León de Oro hollywoodiense para Del Toro y su «fantastique» con branquias

Charlotte Rampling, mejor actriz por «Hannah», dedica su premio a Visconti y a Celentano


Venecia / E. La Voz

Lo del León de Oro a Guillermo del Toro por La forma del agua se venía venir desde hace días, como una de esas bolas de nieve que devienen alud gordito. La única reserva era la bien conocida aversión de los jurados de festivales europeos a premiar una película fantástica. No recuerdo ahora el caso de ningún concienciado Oso o Palma concedidos a una cinta de ciencia-ficción. Y La forma del agua no es más que una vuelta de tuerca -eso sí, servida en alambique de mucha pompa y circunstancia de diseño- al cuento de la bella y la bestia. O, más en concreto, de La mujer y el monstruo, que es como aquí se llamó esta criatura de la laguna negra que Del Toro clona, con escamas y cresta, para un divertimento millonario que no ofende, se ve bien, pero hay en él mucho de carcasa, de ausencia de aquel alma povera pero poética que sí poseía el auténtico fantastique de serie B. Del Toro se inspira en él pero hace cine con grifería de oro, de ese que cuenten con que le llevará a las listas de los Óscar con su batracio, sus branquias y sus nazis supremacistas de la Guerra Fría -el otro monstruo, Michael Shanon- que gustarán como guiño anti-Trump.

Es este el primer León de Oro a un director mexicano en la historia de la Mostra. Ya se sabe que en su jurado mandaba mucho ese enfant terrible, ese sapo joven devorador de festivales que se llama Michel Franco. Para compensar el dar el gordo a un juego floral caro y sci-fi, hubo que ceder el León de Plata a una cinta supuestamente política. A mí la israelí Foxtrot, de Samuel Maoz, me suena a propuesta muy antigua en su antibelicismo, como de cine checo de la Primavera de Praga. Pero el hecho es que este embaucador cuenta ya en su haber con un León de Oro en el 2009 por Lebanon; y ahora con esta plata. Y mientras, en esta Italia también cainita, tienen a un genio como Marco Bellocchio en barbecho vitalicio. 

Cancaneo

De Bellocchio no. Pero de glorias como Visconti o Liliana Cavani, que tanto hicieron por su primera insurgencia, se acordó la formidable Charlotte Rampling al recoger su premio como mejor actriz por su strip-tease emocional e incorruptible en la excelente Hannah. Situar, en su dedicatoria, junto al nombre de Visconti a Adriano Celentano no sé ya si se trató de un golpe de humor bizarro de la Rampling. El premio de interpretación masculina al palestino Kamel El Basha, actor no profesional, tan limitado de recursos como sobrado de intenciones en la libanesa The Insult creo que es otra golfería de Michel Franco, quien es mexicano de origen libanés. Y así parte y reparte y demuestra de nuevo (recuerden sus premios en Cannes) que en este negocio del cine estamos ante el campeón del cancaneo. Franco, cuidado con él.

Triunfo del joven Xavier Legrand y ostracismo del veterano Wiseman

El espacio que deja la apoteosis Del Toro en este palmarés -vaya si ocupa lugar- es del debutante Xavier Legrand. El cineasta francés se estrena aquí como director, a lo grande, con el doble reconocimiento nada menos que del premio a la mejor dirección y el León del Futuro como mejor autor de ópera prima para la cinta Jusqu' à la garde, medida y muy noble película donde la violencia de género no pisotea oportunismos.

Dice muy poco del Lido que no halle valores en el milagro que sigue siendo el cine del casi nonagenario Frederick Wiseman y su reivindicación gozosa de una biblioteca pública, como refugio en medio de la selva o la muchedumbre. Se lleva la gran Ex Libris, donde no habitan las bestias, el Premio de la Crítica Internacional.

«Tres anuncios en las afueras de Ebbing», solo gana el premio al mejor guion

Es desazonador que la mejor película de esta Mostra de Venecia, los ecos vibrantes de la venganza y la sangre sabia de Tres anuncios en las afueras de Ebbing, Missouri, tenga que salir de aquí solo con un reconocimiento a su guion. Es verdad que la de este pueblo donde el resentimiento no se anda con bridas es la más poderosa de las historias contadas en el festival. Y que firma el libreto también su director, el británico Martin McDonagh. Pero este premio tan merecido no sacia las dimensiones de esta obra que no hace más que agigantarse en el recuerdo. Y no puedo olvidarme de la descomunal Frances McDormand, que se come la pantalla a dentelladas y convierte su ira subversiva en mineral áureo.

Del resto del palmarés me parece buen detalle que el Premio especial del Jurado reivindique esa rareza que es el wéstern australiano Sweet Country, de Warwick Thornton, con aborígenes que parecen sacados del John Ford de El sargento negro. El premio a mejor actor joven a Charlie Plummer por su vida de loser entre rodeos de mala muerte en la tan torpe Lean on Peter lo entiendo porque sufre mucho, se masoquea, es frágil. Y eso siempre vende en un palmarés. Pero lo que este festival termina de dejar claro es que lo que de verdad vende, en Venecia, en los Óscar o en el cine Palafox, es ser mexicano: Iñárritu, Cuarón, Franco. Y Del Toro. Hagas cine de astronautas, de osos, de hombres pájaro o de monstruos no tan amados.

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José Luis Losa

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Guillermo del Toro nos empapa con La forma del agua de su amor obvio por la ciencia ficción clásica. Su película es una declaración incondicional de pleitesía a aquel cine de serie B, el de La mujer y el monstruo de Jack Arnold, de la cual clona a su criatura anfibia y escamosa. La paradoja es que emprende esta reivindicación de aquel cine povero y lo hace gastándose una pasta gansa con la cual gente como Arnold, Corman o Tourneur habrían facturado toda su filmografía y aún les habría sobrado para pipas. Veo esta puesta en escena de historia de amor con bella chica sordomuda enamorada de la bestia batracio y en todo momento parece que el ya no tan nuevorriquismo de Del Toro impone la ostentación sobre el alma.

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