Ilegales: entre las sábanas de pensiones baratas

Una crónica del concierto que cerró en la sala madrileña La Riviera la gira de «La vida es fuego»

Ilegales, en la sala madrileña La Riviera
Ilegales, en la sala madrileña La Riviera

Madrid

Como hacemos lo que dicen las canciones, me alojo en una pensión barata del centro de Madrid. Desde hace unos años, sola o acompañada, campamento base de los conciertos y del deambular por Malasaña. Me levanto con la muerte de Fidel Castro: la dueña del hostal, cubana, me habla de la güija. Trato de resultarle simpática. Como hacemos lo que dicen las canciones, me despiertan los gritos de una mujer, en esas exclamaciones en que la doble articulación de la lengua se diluye, significado y significante se ligan: nuevas parejas se estrenan esta noche entre las sábanas de pensiones baratas.

Ilegales cerró el pasado sábado, en la sala La Riviera, en Madrid, su gira de defensa en los escenarios de su último álbum, La vida es fuego, gira que comenzó también en Madrid, el 23 de abril, en el Teatro Barceló. Hubo conciertos previos, sí, a abril. En el intervalo que fue de aquellos previos al comienzo oficial de la gira, Alejandro Blanco, el bajista, con más de veinte años en la banda, se quedó por el camino. Este ha sido el año más duro en la historia de Ilegales, y no porque antes todo haya sido fácil. Y abatidos, pero erguidos, con las botas camperas y el cuero subido para protegerse de los francotiradores que apuntan a la nuca, decidieron continuar, y Willy volvió a casa.

En estos meses, Mike Vergara, acompañando a Jorge con la guitarra, y en los teclados, Jaime Belaústegui, con la seguridad que da en la batería, guardando las espaldas, Willy Vijande, en el bajo, tan Ilegal como hace veinticinco años, y Jorge Martínez, compositor y guitarrista fundamental en la historia del rock en español, líder carismático, sin que haya un gramo de exageración en esta definición; en estos meses, Ilegales recorrieron salas y festivales, viajaron por España, y volvieron a casa, enteros, erguidos («Jorge, protegeos», le dice quien escribe estas líneas antes de un concierto cualquiera, como si Jorge necesitara mi súplica), recorrieron España y llenaron salas y pistas, demostraron que el rock and roll no es si no es bofetada y estallido; defendieron un disco y las canciones que continúan más de treinta años después; nos conmovieron. Sí, nos conmovieron. Por la lealtad de la coherencia, que es el compromiso principal con la obra propia; por el recuerdo a Alejandro sin aspavientos; por esas historias, por esas canciones. Esas canciones de Jorge, llenas de personajes rotos, heridos, abrasados, saqueados, sufrientes, en su tránsito por la desolación de la guerra, de la infamia explotadora, de la heroína, de la enajenación.

Prueba de sonido

Es Madrid, es sábado, es de noche y diluvia. Es La Riviera, entre el río y el Palacio Real. Es la prueba de sonido y allí, el equipo, cuidando que nada falle: Alberto Alfonso, Víctor Calderón, Constantino Mortera. Y más. Allí, Vicente Ros, técnico de sonido, esa parte imprescindible en cada bolo, aunque obvia, conviene recordarlo. Los agudos, los medios, los graves, los canales, la voz. Un técnico puede salvar un concierto mediocre y hundir una estrella que reúna miles de personas. Vicente me dice: «Nadie se acuerda de nosotros, excepto cuando las cosas no funcionan».

Eternas, reiterativas, tensas pruebas de sonido. Quiero estar. Me gustan. Si me dejan, quiero estar. Son más que complemento para escribir acerca de lo que ocurre después. Son aprendizaje. El trabajo técnico se desnuda, en ejercicio de teoría y práctica decibélicas. Son prólogo lleno de alhajas. Díganme, si no, qué otra cosa que privilegio es escuchar por primera vez en un escenario, entera, con la sala casi vacía, la última canción estrenada por la banda, Mi vida entre las hormigas, del documental del mismo nombre, codirigido por Juan Moya y Chema Veiga, que narra la historia de Ilegales, presentado en la última edición del Festival Internacional de Cine de Gijón y galardonado con el Premio Gran Angular, cuya versión definitiva se estrenará la próxima primavera. Abatido, pero erguido, Jorge se narra en la canción. Con 61 años, Jorge se resume.

32 canciones

Minutos después de la hora prevista, son las nueve y algo de la noche, con el escenario dispuesto, toallas, bebidas, 1.800 personas pidiendo empezar, Ilegales salen, Willy, Jaime, Mike. El comandante en jefe, Jorge, el último, saluda. La sala aúlla y, a partir de ahí, 32 canciones (las cuatro últimas, bises), una tras otra, con poco descanso eléctrico, apenas unas palabras de vez en cuando de Jorge, en un repaso a todos sus discos, excepto a El corazón es un animal extraño. Suenan, de su último álbum, Voy al bar, Regresa a Irlanda. Suenan las canciones más callejeras, Bestia, bestia, Caramelos podridos, Soy un macarra. Suenan los himnos, coreados por casi 2.000 personas, Agotados de esperar el fin, África paga, Europa ha muerto, Tiempos nuevos, tiempos salvajes. Yo soy quien espía los juegos de los niños: Nuevas parejas se estrenan esta noche, entre las sábanas de pensiones baratas.

Suena Chicos pálidos para la máquina, lección obligada de rock and roll puro como pura la heroína de los chicos pálidos para la máquina.

Suena, ya para el público, Mi vida entre las hormigas. Jorge reconoce: «La primera vez en mi larga vida que una canción sale perfecta el día del estreno».

Suena el prodigio de esa canción extraña, hipnótica, diferente a cualquier otra. El sonido de las guitarras se despliega, implacables batería y bajo; el sonido de las guitarras se abre, como un abanico, como la cola del pavo real; las guitarras nos envuelven, para acabar, en un viaje inverso, convirtiéndonos en crisálida. Suena Enamorados de Varsovia.

Suena Regreso al sexo químicamente puro, canción muy favorita de la que esto escribe, en una versión más lenta, hiriente con los teclados de Vergara.

Y Mike Vergara a los teclados se convierte en Jerry Lee Lewis. Y en La Riviera, con Ilegales, viajamos a los sonidos del surf, a los de las barcazas del Misisipi, a los de los garitos en las comisuras del desierto americano, a los de la arena jamaicana, a los de las tugurios grasientos. Que no es otro viaje que el del rock and roll.

Y casi al acabar, tras presentar a la banda, Jorge se reivindica más allá del personaje: «No es verdad que no tenga un poquito de corazón. El hombre que lucha consigo mismo y a veces pierde». Ilegales se reivindica: «El grupo al que le gusta superar condiciones adversas».

Mike Vergara, Willy Vijande, Jaime Belaústegui, Jorge Martínez, Ilegales, se despiden. Se despiden debajo de Canción obscena, grabada.

Y así se acaba la gira de presentación de La vida es fuego, así se acaba el repaso a la historia de Ilegales en treinta canciones, así se terminan estos meses. Duros, polvorientos, llenos de sudor, de emoción y de dientes apretados.

Y así se acaba la gira: con el corazón cargado de lujuria.

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