Laura Martínez, psicóloga infantil: «No necesitamos una vuelta al cole sin emociones, sino adultos capaces de acompañarlas sin alarmarse»

Carmen Liedo
Carmen Liedo REDACCIÓN

ASTURIAS

Laura Martínez, psicóloga infantil
Laura Martínez, psicóloga infantil

La especialista recomienda una adaptación progresiva a la rutina, normalizar los nervios de los primeros días de clase y «ayudar a los niños a entender que las emociones desagradables forman parte de la vida»

07 sep 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Los escolares asturianos regresarán a las aulas el próximo 9 de septiembre y muchas familias afrontan el reto de dejar atrás los horarios relajados del verano y recuperar una rutina que, sobre todo los primeros días, se hace cuesta arriba. Para la psicóloga infantil Laura Martínez, el error es plantear ese momento como «el final de una etapa maravillosa para empezar otra llena de obligaciones», ya que, señala, la adaptación debe hacerse de forma gradual y sin convertir cada resistencia del niño «en una batalla». La especialista recuerda que sentir cierta tristeza, pereza o nervios ante la vuelta al colegio es completamente normal y subraya que «las emociones pueden coexistir», de modo que un niño puede estar ilusionado por reencontrarse con sus amigos y, al mismo tiempo, lamentar que terminen las vacaciones. En la entrevista concedida a La Voz de Asturias, Martínez ofrece pautas para gestionar los primeros días de clase, explica cuándo una preocupación deja de ser algo habitual para convertirse en una señal de alerta y resume su filosofía en una idea clara: «nuestro objetivo no es educar niños que nunca estén incómodos», sino ayudarles a afrontar las dificultades con confianza y acompañamiento.

—Después de más de dos meses de vacaciones, la vuelta al cole implica volver a madrugar, recuperar hábitos de estudio y reducir el tiempo de ocio. ¿Cómo debería afrontarse el regreso a la rutina para que no se convierta en una fuente de conflicto en casa?

—Lo más importante sería no plantear la vuelta al cole como un cambio brusco, ni como el final de una etapa maravillosa para empezar otra llena de obligaciones. Después de los meses de verano, en el que los horarios son más flexibles, es normal que a los niños les cueste volver a madrugar, acostarse temprano o aceptar que habrá menos tiempo libre. Por sí mismo, eso no significa que haya un problema emocional. Lo más recomendable es intentar recuperar las rutinas de manera progresiva. Adelantar poco a poco la hora de acostarse y levantarse, volver a establecer horarios de comidas y empezar a introducir pequeños momentos de responsabilidad, pero siempre manteniendo espacios de juego y disfrute. Es importante además que los adultos no convirtamos cada resistencia del niño en una batalla. Podemos poner límites sin entrar en una lucha constante: «entiendo que prefieras seguir jugando, pero ahora toca ducharse y preparase para dormir». Validar la emoción no significa ceder a ella.

—En Asturias las clases comienzan el próximo 9 de septiembre, ¿cuál sería el plan ideal para que un niño llegue preparado emocionalmente para volver al colegio?

—Yo no buscaría que el niño llegue al 9 de septiembre sin nervios o con ganas de volver al cole. Ese no debería ser el objetivo. Un niño puede estar contento de volver a ver a sus amigos y al mismo tiempo sentirse triste porque se acaba el verano o preocupado por el nuevo curso. Las emociones pueden coexistir y debemos ayudar a los niños a entender que las emociones desagradables forman parte de la vida, que no pasa nada por sentirlas, porque además son algo temporal e incluso necesario para el ser humano. El plan ideal sería empezar unos días antes a recuperar progresivamente los horarios, hablar con el niño sobre cómo será el primer día y anticipar aquellos aspectos que le puedan generar algún tipo de incertidumbre. También es buena idea involucrarlos en los preparativos de la vuelta al cole: la compra de los libros, material escolar, ropa, la organización de los nuevos horarios… No podemos dejar todo esto en manos de un niño, por supuesto, pero sí invitarlo a que colabore en función de su edad.

—Muchos niños empiezan a decir estos días que no quieren que termine el verano para no volver al cole, ¿cómo pueden los padres distinguir entre una reacción normal y una señal de que existe una preocupación mayor?

—Que un niño diga que no quiere volver al cole es una reacción totalmente comprensible y normal. Muchas veces los adultos también tenemos esa sensación cuando tenemos que volver al trabajo después de vacaciones, solo que nosotros tenemos más capacidad para gestionar nuestras emociones y el niño todavía está aprendiendo a hacerlo. No debemos interpretar que no quieran volver al cole como ansiedad escolar de manera automática. Lo que debemos observar es si existe un patrón. Que el niño exprese una preocupación puntual y luego siga con su vida es muy diferente a un miedo que va en aumento y empieza a interferir en su vida. Debemos preocuparnos si aparecen señales como una preocupación muy intensa y persistente, rechazo reiterado a acudir al colegio, dificultades importantes para dormir, pesadillas, aislamiento, descenso significativo en el rendimiento escolar, síntomas físicos recurrentes… Y hay algo más importante detrás de ese «no quiero ir al cole». ¿Cuál es el motivo que da el niño para no querer ir? No es lo mismo que no quiera ir al cole porque quiere seguir de vacaciones a que no quiera ir porque tiene miedo de que se metan con él o porque alguien le está haciendo daño. No debemos alarmarnos ante la emoción, pero sí escuchar lo que el niño nos está contando.

—También hay familias que utilizan frases como «se acabó lo bueno» o «qué gana de que volváis a clase». ¿Cómo influye el lenguaje de los adultos en la forma en que los niños afrontan la vuelta al cole?

—El lenguaje que usamos los adultos importa mucho, porque somos una de las principales fuentes de interpretación de las experiencias de los niños. Si hablamos de manera constante del colegio como una carga, un castigo o algo que necesitamos para librarnos de ellos, estamos contribuyendo a que el niño construya una imagen negativa del colegio. No se trata tampoco de fingir entusiasmo, sino de ofrecerles una mirada equilibrada y realista. Se acabaron las vacaciones y toca volver a la rutina. Puedes ser que dé un poco de pereza, pero también volverán a ver a sus amigos y habrá cosas nuevas. Esto tampoco significa que una frase aislada vaya a determinar cómo vivirá el niño el curso. No hay que generar culpa en los padres por una expresión puntual. Lo importante es el clima y el mensaje general que transmitimos de forma repetida.

—¿Qué papel juegan el sueño, las pantallas y los horarios de comida durante los días previos al inicio del curso? ¿Cuál de estos aspectos suele generar más problemas?

—Estos tres aspectos son importantes, pero probablemente el sueño sea el aspecto al que yo daría mayor prioridad, porque dormir suficiente es fundamental para la regulación emocional, la atención, el aprendizaje y el comportamiento. Después de todo el verano con horarios más flexibles, no intentaría pasar de acostarse a medianoche a acostarse temprano en una sola noche. Es más razonable ir adelantando de manera progresiva el horario. En cuanto a las pantallas es muy importante que no interfieran con el sueño, el descanso, la actividad física, las relaciones sociales y las responsabilidades. Especialmente los días previos, conviene evitar las pantallas antes de dormir y que los dispositivos estén en el dormitorio durante la noche. Con las comidas, intentaría también ir recuperando los horarios de manera progresiva sin convertirlas en una fuente de conflictos. No es necesario que todo esté perfecto el día 9. El objetivo debería ser ir recuperando una estructura predecible que facilite la adaptación.

Laura Martínez, psicóloga infantil
Laura Martínez, psicóloga infantil

Normalizar los nervios

—¿Qué recomendaciones daría para que el primer día de clase no se convierta en una fuente de nervios, estrés o incluso llantos tanto para los niños como para los padres?

—En primer lugar, normalizaría los nervios. Es normal que el primer día los haya y eso no significa que esté ocurriendo nada malo. De hecho, sentir cierta activación ante una situación nueva es una respuesta humana normal. Prepararía la mañana con suficiente tiempo para evitar prisas, ayudaría al niño a dejar las cosas preparadas la noche anterior (es importante que colaboren en esto desde pequeños para que luego puedan hacerlo solos) y explicaría de forma sencilla al niño cómo va a ser el día. Pero evitaría hacer una ceremonia alrededor de la despedida. Hay que tomarlo con naturalidad. Si el niño llora, no debemos interpretar inmediatamente el llanto como que el niño no está preparado. Llorar es una forma de expresar una emoción, no es necesariamente señal de un daño psicológico. Podemos acompañar ese llanto y al mismo tiempo transmitir confianza: sé que te da pena separarte de mí, a mí también me da pena, pero ahora tienes que ir al cole. Después vendré a buscarte y estaremos juntos. Los adultos también necesitamos regular nuestras emociones. Si el padre o madre está muy angustiado, duda constantemente o prolonga la despedida porque no soporta ver llorar al niño, puede aumentar la dificultad del momento. La seguridad que transmitimos es más importante que intentar conseguir una despedida sin lágrimas.

—Para los niños que empiezan una nueva etapa ?Infantil, Primaria o Secundaria?, ¿qué consejos prácticos pueden ayudarles a afrontar los cambios con más seguridad y confianza?

—La primera recomendación sería acompañar sin dramatizar. Podemos hablar de qué cosas serán diferentes, que cosas seguirán siendo iguales y qué pueden hacer cuando no sepan qué hacer. Con los más pequeños funciona muy bien familiarizarse con el entorno. Conocer al profesor si existe esa posibilidad, enseñarles quién les llevará y quién les recogerá y establecer rutinas muy predecibles. En Primaria podemos fomentar progresivamente la autonomía: preparar la mochila, organizar sus cosas, pedir ayuda cuando no entiendan algo o identificar a qué adulto pueden acudir. Y en secundaria es importante no infantilizar. Los adolescentes necesitan sentirse escuchados y tener capacidad de decisión, pero también saber que cuentan con adultos disponibles. Podemos preguntarles qué esperan, qué les preocupa y qué creen que les ayudaría, en lugar de darles inmediatamente las soluciones. Pero en todas las etapas hay una ides común. No se trata de garantizar que nada les resulte difícil, sino de ayudarles a descubrir que pueden afrontar aquello que les resulte difícil. La confianza se construye también a través de pequeñas experiencias de competencia y autonomía.

—La despedida en la puerta del colegio suele ser el momento más crítico, sobre todo, para los más pequeños. ¿Qué deben hacer los padres si el niño empieza a llorar o se agarra a nosotros? ¿Qué errores típicos se cometen por intentar consolarles?

—Lo primero: no asustarnos ante el llanto. Podemos agacharnos, conectar con el niño y reconocer lo que está sintiendo: veo que estás triste y que te cuesta separarte de mí. Después podemos transmitir seguridad y mantener la despedida breve y predecible: pero ahora tienes que entrar en el cole y dentro de un rato te sentirás mejor. Después vendré a buscarte. Un error muy común es intentar convencer al niño de que no debería sentirse así. «No llores» , «no pasa nada”», «mira qué contentos están los demás»... Con esto podemos transmitir que esa emoción es incorrecta y que no debería sentirla, cuando es una emoción natural. También evitaría desaparecer a escondidas. El niño necesita aprender que mamá o papá se marchan y vuelven de manera predecible, no que pueden desaparecer en cualquier momento sin previo aviso. Con esta conducta solo evitamos verlos llorar nosotros, pero les generamos mucha inseguridad.

Síntomas físicos y ansiedad

—¿Qué deberían hacer los padres si, llegada la fecha del inicio de las clases, su hijo muestra rechazo, ansiedad o incluso síntomas físicos como dolor de barriga o problemas para dormir?

—Lo primero seria no minimizarlo, pero tampoco diagnosticarlos inmediatamente como ansiedad. Los síntomas físicos relacionados con la ansiedad son reales. Un niño puede tener dolor de barriga, náuseas, dolor de cabeza o dificultades para dormir cuando está preocupado. No significa que esté fingiendo. Al mismo tiempo, ante un síntoma físico nuevo o intenso siempre hay que valorar las posibles causas médicas. Intentaría hablar con el niño en un momento tranquilo, no en plena crisis, para entender que le preocupa, escuchándole sin interrogar ni sugerir respuestas. También hablaría con el centro educativo para comprobar si existe alguna dificulta concreta: problemas con compañeros, miedo a algún profesor, dificultades académicas, problemas de adaptación o alguna situación que el niño no haya sabido contar.

—¿Y cuando hay que pedir ayuda profesional?

—Sobre todo cuando la ansiedad es intensa, persistente, aumenta o empieza a interferir de forma significativa en la vida del niño: cuando impide acudir al colegio, altera de manera importante el sueño, limita las relaciones o actividades, provoca síntomas físicos recurrentes o genera un sufrimiento que el niño no consigue manejar.

—Si tuviera que resumir en tres claves una vuelta al cole «saludable» desde el punto de vista emocional, ¿cuáles serían?

—Diría las siguientes: la primera, normalizar las emociones. Un niño puede estar triste porque se acaba el verano, tener pereza de volver, sentir nervios o incluso llorar el primer día y estar perfectamente bien. Nuestro objetivo no es educar niños que nunca estén incómodos, sino niños que pueda experimentar emociones desagradables sin interpretarlas como algo peligroso. La segunda, acompañar sin sobreproteger. Escuchar, validar y poner palabras a lo que sientes, pero también transmitirles confianza en su capacidad para afrontar las situaciones: frases como «entiendo que te cueste» y «sé que puedes hacerlo» pueden coexistir. La tercera, observar el impacto, no sólo la emoción. Una emoción intensa no es necesariamente un problema. Lo que debe hacernos prestar más atención es que la emoción sea persistente y desproporcionada y que esto interfiera en la vida del niño. En definitiva, no necesitamos una vuelta al cole sin emociones, sino una vuelta al cole en la que haya adultos capaces de acompañar esas emociones sin alarmarse ante ellas.