Pasión y sacrificio en una carrera de obstáculos de quince temporadas

Mery, que vivió la transición del Oviedo Moderno al Real Oviedo Femenino y lanzó como capitana el chupinazo de las últimas fiestas de San Mateo, lamenta las dificultades que viven las mujeres en el deporte

Mery controla un balón en un momento de la temporada pasada
Mery controla un balón en un momento de la temporada pasada

Oviedo

Toda una vida deportiva. Primero de verde y luego de azul. Unas temporadas con rayas y otras con camiseta lisa. Pero siempre con el mismo esfuerzo y sacrificio. María Suárez, ‘Mery’, llegó al Oviedo Moderno en el año 2003, vivió la transición al Real Oviedo Femenino y ha abandonado este año el club de su vida, en el que se puso el brazalete de capitana durante cinco campañas.

En las últimas fiestas de San Mateo, de hecho, fue la representante del equipo encargada de lanzar el chupinazo que dio inicio a las celebraciones. “Solamente han sido quince años”, bromea la jugadora, enfermera de 29 años y natural de Celles (Siero), cuando echa la vista atrás para repasar su carrera deportiva.

Lo hace sin remordimientos, a pesar de que para sostener una trayectoria tan larga ha tenido que aportar grandes dosis de sacrificio y esfuerzo. Porque el deporte femenino, incluso en la élite, es una carrera de obstáculos. “Una de las principales complicaciones es la remuneración económica. El fútbol siempre me costó más dinero del que me dió”, resume una jugadora que creció en el filial y terminó por convertirse en un pilar del club. Como segundo gran escollo señala el “reconocimiento social”, muy lejos del que disfrutan los hombres que juegan en las mismas categorías.

Barreras, sin embargo, que se superan gracias al amor por la pelota: “La ilusión y las ganas hacen mucho. Y la pasión por este deporte”. Más aún si las comparte una afición que “se ha portado muy bien. Siempre estuve muy arropada y la gente nunca me falló, siempre demostrando su cariño”.

Un apoyo fundamental a la hora de dejar los libros e interrumpir los estudios para ponerse las botas. O para reunir las fuerzas necesarias para acudir a cada entrenamiento después de la jornada de trabajo en el hospital. Y también en el momento de superar las lesiones, otro de los principales escollos que Mery ha sufrido en estos quince años. 

“Cuando empecé a estudiar la carrera en Gijón me pasaba todo el día del tren al bus”, cuenta la defensa, que recuerda jornadas en las que le tocó, por ejemplo, “marchar a jugar a Barcelona un viernes a las doce de la noche y volver a las cuatro de la madrugada del lunes, teniendo que levantarme a las 7 para ir a clase”. La receta para superar las dificultades que imponen los horarios, detalla, apoyarse en la compresión de la familia y los amigos perjudicados por las horas de ocio perdidas.

Todo ello para crecer a la vez que “un equipo humilde”, una “familia a la que seguiré apoyando” a pesar de una salida que “no fue como me gustaría”. Pero de momento, Mery ha decidido apostar por su vida profesional y personal y no ha pensado demasiado en las fórmulas para seguir vinculada a un deporte que seguirá practicando aunque no sea de forma profesional.

Y para el que durante años fue su equipo, comenta, “toda el apoyo y la suerte del mundo” en una temporada que está a punto de comenzar y en la que el club intentará de nuevo ascender a Primera división. También tiene consejos para las jugadoras que se incorporan al fútbol femenino.

La voz de la experiencia recomienda que sepan “valorar y disfrutar mucho” la lenta evolución hacia una profesionalidad que la defensa sierense, en término económicos al menos, no pudo disfrutar. “Queda mucho por andar pero es bonito pensar que pusiste tu granito de arena para que las cosas hayan empezado a cambiar”, dice tras toda una vida deportiva entregada a uno de los principales equipos de Asturias.

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