Celebrada Concha de Oro para James Franco por «The Disaster Artist»

Treinta años hacía que no ganaba el festival ni un filme de Hollywood ni una comedia

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San Sebastián / E. La Voz

El jurado presidido por John Malkovich será recordado en la historia de este festival. Es el primero en treinta años que otorga la Concha de Oro a un filme procedente de Hollywood. Y además, nunca una comedia había triunfado aquí desde que San Sebastián recuperó la categoría A en 1985. De manera que doblemente heterodoxa y, sin embargo, feliz decisión es la del reconocimiento a The Disaster Artist, la muy divertida farsa de James Franco que reivindica a un perro verde del cine trash, Tommy Wiseau, devenido autor de culto precisamente por la maldad supina y freak de una cinta, The Room.

Me parece bien -y así ha sido celebrada de modo general- esta Concha de Oro a Franco, que interpreta al propio Wiseau, bizarro loser que arrastra un cuelgue mental indescriptible. Su película no alcanza las cotas del Ed Wood de Tim Burton pero funciona maravillosamente en su descripción de un rodaje de colocón, donde un pirado y la tropa que le siguió ciegamente hasta el batacazo ilustre brindan un retablo de humor bárbaro. Y también me agrada que se rompa ese cerril tabú por el cual los grandes festivales europeos ponían un veto implícito a premiar cine de Hollywood (víctimas de esa ley de talibanismo supuestamente comprometido cayeron aquí, ninguneadas en la historia más o menos reciente, nada menos que Muerte entre las flores, Promesas del Este o Autofocus). Ha sucedido ayer y es una gran noticia para el festival. Y pasó ya en Venecia hace solo dos semanas, donde el León de Oro fue para Hollywood y otro género maldito, la ciencia-ficción, aunque a mí lo Guillermo Del Toro siga sin hacerme gracia.

Festejado el buen histrionismo de James Franco, el segundo gran triunfador de este palmarés es el cine argentino, en medio de una guerra del sector con el Gobierno Macri y su política cultural de escualo. Me entusiasma Alanis, largo de la bonaerense Anahí Berneri que maneja elementos argumentales a priori temibles -una prostituta y su crío, ambos en supervivencia rodante: imaginen esto mismo, el estropicio, en manos de un Ken Loach-. Por eso la nobleza, la sensibilidad no reñida con la cara sórdida a la que Berneri no tuerce el rostro, se ve ensalzada con el premio a la mejor dirección. Que es, además, la primera Concha de Plata a una cineasta en los anales del festival. Otro hito. Y la segunda artífice de esta hazaña de cine veraz de Alanis es la premiada actriz Sofía Gala Castiglione, descomunal en la desnudez y la sabia entrega con la que navega por el fango y sale impoluta. Y artística y emocionalmente, tan bella. La gran noche argentina la completó el premio al mejor guion a Una especie de familia, rodado por Diego Lerman. El argumento es lo más endeble de este drama donde Barbara Lennie se embarra en la procura de un bebé comprado en el estraperlo de la miseria.

Sí encuentro que hay un despropósito complaciente en ese Premio Especial del Jurado a la cinta vasca y euskaldún Handia, basada en un personaje real, un hombre acromegálico que pasó del caserío a ser atracción de feria internacional en teatros y cortes reales el siglo XIX. Encuentro muy torpe la dirección de Aitor Arregi y Jon Garaño y se me hace tan interminable y tosca la elongación del ascenso y caída de este gigante que tengo tiempo mientras sufro Handia de sentir añoranza por el desaparecido John Hurt, aquel memorable John Merrick, hombre elefante salido de las brumas victorianas de David Lynch, tan diferentes de la de estos páramos guipuzcoanos.

Una edición carente de grandes nombres

Sobre esta 65.ª edición se abría a priori un espacio de incertidumbre. Cómo bracear, entre los gigantes de Cannes, Venecia y Toronto, y en una sección competitiva cuyo único «gran nombre», el temible cineasta de la rapiña Wim Wenders, vino no para ayudar sino para hacer un descosido en la inauguración con el disaster de Inmersión que tiene papeletas para evolucionar hacia el territorio de culto de lo freak. Pero las cosas, sin firmas de alto voltaje, han funcionado bien. Hemos visto al menos seis películas para retener: casi todas las premiadas más la francesa La Douleur, basada en diarios de Marguerite Duras, y el drama afroamericano La vida y nada más, con dirección del español Méndez Esparza y que obtuvo el premio de la crítica internacional. La doble apuesta rumana nos deja un imponente drama de demolición, Pororoca, cuyo agónico protagonista, Bogdan Dumitrache, entra en el palmarés como mejor actor. Y hay giros tan radicales y elogiables como la selección de Agnés Varda como premio Donostia. Malkovich y sus jurados han hecho un magnífico trabajo. Frente a recientes oscuras conchas de oro de cine ralo, ayer todos reían con este triunfo nacido del punto de ruptura de reconocer al excelente Franco y su extraña fauna.

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