Los límites de las antorchas


Me dicen que la reacción airada a un determinado texto, chiste, canción o lo que sea, no pretende censurar nada. Tengo serias dudas al respecto, y casi la certeza de que quienes exhiben ciertas reacciones, de esas de rasgarse vestiduras y bruxismo, ante lo que no les gusta, no censuran porque sencillamente carecen del poder de hacerlo. La candidez, o tal vez la maldad, no lo sé, a veces son indistinguibles, lleva a creer que limitar la libertad de expresión solo puede hacerse desde posiciones de poder o desde el Estado, y esto es un pensamiento profundamente ingenuo. El miedo y la autocensura son las armas más poderosas para limitar la libertad de expresión hasta extremos asfixiantes.

La novela de Salman Rushdie Los versos satánicos, no sufrió censura en occidente. Lo que sí sufrió es el rechazo de la izquierda, bastante aficionada a esconder el bulto cuando uno de los nuestros saca los pies del tiesto y se le intenta hacer callar. Su publicación fue contestada con virulentas protestas de diferentes comunidades musulmanas en varios países, musulmanes o no, y hubo asesinatos y atentados. El miedo se apoderó de muchos, e incluso el gobierno británico se pasó bastante tiempo intentando conseguir que Rushdie se arrepintiera públicamente de haber escrito el libro. Ese miedo fue lo que impidió que alguna editorial quisiera publicar el polémico texto en Estados Unidos. La novela fue publicada allí gracias a la aportación económica anónima lograda gracias a la campaña a favor del escritor angloindio encabezada por su amigo Christopher Hitchens, entre otros. El miedo es lo que hace que en las sucesivas ediciones traducidas de la novela, no aparezca el nombre del traductor y se utilice un seudónimo. El miedo llevó a que la famosa caricatura de Mahoma en un diario liberal conservador danés fuera reprendida en público por varios líderes mundiales no musulmanes, e incluso el diario francés Libération considerara en sus páginas el dibujo como un ataque a la comunidad musulmana en su conjunto. Y el que no quiso tragar con el miedo, murió acribillado a balazos en la redacción de Charlie Hebdo años después. Estos son casos muy sonados que tuvieron repercusiones internacionales serias. Pero a un nivel más de andar por casa, por así decir, la hipocresía, las antorchas y las amenazas, también suelen asomar el hocico. El miedo lleva a la gente a borrar mensajes antiguos de sus redes sociales, porque la caza de brujas no descansa. El miedo ha llevado esta semana al humorista Rober Bodegas a pedir disculpas y que se retire un monólogo en el que contaba chistes de gitanos. Aunque el monólogo no es reciente, y aunque esa parte del monólogo solo es una pequeña parte del total, y aunque, dado que no es actual, el monólogo ha sido relanzado con evidente alevosía. Como al director de cine James Gunn, al que la ultraderecha trumpiana le sacó unos tuits antiguos que le han puesto de patitas en la calle del rodaje de la tercera entrega de sus guardianes de la galaxia.

En el caso de Rober Bodegas, hay algo muy significativo. En 2016, el concejal de Ahora Madrid Guillermo Zapata fue llevado a juicio por un tuit de 2011 en una conversación en la red social en la que se debatía sobre los límites del humor negro. El chiste hacía referencia a la víctima del terrorismo Irene Villa, víctima que además hizo público que no le parecían mal los chistes ni mucho menos, pero lo que son las cosas, a derecha e izquierda, lo que diga la víctima solo importa si piensa como nosotros, pues de no ser así, es que no piensa. Además, le sacaron las vergüenzas por hacer chistes sobre el Holocausto. Algunos medios hablaron de humillación a los judíos. Zapata dio mucho que hablar, y mucha gente sacó la cara por él. Les recuerdo esto porque esta semana he comprobado por enésima vez lo frágil y arbitraria que es la memoria, aunque ni la mitad de arbitraria que la indignación. Estos días, los mismos que sacaron la cara por Zapata, no lo están haciendo por Bodegas, o están usando la fórmula «no me parece bien que amenacen de muerte a Rober Bodegas, sin ser yo nada de eso», actitud esta que se reprocha constantemente cuando se trata de los raperos Hasel o Valtonyc. Es un buen baño de hipocresía. Nadie defiende la libertad de expresión si al atacado no lo consideras de los tuyos. Y precisamente la libertad de expresión no está únicamente para defender aquellas ideas expresadas que nos agraden a la mayoría o a los de nuestra cuerda. La libertad de expresión es siempre la del otro, se llame Guillermo Zapata, Nacho Vigalondo, o Rober Bodegas.

Hacer chistes sobre los judíos gaseados por el III Reich no es eso que llaman «humor hacia arriba», de no ser que creas que realmente uno podía estar muy arriba en Auschwitz, pero los presuntos defensores de las minorías parece ser que aquel día estaban de vacaciones, lo cual fue un alivio para Zapata y para la libertad de expresión, aunque lo cierto es que la derecha tomó el relevo del linchamiento. Los Monty Python, que recientemente han sido acusados de ser demasiado blancos, sea lo que sea eso, ponga usted la forma de pecado original que guste, arremetían contra todo hacia arriba y hacia abajo. El sketch en el que el grupo humorístico británico canta Todo esperma es sagrado de la película de Terry Jones y Terry Gilliam El sentido de la vida, retrata a una familia católica muy pobre que tiene docenas de hijos a los que no puede mantener y está pensando en donarlos a la ciencia. Nuestro Miguel Gila contaba cómo le gastaban una broma al boticario que acababa en muerte, y ante las quejas de la mujer del fallecido, «la tía asquerosa», la madre de Gila dijo «pues si no sabe aguantar una broma, márchese del pueblo».

Poca gente quiere mojarse por el humorista gallego, e incluso quienes lo hacen, lo están haciendo con una tibieza monjil, adelantando, antes de condenar las amenazas, que ni son ni quieren ser ni comparten lo dicho en el monólogo, una excusa, reitero, que absolutamente nadie les ha pedido. Famosos tuitstars que en su día defendieron a Zapata, están pidiendo que el humor se haga «de abajo hacia arriba» , porque en las cabezas de algunos no cabe la libertad de expresión que no sea ejercida por sus amigos o conocidos o compañeros de viaje.

Vivimos tiempos en los que la gente quiere que la cultura esté hecha a su imagen y semejanza. Esto es muy extraño. Los libros que más huella han dejado en mí son aquellos que han hecho tambalear mis creencias e ideas o que al terminar me han hecho sentir que he realizado un viaje por territorios oscuros que me dinamitan por dentro, que me han expuesto algo incluso desagradable, que me han dado un bofetón. No me siento cómodo pensando en una cultura diseñada al milímetro para ser falsamente inclusiva y no ofender, como sucede con muchas películas de superhéroes que, al final, incluso así levantan olas de indignación porque una actriz lesbiana que interpreta a una superheroína lesbiana no es lo suficientemente lesbiana. Cualquier día nos van a decir que Eddie Murphy no es lo suficientemente negro.

Pero a pesar de todo esto, la verdad es que lo que menos importa es el contenido del monólogo de Bodegas o de cualquier otro. Aquí no estoy hablando de si lo hace mal o lo hace bien, si me importa lo que dijo o me deja de importar, de si me cae bien o me cae mal. Eso lo dejo para la crítica. Es indiferente lo que me parezca el monólogo. Las cosas son un poco más serias que ponerme una medalla, dadas las amenazas y las posibles repercusiones judiciales. De lo que se trata es de que la libertad de expresión es siempre la del que no piensa como tú. Se trata del miedo. Del silencio. De que tal vez el humor tenga límites, pero lo que es seguro es que las antorchas carecen de él.

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