Ilegales: entre las sábanas de pensiones baratas

Belén Suárez Prieto MADRID

CULTURA

Ilegales, en la sala madrileña La Riviera
Ilegales, en la sala madrileña La Riviera Alejandro del Estal

Una crónica del concierto que cerró en la sala madrileña La Riviera la gira de «La vida es fuego»

28 nov 2016 . Actualizado a las 19:31 h.

Como hacemos lo que dicen las canciones, me alojo en una pensión barata del centro de Madrid. Desde hace unos años, sola o acompañada, campamento base de los conciertos y del deambular por Malasaña. Me levanto con la muerte de Fidel Castro: la dueña del hostal, cubana, me habla de la güija. Trato de resultarle simpática. Como hacemos lo que dicen las canciones, me despiertan los gritos de una mujer, en esas exclamaciones en que la doble articulación de la lengua se diluye, significado y significante se ligan: nuevas parejas se estrenan esta noche entre las sábanas de pensiones baratas.

Ilegales cerró el pasado sábado, en la sala La Riviera, en Madrid, su gira de defensa en los escenarios de su último álbum, La vida es fuego, gira que comenzó también en Madrid, el 23 de abril, en el Teatro Barceló. Hubo conciertos previos, sí, a abril. En el intervalo que fue de aquellos previos al comienzo oficial de la gira, Alejandro Blanco, el bajista, con más de veinte años en la banda, se quedó por el camino. Este ha sido el año más duro en la historia de Ilegales, y no porque antes todo haya sido fácil. Y abatidos, pero erguidos, con las botas camperas y el cuero subido para protegerse de los francotiradores que apuntan a la nuca, decidieron continuar, y Willy volvió a casa.

En estos meses, Mike Vergara, acompañando a Jorge con la guitarra, y en los teclados, Jaime Belaústegui, con la seguridad que da en la batería, guardando las espaldas, Willy Vijande, en el bajo, tan Ilegal como hace veinticinco años, y Jorge Martínez, compositor y guitarrista fundamental en la historia del rock en español, líder carismático, sin que haya un gramo de exageración en esta definición; en estos meses, Ilegales recorrieron salas y festivales, viajaron por España, y volvieron a casa, enteros, erguidos («Jorge, protegeos», le dice quien escribe estas líneas antes de un concierto cualquiera, como si Jorge necesitara mi súplica), recorrieron España y llenaron salas y pistas, demostraron que el rock and roll no es si no es bofetada y estallido; defendieron un disco y las canciones que continúan más de treinta años después; nos conmovieron. Sí, nos conmovieron. Por la lealtad de la coherencia, que es el compromiso principal con la obra propia; por el recuerdo a Alejandro sin aspavientos; por esas historias, por esas canciones. Esas canciones de Jorge, llenas de personajes rotos, heridos, abrasados, saqueados, sufrientes, en su tránsito por la desolación de la guerra, de la infamia explotadora, de la heroína, de la enajenación.