta pena».
Pero rescatar edificaciones históricas abandonadas es una forma de vida y una labor vocacional: «soy historiador del arte y recuperar todo eso me produce un enorme regocijo. Merece la pena el esfuerzo físico, económico y mental,», asegura Castillo, que prefiere pensar en el futuro y en nuevos proyectos, aunque reconozca que «cada vez supone un esfuerzo mayor». Así, mientras el interiorismo de la rectoría sale a subasta en cientos de lotes, ya trabaja en otro proyecto muy distinto: una vivienda en Oviedo, frente al Campo de San Francisco, donde ha comenzado a reunir pintura asturiana y piezas concebidas específicamente para ese nuevo espacio. Porque, aunque Peruyes desaparezca como universo doméstico irrepetible, su pulsión creativa permanece intacta. «Seguiré comprando, si Dios quiere», dice Lorenzo Castillo convencido de que «seguramente habrá otras aventuras».