El dilema de la izquierda y la «casa común» de la derecha definen el tablero asturiano

Luis Ordóñez
L. Ordóñez REDACCIÓN

ASTURIAS

A un año de las elecciones, Barbón y Queipo activan la maquinaria electoral en un escenario parlamentario marcado por la incertidumbre de los bloques

31 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Sobre el papel hay período reglado para las campañas electorales, está establecido el reparto de banderolas y carteles, el calendario desde el que se puede pedir el voto e, incluso, una jornada de reflexión; en la práctica las campañas electorales se prolongan y se extienden cada vez más hasta un año antes de la llamada a las urnas. Y al terminar este mayo se ha iniciado la cuenta atrás para los comicios autonómicos del año que viene, las elecciones en las que se decidirá el presidente de Asturias.

Todos los implicados lo saben y se palpan los bolsillos para asegurarse de que no hay agujeros y de dónde será necesario zurcir más de un parche. Se hizo muy evidente en el pleno del parlamento asturiano esta semana en el que Adrián Barbón acusó al presidente del PP asturiano, Álvaro Queipo, de padecer un «síndrome preelectoral precoz». El popular aprieta las tuercas, Queipo ha plantado en varias y concurridas vías de la comunidad una serie de vallas en las que su mensaje central es precisamente que apenas queda un año para las elecciones y se postula como seguro ganador. Barbón insiste en que la percepción es que «no tira» y se burla de su foto con los alcaldes del PP señalando que los del PSOE casi les multiplican por tres. Pero ambos relatos tienen demasiada letra pequeña.

Dice la sabiduría popular que la sidra no resiste cruzar la falda sur de la Cordillera Cantábrica y no sabe igual. Algo así pero a la inversa ocurre con los sondeos demoscópicos y así, aunque hubo una encuesta, la de SigmaDos, que agitó los fantasmas de los diputados asturianos, lo cierto es que se trata de una pesquisa que no tuvo en cuenta (y es demasiado habitual en todo lo que se hace desde Madrid) que el Principado cuenta con tres circunscripciones y no una. Aún así, la encuesta describe un escenario que tiene visos de probabilidad: un PSOE que se mantiene pero muy justo, un Vox que se dispara, y un PP que está a punto de cerrar un larguísimo ciclo de divisiones y escisiones desde los años 90 del pasado siglo y lograr la ansiada causa de la 'casa común' de la derecha asturiana, con la integración por lo civil o por lo militar de Foro con el que ya están prácticamente fusionados en la actividad parlamentaria cotidiana y con quien comparten el gobierno de Gijón, la ciudad más poblada de Asturias.

Los números de SigmaDos auguran un empate a escaños entre PP y PSOE (con una horquilla de 17-18 diputados cada uno) que se decantaría a favor de la derecha por la pujanza de Vox (que subiría hasta los 6-7 escaños); mientras que IU se quedaría con 3 y Podemos (dice la encuesta) no sacaría nada. Pero la cuestión, además de las circunscripciones, es que el panorama político asturiano es un poco singular. Podemos en la práctica no existe ya desde el inicio de esta legislatura tras la expulsión de su candidata, Covadonga Tomé, que ha resistido en el Grupo Mixto y ha lanzado una nueva plataforma, Somos Asturies, que aspira a heredar ese caladero de votos.

¿Podrá hacerlo? Además de que la política no funciona como las matemáticas, en los grupos a la izquierda del PSOE hace meses se plantean el dilema de si no sólo se sumaría lo suficiente sino de si habría una voluntad real de hacer efectiva esa suma y sobre qué pasará, qué decisión se tomaría por parte de un grupo de votantes que apoyó a los morados en el pasado, que tienen un intenso rechazo al socialismo asturiano, «la FSA», cuando tengan que elegir hacer presidente a Barbón o a Queipo. El sistema asturiano es además completamente distinto al resto de comunidades para la investidura y no es posible el bloqueo, sólo se puede votar a favor o abstenerse en la elección del presidente, no se puede votar en contra, y el candidato con más apoyos sale por mayoría simple.

No han sido pocos los encontronazos internos de la izquierda a lo largo de este mandato y sobre todo han sido especialmente intensos los que se han dado por el caso de la mina de Cerredo, por la comisión de investigación (que el PSOE no quería) y por su dictamen que (para el disgusto de los socialistas) exige responsabilidades políticas. Los socialistas asturianos acusan también el posible desgaste de la impresionante tormenta judicial que padece el partido. El PSOE es una organización «limpia y digna», insistió Barbón en el pleno, defendiendo la presunción de inocencia de Zapatero con una actitud de claro contraste con el otro gran barón, Emiliano García-Page, desde Castilla-La Mancha ya prácticamente en un conflicto abierto con Pedro Sánchez y la dirección del partido. Barbón ha tenido choques con el gobierno (el último de ellos por el peaje del Huerna) pero no por cuestiones internas.

Queipo tiene el viento de cara, preside un partido unido después de muchos años de querellas internas, está a punto de cerrar la gran brecha de Foro (y los votos de Foro las pasadas elecciones fueron los que le faltaron al PP para empatar con los socialistas) y probablemente reunirá también las últimas cenizas de Ciudadanos. Pero la Ley D'Hont, y las circunscripciones, siempre se guardan mecánicas diabólicas. El crecimiento de Vox no es costa de la izquierda, sino de la derecha, y el populismos agrario (al que han jugado todos los partidos asturianos, por ejemplo, en lo que atañe a Mercosur) puede llevar a un resbalón. 

Y también todos los implicados saben algo, una verdad incontrovertible: que estos números del presente son meramente contemporáneos y circunstanciales, y que las elecciones son dentro de un año y un año en política puede ser una era entera.