Machismo en el Festival de la Cerveza de Siero

Eva del Fresno / Nidia Gómez / Jara Cosculluela

COMARCAS

Las autoras defienden que «las mujeres queremos ser partícipes de las fiestas de nuestro pueblo, no parte de la diversión que se oferta»

18 oct 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Desde la celebración del barrio, a cualquier festejo en que se implique al ayuntamiento, lo mínimo que esperamos de las fiestas populares es precisamente que sean inclusivas, y que su publicidad no se dirija sistemáticamente al sexo masculino. Cuando pasa esto último y se nos ningunea, la razón por la que lo denunciamos es porque nos parece una falta gratuita de respeto y una desconsideración hacia todas las vecinas, conciudadanas, compañeras, hacia nosotras, que también estamos aquí y queremos compartir en igualdad los espacios comunes. El machismo radica en considerar legítima esta forma de actuar sin tenernos en cuenta. En restarle importancia a una afrenta que justamente va a generar un conflicto. Para reconocer que se comete una ofensa hay que percibir primero al otro como sujeto de los derechos que se le sustraen, por eso el machismo pretende que seamos tolerantes cuando se nos ignora como público objetivo y se nos relega a segundo plano, porque siendo mujeres esto no se juzga como un agravio, sencillamente es "lo normal".

La reciente polémica que ha surgido en relación al cartel del Oktoberfest del concejo de Siero (y que ha sido denunciado por Somos Siero e IU ) es sólo un ejemplo que puede encontrarse fácilmente en muchos otros eventos. No se trata de un problema local sino de cómo se concibe lo lúdico y del papel que se nos atribuye en el imaginario a mujeres y hombres. Tradicionalmente se entiende que los que van a divertirse son ellos...y nosotras el motivo por el que acuden.

El cartel en cuestión muestra la foto de una camarera atractiva sirviendo sendas jarras de cerveza. La estampa es un clásico de Baviera, la tierra natal del genuino Oktoberfest. Como curiosidad, otra imagen similar aparece reproducida en un pilar de Hofbräuhaus, la cervecería más popular de Múnich donde las mujeres tuvimos prohibida la entrada. Las únicas que tenían acceso por aquel entonces eran las camareras, y ese empleo su único sostén. A ésta joven en cuestión se la representa con síntomas de embriaguez y portando dos enormes jarras que se confunden con sus pechos en una asociación erótica. En el cartel de Siero se han depurado estos elementos; se trata de una imagen mucho más amable y estética, y por eso las críticas hacia ella han suscitado aún más rechazo de lo habitual. No sólo no se han comprendido sino que además se las ha tachado de ser improcedentes, superficiales, exageradas, e incluso instrumentales contra el gobierno local.