Haynes reencuentra a Julianne Moore en la naíf «Wonderstruck»

Zvyagintsev muestra a Rusia como dantesco estado fallido en «Loveless»


cannes / e. la voz

Nos pareció, en nuestra llegada a Cannes, que el aparataje de controles de seguridad no nos iba a abrumar. Nada más lejos de la realidad. El festival se ha bunkerizado. Nuevos detectores de metales y otras aduanas convierten cada entrada en la sala en la más interminable pesadilla aeroportuaria. Es chocante sobrevivir a este cepo distópico y que, en minutos, alcanzada la sala, Todd Haynes te reivindique la alegría de la vida de los ángeles en una fábula naíf y melosa, Wonderstruck, adaptación del texto juvenil de Brian Selznick, quien ya nos había saturado de glucosa en el peor Scorsese, el de La invención de Hugo.

Haynes, a quien se le robó la Palma de Oro hace dos años por la cenital Carol, se esmera en trenzar las infancias de dos niños, ambos sordos, en busca de sus padres en sendos espacios temporales, el del blanco y negro y cine silente de 1927 y el del New York de grano cool de los seventies. Es admirable su virtuosismo para recrear escenarios temporales pretéritos. Pero no logro que me sensibilice este preciosista patchwork donde la vida es una tómbola de dioramas y color. Y en el cual Haynes rescata a su actriz fetiche Julianne Moore. Entiendo todos los valores formales de Wonderstruck y sus felicísimos azares y alabo que Haynes sea algo menos ñoño de lo que fue Scorsese con parecidos materiales.

Como el ying y el yang, si Wonderstruck es luz y celebración vital de la niñez, el ruso Andrei Zvyagintsev, con el mcguffin de la desaparición de otro crío, nos lleva al nihilismo más irredento con la demoledora Loveless, que viene a conformar -junto a su anterior Leviatán- el díptico apabullante que nos revela a Rusia como dantesco estado fallido. Y su producto es una naturaleza humana desintegrada, prostituida hasta los tuétanos, sin un solo asidero de afecto entre sus personajes o en sus intenciones. Zvygantsiev, tan inmenso como despiadado cineurgo, convierte toda una sociedad en zona cero emocional. Abandonen toda esperanza: el territorio Putin es el infierno tan temido. Y Loveless, implacable en su magnitud de mayúsculo cine de la crueldad, nos golpea, nos somete a una experiencia límite seca, sin necesidad de que salpique ni la sangre, porque nada puede gotear de las entrañas de un cuerpo social emputecido y en colectiva necrosis moral.

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