Enrique Busto comenzó hace algo más de siete años una nueva andadura profesional centrada en el cultivo de este fruto seco en una finca con 42 hectáreas de cultivos de Murchante, en Navarra. En la recientemente finalizada Feria Internacional de Muestras la empresa ha tenido su presentación en sociedad
23 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Enrique Busto (Grao, 1955) comenzó hace siete años a dedicarse al cultivo de pistachos en una finca de Murchante (Navarra), tras una larga trayectoria profesional dedicada a otros menesteres muy variados, entre otros la hostelería y el mundo del vino. Casa Tala es el nombre de una empresa familiar que ha tenido en la recientemente finalizada Feria Internacional de Muestras de Asturias (Fidma) su puesta de largo en sociedad. Allí este profesional ha presentado sus productos junto con su hija, Andrea Busto, que es la que le acompaña en esta nueva fase de su trayectoria.
Este inquieto emprendedor moscón trabajó primero en la ya desaparecida fábrica de material eléctrico y fusibles gijonesa Crady, para posteriormente, «a los 29 años», pasar a desempeñarse en el mundo de la hostelería, primero con La Vieja Bodega, en la avenida de Portugal, luego en la Plaza Mayor con la Bodega La Rioja, «también con tapas y vinos», y después, en sociedad con José María Moirón, en la popular Taberna del Piano.
«Paralelamente a esto ya empecé a comprar y embotellar vinos a granel», remarca. Ya en el año 1998 se decidió a adquirir viñas y fincas en Toro, en sociedad con la familia riojana Eguren, para crear lo que se convirtió en la bodega Numanthia Termes, vendida una década después al grupo Louis Vuitton. «Después estuve con los Gil en dos bodegas que ellos tienen de Jumilla», en las que se exportaba «mucho a Estados Unidos, sobre todo» y, asimismo, «con Tridente, otra bodega en Zamora, con vinos de mucha calidad; después tuve un lapso trabajando en el terreno de las gasolineras».
Posteriormente vendió a sus socios su parte en los negocios vitivinícolas y decidió centrarse «en el mundo del pistacho en 2019», si bien un poco antes ya había comenzado «con todos los preparativos». Fue hace siete años cuando se dio la primera plantación de Casa Tala. Algunos pueden encontrar chocante que Enrique Busto acabara en este ámbito, después de toda una vida dedicada a otras actividades muy diferentes. Para él, sin embargo, fue un paso de lo más natural. «Pasé al mundo del pistacho porque, en primer lugar, me gusta la agricultura y me sentía mucho más identificado con ella que con las gasolineras, además comprobé que el pistacho representaba una oportunidad de futuro».
En este sentido, señala que «es un árbol que necesita bastantes años para empezar a dar, pero después tiene mucho futuro, porque es un fruto seco muy sano». Admite que la sincronía a la hora de poner en marcha su plantación fue idónea, pues «se puso de moda el pistacho en esos años de crecimiento» como ingrediente para helados, pastas, salsas y «todo tipo de acompañamientos».
La idea en Casa Tala es «hacer un producto algo más gourmet y que tenga los aromas y sabores muy persistentes, con un regusto amplio y buscando algo especial». En la última y recientemente finalizada edición de la Fidma han llevado pistacho crudo, con un tostado ligero «para darle ese toque diferencial que lo hace muy agradable» y también garrapiñado, con una base de azúcar «más delgada».
También elaboran una pasta de pistacho 100% que «está teniendo un éxito tremendo». Este emprendedor explica que están inmersos en el proceso de «conversión a ecológico» y no emplean en sus cultivos «ni herbicidas», ya que se respetan «los ciclos naturales sin usar ningún químico sintético», para buscar siempre «el equilibrio de la planta».
Destaca que su finca de Murchante, en la merindad de Tudela, «es muy especial». Cuentan con 42 hectáreas y, aproximadamente, 11.300 árboles. Todo ello en un suelo de «tres metros de profundidad hasta llegar a la roca, con gravas y tierra», en el que las raíces «se desenvuelven muy fácil» y, aunque llueva, «nunca se producen encharcamientos por las gravas», ya que éstas permiten filtrar el agua.
Todo ello da como resultado «un producto con un dulzor muy especial». En este sentido, resalta que el del pistacho es un árbol que «no quiere humedad», razón por la que Asturias no es una tierra en la que este fruto seco se puede cultivar en condiciones óptimas. Es un árbol que «necesita frío de invierno, que allí lo tiene, y calor en verano, que allí lo tiene también», lo que permitiría «adaptar alguna variedad», si no fuera por la humedad, que es «un freno tremendo para el pistacho».
Enrique Busto explica que están incorporando cada vez más maquinaria para procesar el fruto, porque «hay que secarlo y procesarlo muy rápido» a causa de la piel vegetal que lo recubre, ya que puede ser atacada por aflatoxinas, sustancias tóxicas creadas por hongos del tipo Aspergillus que pueden crecer en ese recubrimiento cuando hace calor y humedad. Asimismo, «hay que separar los vacíos que el árbol da y que no se polinizan bien, así como los abiertos de los cerrados», que normalmente se destinan a la industria «para pastas y grano». «Buscamos la excelencia, el equilibrio y yo creo que lo estamos consiguiendo; acertamos al escoger una finca que nos pudiera dar muchos nutrientes al pistacho», afirma con rotundidad.
También resalta que, en su iniciativa empresarial, están «muy bien asesorados» por colaboradores y ya amigos, como son los ingenieros agrónomos José Aguilar, granadino con una trayectoria de seis décadas en el mundo del pistacho, o Nacho Magaña «que viven el proyecto como si fuera de ellos». No se olvida de su propia familia, «que está ayudando e involucrándose en el proyecto».
Enrique Bustos señala por último que un objetivo a corto-medio plazo pasa por ir introduciendo sus productos en tiendas gourmet y de comercio ecológico.