Pedro pasará por Asturias con las podadoras


La militancia del PSOE, por fortuna siempre lista para amotinarse, le ha hecho una peineta descomunal a Susana Díaz y todo el panteón de momias apparatchik que la sostenía y que ahora, por fin, tendrá que cesar en su coro de aullidos a la luna: sólo una minoría lo escucha ya. Lo decíamos hace tiempo; ese apoyo entusiasta de cadáveres ilustres como Felipe González, Zapatero o Ibarra le ha supuesto a Susana Díaz mucho más un lastre que un flotador.

Puede que Pedro Sánchez no sea el príncipe prometido. Quizá no es el modelo de estadista que tenemos en mente (tampoco Díaz, desde luego), tal vez sea correoso, poco carismático, cósmicamente cabreado, hasta políticamente leve. Es un producto destilado de su tiempo. Para quien quiera entenderlo, ya no existen los contratos fijos, las poltronas atornilladas, los ocho apellidos socialistas; hace mucho que los jóvenes no leen a Gramsci sino a Valdano y estoy seguro de que hacen bien. Pedro Sánchez es un nuevo descamisado, un repudiado por los popes que ha caído en barrena hacia los brazos de los militantes, que lo han vuelto a aupar.

Por definición, vistan como vistan el muñeco, lo de octubre fue un golpe institucional: una cosa que se hace para derribar a un líder legítimo a espaldas de los votantes. Y encima para dar un gobierno a la derecha. Puede que fuera lo más responsable en aquel momento de bloqueo marmóreo, puede que España lo necesitara, que era en bien de etc, etc, etc. Aceptamos pero no compartimos ni tragamos ese sapo hipertrofiado, de modo que la regurgitamos, han dicho. Lo de octubre fue un golpe perpetrado por la antaño omnipotente federación andaluza. Ni más ni menos. Y los militantes del resto de España han demostrado que la prepotencia de los mandos se paga cara en las urnas.

Decir que Sánchez viene muy mosqueado sería quedarse corto. Viene con las podadoras. Acumula un resentimiento que augura una alegre siega de cabezas, que no lo dude nadie. La cosecha está por llegar, y quien sembró en el campo equivocado ya puede ir recibiendo la extremaunción, política, claro. Eso siempre es sano para un partido que estaba claramente necesitado de una buena sacudida. Asturias, donde el revolcón de Susana Díaz (nada menos que 15 puntos por debajo de Sánchez) es especialmente significativo si tenemos en cuenta que el secretario de la federación asturiana es el presidente de la gestora del golpe, es lo contrario de una excepción. No hay ya reflexión que valga: los dirigentes asturianos han actuado muy en contra de la militancia y deben irse cuanto antes, dejar paso a otros, dedicarse al mus y al chigre. Si no lo hacen, alguien se encargará de que lo hagan, porque esa milonga de la integración y de la cohesión es el cuento de Pedro y el lobo.

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