Ni ruido ni sables en el PSOE


Muchos sospechábamos que el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, no permanecía llamativamente desaparecido de los debates públicos en vano. Ahora sabemos que dedica su tiempo a la fontanería: consolidar su poder en el partido, limpiar la casa a fondo, y eso se traduce no sólo en prescindir de los críticos sino también en adaptar la estructura a su medida. La reacción de Sánchez constituye, aunque no haya llegado aún a ser gobernante, un clásico entre gobernantes de todos los pelajes, por desgracia de los menos recomendables. Es una maniobra inteligente, pero muestra un alarmante tufillo autocrático, consecuencia lógica de su turbulento retorno al poder en la federación socialista. Es decir, sufrió la herida de un infame golpe de estado interno a cargo del llamado aparato, con todo el desgaste que ello supuso para la imagen del PSOE. Pero en lugar de retirarse, volvió como MacArthur gracias a la militancia, legitimado y con autoridad para asegurarse de que la historia no se repita.

Con intención de asfixiar la disidencia y el golpismo ha cortado las alas a los llamados barones. Nunca me ha gustado esta denominación. Me recuerda desagradablemente al feudalismo de sangre azul, que debería ser la forma de poder más alejada de un partido de izquierdas. Los barones son hijos rebeldes del cada vez más envejecido, obsoleto y desigual sistema autonómico ideado en una España de los años 70 que en lo político y en otros aspectos ya no tiene casi nada que ver con la de ahora. Quien quiera reivindicar cosas para su terruño, que vaya a dar la lata al Senado, que para eso está, y deje a los demás tratar los problemas comunes. Pero esto es otro asunto.

Por tanto, bien por Pedro Sánchez en este sentido, volvamos a los orígenes y acabemos con veleidades regionalistas y cuotas territoriales, supongo. Veremos si el resultado es una desagradable e indeseada centralización personalista del poder en el partido o por el contrario, como se ha querido hacer ver, concede más importancia a la combativa aunque menguada y algo desorientada militancia. Ahora bien, lo que llama la atención de este proceso es que el secretario general reclame para España un modelo federalista que tampoco sería tan diferente del actual, si es que puede ser aún menos centralizado, mientras acapara poder central en el partido. La cosa no cuadra. Por el momento, tanto los líderes regionales como las viejas glorias que atacaron a Sánchez sin piedad andan calladitos rumiando su derrota, algo alicaídos e incapaces de oponerse al pogromo. Pero no resulta muy creíble que el PSOE catalán, el andaluz, el extremeño o el manchego se queden de brazos cruzados cuando en Ferraz se empiece a tomar decisiones de calado que les afecten. Para entonces es más que probable que estalle una nueva revuelta de consecuencias bastante previsibles.

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