Internet asesinó a Larra


Afrontemos los hechos, aunque no los conozcamos. Estos fines de año, aunque científica y biológicamente no signifiquen nada en la vida de una persona, a menudo nos obligan a plantearnos asuntos que normalmente dejamos cómodamente olvidados en alguna neurona-trastero. O más bien somos los periodistas los que obligamos con empeño de moscardón de invierno a los lectores a pensar en resúmenes del año, balances de vivos y muertos, récords, sucesos y cambios históricos que ocurren cada semana. Bobadas, en realidad: medios para llenar el papel en blanco o para entretener una mañana de domingo. Porque, seamos honestos: si se elaboraran esos resúmenes coincidiendo con los intereses reales de los lectores, el panorama sería seguramente desolador.

Nunca antes de internet habíamos tenido acceso a esa encuesta perfecta que son los contadores de visitas y páginas, una herramienta escalofriante, casi un arma de destrucción masiva del periodismo. Si viese los resultados el gran Larra, se volvería a pegar un tiro y con razón. Lo que quiere decir que durante los últimos más o menos 150 años, varias generaciones de profesionales de la cosa nos hemos estado engañando miserablemente a nosotros mismos. ¿Qué porcentaje de lo que escribimos llega de verdad al público? Me atrevo a decir que una cifra con un cero y una coma delante. ¿Cuántos litros de los ríos de tinta desean beber los que aún hojean las noticias? Ni para llenar un dedal.

Aún es peor para otras secciones de los periódicos. Por ejemplo, lo que dicen los políticos, salvo que sean salvajadas, apenas merecen un clic del dedo índice de casi nadie. No me da ninguna pena. Diría que les podría servir para reflexionar, si tal palabra figurara en sus diccionarios. Las noticias culturales, económicas y educativas reclaman poca atención más. El periodismo amarillo, ese gran paria de la profesión, ha vuelto con una salud de acero y manda sobre todo. Las tonterías Huffington, poco más que un titular muy goloso que esconde apenas tres o cuatro líneas de medias verdades detrás. El arte de engatusar al lector con la promesa de un festín y luego darle comida basura. Aún así, a los que no nos mandan los porcentajes nos basta ese cero coma algo para seguir escribiendo.

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