Milton Friedman en Galapagar


Creyéndose un voluntarioso seguidor de Lenin, Pablo Iglesias solo es un discípulo involuntario de Chesterton: un gran Gatsby que se ha vestido de Alcampo para pasar inadvertido, durante años, en las ascéticas y proletas calles de Vallecas. Todo fue relativamente bien hasta que decidió ser padre. Entonces la palabra evangélica de Gramsci naufragó, como Venecia durante los meses de acqua alta. Pablo Iglesias, en efecto, ha sucumbido al denostado neoliberalismo, esa teología glacial de Wall Street que recluye en un apartheid a los pobres y parias de la tierra. Con la compra de Villa Lenin en Galapagar -pagada con su dinero-, Pablo Iglesias parece sugerir que el sistema no es tan malo como él lo describía. Ni los bancos, lobos devoradores de sonrosadas caperucitas proletarias, o al menos no de su Irene Montero.

El asunto no es únicamente que la diputada y el Savonarola de la casta se hayan comprado la carísima Villa Lenin y con ello hayan traicionado a millares de votantes y a un nutridísimo grupo de compañeros de partido. No es solo eso. De su actuación se han beneficiado sus adversarios. A partir de ahora, Galapagar va a ser, aparte de la vivienda de dos burgueses lumpen, el lugar desde el que Rivera, según los tornadizos sondeos, no menos tornadizos que el zigzagueante discurso político del líder naranja, asaltará los cielos de La Moncloa apenas emigren las gaviotas de la paleocorrupción. Eso sí, siempre y cuando Sánchez no desaproveche la ocasión de impedírselo, que el espíritu del PSOE, más que sus méritos o su carisma, ha resucitado la carne mortal de Pedro, en colaboración, desde luego, con el PP, que previsiblemente acelerará su descensus ad inferos tras la sentencia de la Audiencia Nacional por el caso Gürtel y la moción de censura del dirigente socialista, que Iglesias se ha apresurado a secundar por razones tanto ideológicas como personales (le ha venido bien que el PP sea el primer partido de la historia democrática condenado por corrupción para desviar la atención de su chabolo).

Hasta hace unos años, Podemos era la patria portátil de los que no tenían patria, y Pablo Iglesias un Moisés tardojipi que iba a limpiar el mal karma social y político de España, después de que lo emporcaran el bipartidismo y el monoteísmo de la corrupción. Desde la compra del chalé, muchísimos votantes de Podemos se preguntan legítimamente si seguirá siendo el morado el color de la esperanza, o si estará mutando al verde del dólar y todo terminará, en el mejor de los casos, en un remake del káiser gallego, o sea con Iglesias bostezando la digestión del Marca en un despacho monclovita.

Para resolverlo, Pablo Iglesias convocó un concilio de Nicea entre las bases. Allí se decidiría si continuaba al frente de la formación o si lo mandaban al gulag millonario de Galapagar. ¿Lo condenarían por blasfemia, como a Sócrates? José María González, Kichi, advirtió, con estilo de wéstern: «La gente está dispuesta a perdonarnos que nos equivoquemos, pero no que nos equivoquemos de bando». A pesar de lo cual era improbable que Iglesias abandonase la blindada jefatura de Podemos. De ahí que preparara ese teatro de marionetas, sabedor de que los hilos no se convertirían en sogas que lo ahorcasen, y menos a un año de las elecciones municipales y autonómicas y cuando, en conjunción con el PSOE y los nacionalistas, intuye posible descabezar a Rajoy.

Los resultados del plebiscito han sido los esperados, pero no los deseados por el secretario general. Uno de cada de tres votantes prefiere un Podemos sin él y sin Montero al frente. Y es que con la compra de Villa Lenin, Pablo Iglesias, el gran Gatsby de izquierdas, el Che Guevara de Vallecas que ganó los platós de televisión pero nunca conseguirá estampar su rostro en las camisetas del pueblo, ha concedido a sus adversarios de dentro y de fuera del partido una razón mayúscula para igualarlo a la casta. Por otra parte, el gran manitú podemista ha echado tinta de calamar, con el galapagarazo, sobre los cinco millones de moribundos que agonizan entre la espada del paro y la pared de la miseria laboral, la venta de viviendas públicas a fondos buitres, el desdén del rajoyato por los gravísimos problemas del mundo rural y dos o tres cientos de etcéteras más. Iglesias le ha hecho el juego sucio a sus oponentes al no jugar limpio con sus votantes. La gente, su gente, el albañil y el campesino, la empleada de hogar y el taxista, el universitario y el parado, no va a olvidarse fácilmente de su poco marxista caserón.

Por supuesto, no se trata de vivir debajo de un puente para demostrar tu amor por los oprimidos como pretenden algunos, para quienes la felicidad propia se cifra en la multiplicación de la desgracia ajena, sino de respeto. Y en el simpatizante morado se ha instalado la sospecha y el temor por el futuro en muchos miembros de Podemos, a pesar de los resultados de la consulta y los intentos de los pablistas por fundamentar la compra del chalé ciñéndola a la esfera privada. Pero es que un político, como dijo Thomas Jefferson, es una propiedad pública. Lo cual no justifica la repugnante publicación de las ecografías de Irene Montero por cierto periodista ni la llamada a la yihad españolista por otro, cuando amenazó a Alemania con quemar las cervecerías bávaras de Mallorca si se negaba a extraditar a Puigdemont. ¿Por qué nadie se mesa las barbas ante semejantes enormidades? ¿Por qué nadie se rasga las vestiduras? ¿Por qué estos y otros tantos periodistas callaron cuando Iglesias fue el único político que repudió la difusión del vídeo de una pobre Cifuentes cleptómana aduciendo que «no hay derecho a destruir a un ser humano»?

El pujante guerracivilismo en los medios de comunicación compite con la aplastante mediocridad de nuestra clase política. Entretanto, el ciudadano libre que no se amortaja con banderas, el ciudadano que se asfixia de silencio porque no corea siglas redentoras y trascendentes, el ciudadano que otorga su voto con la cabeza y no lo escupe con las vísceras, observa preocupado este aquelarre político y mediático en que todo vale porque ya todo es posible. Incluso que los nietos de Gramsci abracen a Milton Friedman en Galapagar. No pasa nada. La momia de Marx soporta que le arranquen las vendas y las subaste Rivera en Sotheby’s o que, si aciertan las hipócritas encuestas, las cuelgue en las paredes de La Moncloa, como hacían los apaches con las cabelleras. La editio princeps de Vistalegre murió; ahora solo quedan los fantasmas. Bienvenidos a la casta, digo a la casa, Irene y Pablo.

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