Cuando Asturias fue territorio ballenero

Manuel Noval Moro
Manuel Noval Moro REDACCIÓN

ASTURIAS

Un libro escrito por el catedrático de Biología Alex Aguilar demuestra que en la región hubo una ferviente actividad en torno a la pesca de la ballena ya desde el siglo XIII

10 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Todavía hoy, en Gijón y los municipios limítrofes, se conserva la expresión «vete a ver la ballena» cuando le pides a alguien que se quite de en medio. La expresión parece tener su origen en un episodio ocurrido a finales del siglo XIX. Un barco pesquero se encontró en la mar, a unas cuantas millas de Gijón, un enorme cetáceo muerto, que al parecer había sido arponeado. Lo llevaron a la costa y se produjo una enorme expectación, que hizo que la gente animara a otros, efectivamente, a «ir a ver la ballena».

Por entonces, la pesca de ballenas había decaído enormemente en el Cantábrico y, aunque quedaban muchas huellas de esta actividad, no era tan importante como lo había sido tiempo atrás. Que lo fue mucho. Así lo atestigua el libro escrito por el catedrático de Biología de la Universidad de Barcelona, Alex Aguilar, La huella ballenera en el norte de la Península Ibérica. El autor de la obra sostiene que, «la percepción más común es que la pesca de la ballena se hacía en aguas frías o en océanos tropicales, y la percepción actual es que son Noruega, Islandia y Japón los que siempre lo hicieron, y sin embargo el país con la tradición ballenera más larga del mundo es España».

Alex Aguilar, con un ejemplar del libro
Alex Aguilar, con un ejemplar del libro Xènia Fuentes

La tradición en Asturias se remonta a aproximadamente el siglo XIII ,cuando se pescaba de forma muy rudimentaria, con arpones a mano y pequeñas embarcaciones. La tradición pesquera viene del País Vasco. De hecho, los documentos más antiguos que demuestran actividad ballenera establecida en todo el mundo provienen del País Vasco en 1056. No hay que confundir, advierte Aguilar, con el aprovechamiento de las ballenas, que se remonta incluso al Paleolítico, época de la que se conservan restos de animales. En este caso, «eran animales que quedaban varados en las playas y se aprovechaban; pero no había tecnología ni sistemas para capturar una ballena». En la edad media, sí la había.

Los pesqueros vascos llegaron en el siglo XIII a Asturias. En un principio, los asturianos trabajaban como gente de apoyo para ellos hasta que, llegado un momento, aprendieron el oficio y empezaron a pescar por su cuenta. Lo que en un principio fue colaboración, más tarde fue competencia. A veces hubo buenas relaciones; otras, no tanto. La pesca se mantuvo muy activa varios siglos, y a partir del siglo XVII decayó, simplemente, porque el aumento de la actividad, que se había extendido a toda la costa cantábrica, mermó sin remedio la población, y cada vez se veían menos cetáceos cerca de la costa. Llegó a haber cincuenta localidades dedicadas a la costa ballenera en la costa cantábrica, y se capturaban muchos animales cada año.

Fue entonces cuando disminuyó la pesca en el Cantábrico y empezó a haber expediciones a Noruega, Groenlandia, Islandia y Terranova. Con el tiempo, de las pequeñas lanchas a remos se pasó a barcos más grandes, de vapor, con cañones con arpones de gran peso. Los animales se llevaban entonces factorías para extraer la carne y el aceite, los recursos más preciados. En Galicia hubo varias de ellas y algunas trabajaron hasta los años ochenta del siglo pasado.

Exposición sobre pesca ballenera en el Museo Marítimo de Luanco
Exposición sobre pesca ballenera en el Museo Marítimo de Luanco

En Asturias, fueron muchas las localidades ribereñas que tuvieron actividad ballenera, y todavía hoy queda mucho rastro de aquellas prácticas. Por ejemplo, se conservan ermitas construidas en atalayas desde las que se oteaba el horizonte en busca de ballenas. Porque durante mucho tiempo así es como funcionaba la pesca.«Había vigías en las atalayas y desde allí buscaban las ballenas en el horizonte; entonces, avisaban a los pescadores con repiques de campanas, o con hogueras, y tenían códigos para indicarles si estaban al Este o al Oeste, y salían desde el puerto a buscarlas», explica el catedrático. Algunas de las ermitas conservan vidrieras con escenas de pesca ballenera.

Pueblos como Puerto de Vega han hecho un esfuerzo para conservar la memoria de su pasado ballenero, con exposiciones, muestra de huesos o esculturas que miran a aquel pasado. También Luarca, Luanco o Gijón guardan muchos de aquellos vestigios. Algunos de ellos están conservados en la toponimia. Por ejemplo, la calle Fumientes en Luanco. «Se llama así porque es donde estaban los hornos en los que se cocinaba la grasa para extraer el aceite; y también hay calles de el Ahumadero en otros sitios; y en Gijón, está la calle Tránsito de las Ballenas, que era la rampa por donde subían los productos de las ballenas a los lugares donde se preparaba el aceite», señala Alex Aguilar. Pero estos son solo unos pocos ejemplos. Los hay por centenares. Y la actividad se desarrolló a lo largo de toda la costa, de Este a Oeste. Así como en Puerto de Vega se puede ver la escultura de la cola de una ballena en una atalaya , en Llanes hay otros dos altos de vigía al lado del pueblo, y algunas casas nobles que tienen escudos nobiliarios con escenas de caza ballenera.

Panel de cerámica en la Mesa de los Mareantes de Luarca
Panel de cerámica en la Mesa de los Mareantes de Luarca

El catedrático sostiene, asimismo, que muchos pueblos de la costa se constituyeron a partir de la actividad ballenera. Para que un conjunto de casas pudiera considerarse un pueblo con entidad, debía obtener un fuero del rey. Pues bien, muchos de los que hoy están establecidos en la costa asturiana se constituyeron por un fuero que señalaba la pesca de la ballena como su principal actividad.

Siglos después, la huella de aquella práctica que dio de comer a tanta gente sigue hoy viva en muchos rincones de Asturias que se asoman al mar, y si uno tiene interés por la historia de aquella profesión tan arriesgada y dura, no tiene que hacer mucho esfuerzo en la región para ir a ver la ballena.