Redacción

Lo que se queda al fondo del frigo es un misterio que un día nos sorprende convertido en un nuevo ente con vida propia. Quizás algo así pensó Manuel Bruscas, coautor junto con la ilustradora Alejandra Zúñiga del libro Los tomates de verdad son feos, un día de 2011 que hizo limpieza de la cocina y despensa junto a su mujer. Aquel día mucha comida acabó en la basura. Y esto le llevó a reflexionar y buscar en Internet información sobre el despilfarro alimentario. Algo le hizo clic y «como no tenía muy clara la solución, me hice activista». Fruto de aquella situación es producto este libro.

El libro «es una metáfora maravillosa y se traduce en un relato que escribo y que Alejandra ilustra». Conjugan razón, corazón e ilusión sobre los que se articula el contenido, de modo que permite aproximarse al tema desde varias perspectivas. La intención fundamental es concienciar a la sociedad, de ahí que el proyecto sea autofinanciado: «No buscamos la rentabilidad, sino poder explicar esto a la gente».

Bruscas mantiene que hay comida suficiente en el planeta para que nadie pase hambre, pero una de cada diez personas lo hace. La mala gestión que se lleva a cabo en materia de alimentos provoca varios desastres. Uno de ellos se ve desde la dimensión ética cuando el precio de la materia prima no hace accesible el producto final, «es el caso de la subida de los cereales y el pan». Y también medioambiental: el consumo de recursos, de agua, la emisión de CO2, la deforestación… «La imagen del planeta se ha transformado de un planeta verde lleno de bosques a extensiones de cultivo. Y si este cultivo es para tirar la comida o dedicarlo a biocombustibles…», señala mientras afirma que «si todo lo que despilfarramos fuera un país, sería el tercero del mundo que más contamina».

«El encanto de la diferencia»

Los autores tienen clara la responsabilidad que juegan las personas en todo esto, no sólo exigiendo leyes (pone como ejemplo que en Francia los supermercados de más de 400 metros están obligados a donar los excedentes a ONGs), sino también actuando en el día a día. Establecen una relación entre «la dictadura de la estética» con este despilfarro: alimentos perfectamente consumibles pero que no son aptos desde un punto de vista comercial por calibre, efectos de la climatología, golpes en el packaging… «Olvidamos que los ciclos son por algo y queremos comer productos fuera de temporada. Esto fomenta la sensación de sobreabundancia. Si la gente compra lo que está feo, comenzarán a cambiar las cosas. Es parte del encanto de la naturaleza esta diferencia», comenta el autor castellonense.

El libro recoge una serie de consejos «muy básicos. Algo que ya hacían nuestras abuelas, pero de lo que nos hemos desconectado tanto». Y hace referencia a hacer la lista de la compra previamente y no comprar con los ojos, llevarse las sobras del restaurante, congelar la comida para reutilizar después y elaborar platos de sobras…

Y algo fundamental, la educación. Es consciente de «lo complicado de cambiar pautas en los que ya tenemos una edad, pero a los niños y niñas hay que enseñarles, y son ellos los que dentro de 30 años van a tener que enfrentarse a estos problemas. Cuando les hablo de estos temas, se encargan de transmitirlo a las familias».

Alimerka

Pero qué pasa con las grandes superficies, donde hay que ajustar mucho los números para no generar excedentes en exceso, donde hay que controlar un montón de artículos frescos y perecederos, con fecha de caducidad y controles sanitarios. Pendiente de cómo se legisla esto en España (en Francia se opta por penalizar el excedente mientras que Italia incentiva la donación), ya hay distribuidoras preocupadas en esta materia que aportan sus propias soluciones.

En el caso de Alimerka, la cadena asturiana cuenta con el programa Alimentos sin desperdicio con el que gestiona el excedente, «contribuyendo a la reducción del desperdicio de alimentos en el entorno próximo y, al mismo tiempo, sensibilizar a la sociedad sobre la importancia de la sostenibilidad del sistema alimentario», como explican desde su Fundación. Para lograr este objetivo trabajan con una lógica de impacto social donde no sólo se da la donación, sino que se acompaña de un programa de desarrollo de competencias (formación) para lograr un cambio positivo en las dietas del público destinatario, consiguiendo, como fin último el impacto en el entorno social próximo y en la opinión pública, la sensibilización.

Alimerka cuenta con 98 supermercados en Asturias, Castilla y León y Galicia que participan en este programa de donación. La colaboración a través de Alimentos sin desperdicio se extendió a 66 entidades como viviendas tuteladas, servicio de reparto a familias, hogares de menores, comedores sociales, comunidades terapéuticas o conventos, junto con el Banco de Alimentos. A todas ellas se les pide que tengan unas instalaciones para mantener la cadena de frío, furgonetas para el reparto y una red de voluntarios, junto con la proximidad. «Nunca se dona nada en mal estado, se garantiza siempre el producto fresco: panadería y bollería, envasado frío, producto seco (galletas, conservas…). Lo único que tienen es que se ha roto el embalaje, la fecha está próxima a caducidad…», explican. Lo que queda excluido por el momento es la carne y el pescado fresco por temas de seguridad alimentaria.

Mercasturias

El gran mercado central de Asturias como tal no genera residuos porque su actividad se centra en el alquiler de espacios y la prestación de servicios a las empresas que operan en su interior, y es cada una de estas las que tiene sus propias políticas respecto a la gestión de vida de sus productos. Pero entre sus servicios sí que se encuentra la limpieza, separación, clasificación y reciclado de los residuos.

Desde Mercasturias contabilizan que el conjunto de mayoristas de fruta y hortaliza generan como residuo aproximadamente el 1,5% en peso de la mercancía que recepcionan. Un índice que suele mantenerse estable a lo largo del año, como estable viene a ser la fracción de vertido orgánico en un tercio del total del residuo producido. Los otros dos tercios comprenden las fracciones de papel y cartón, madera, plásticos y resto no fraccionable, lo que se conoce como RSU, residuo sólido urbano, que va al vertedero. En 2018 el volumen total de residuos fue de 1.100 toneladas, de las que aproximadamente 370 fueron orgánico.

Para gestionar toda esta parte aprovechable como alimentos, Mercasturias también cuenta, dentro de su política de responsabilidad social corporativa, con un convenio con el Banco de Alimentos. En virtud de este se cede gratuitamente un espacio donde los voluntarios pueden recibir, clasificar y distribuir las donaciones de alimentos de todas las empresas que se alojan en Mercasturias que quieran colaborar con el fin de evitar el residuo. La media de donaciones en los últimos cinco años ronda las 90 toneladas anuales.

Snacks deshidratados

¿Y qué otros usos se puede dar también a este excedente de frutas y verduras? «Valorizar la fracción de alimentos que han agotado su vida comercial, que no útil, y que acabarían si no en el vertedero», explica Juan Carlos Miranda quien de esta idea ha creado un proyecto empresarial que ganó el pasado mes de noviembre el evento de Impulsa Gijón Circular Weekend y que actualmente se encuentra en fase de financiación para arrancar definitivamente en 2019.

Su negocio, Factoría Vegetal, se incardina en la economía circular aprovechando todo este producto para producir snacks deshidratados. Es una solución a un problema que detectó no sólo como ciudadano, como Manu Bruscas, sino también como profesional en el sector, en el que atesora, además, diez años de experiencia en el mundo del arándano. Explica que se desecha mucho producto cuando se produce el cambio de temporada porque frutas y verduras son estacionales y tienen sus ciclos. Para ello aprovechará las diferentes campañas y congelará lo que no se pueda procesar en el momento.

Snacks liofilizados

El proyecto de Miranda se surte de proveedores, pero en el caso de SnackFan la producción es propia. «Tras años dedicados a la plantación de arándanos y viendo la cantidad de destrío que teníamos (producimos unas 500 toneladas de las que un 10% es destrío), decidimos apostar por dar valor añadido a ese producto y abrimos la fábrica Rustic Queen en Caravia», explica María Jesús Rodríguez.

Por destrío se refiere al producto que «no es comercial, que no alcanza el tamaño deseado, o es deforme o ha madurado o está marcado por los efectos climatológicos», aclara. A partir de ahí apostaron por procesarlo y desarrollar productos con alto valor nutricional, comenzando con la mermelada Rustic Queen, cuyo contenido es un 75% de fruta y baja en azúcar.

El siguiente paso fue un proyecto de I+D+i desarrollado con Asincar, el centro tecnológico agroalimentario ubicado en Noreña, «cuyo resultado tras ocho meses de investigación ha sido un snack liofilizado, totalmente natural, proceso que permite mantener muchas de las propiedades del arándano», explica Rodríguez. Estos productos liofilizados son muy utilizados entre deportistas, pero asegura que pueden consumirse por todo tipo de personas, incluidos menores, como snack saludable. «Se trata de un producto 100% asturiano y natural que tiene en cuenta la economía circular».

Y así es como se evita convertir producto útil en residuo, otorgándole una segunda vida y creando empleo, además de fomentar la solidaridad.

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Los alimentos nos son feos