Aviones a un euro


Ahora quiero volar por un euro o menos al otro lado del océano, o a lugares que de otra forma nunca hubieran figurado en mi mapamundi imaginario, puede que ni en el real. Y quiero ir desde Asturias, con compañías fantasma de bandera jamaicana, me da igual que sea en un sillón de 20 centímetros de ancho y cero de fondo, sin water, sin alimentos de plástico y con una azafata que sólo hable checo. No temo a los pilotos graduados a distancia en Angola ni que vayamos con el combustible justito. Me aguanto. El caso es que cuesta más ir en taxi casi desde cualquier punto de Asturias hasta el aeropuerto que desde éste hasta Tombuctú. No sé para qué quiero ir, si no hablo idiomas y además me da miedo volar y no me gusta la comida rara. Pero quiero ir: me llevo la cámara digital y saco varios centenares de fotos que me caben en un disco de plástico y que jamás volveré a mirar, salvo para torturar a los amigos. Algunas incluso son tan evocadoras, de bichos, de lejos y borrosas.

El caso es que me han dicho que viajar es peligroso hoy en día, según cómo se mire. Lo más globalizado es la pérdida de las maletas, que en muchas ocasiones deciden autofacturarse y volar por su cuenta a otro destino, divorciarse de uno y vivir su vida. Al final de su camino, en todos los aeropuertos atesoran una habitación secreta de la risa donde se acumulan montones de equipajes en distintos estados de destrucción, ordenados por estratos geológicos según sea el decenio en que llegaron para quedarse. Imagino que cada dos o tres décadas se hace una pira funeraria en la que arden alegremente recuerdos de Bali, neceseres repletos de muestras de gel de hotel, ropa muy sucia, manuales de conversación en tagalo y fotos --ay-- no digitalizadas. El tren no es tan traumático y, salvo excentricidades, las imágenes son mucho más prosaicas.

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