El bucle de la excelencia

El proceso de selección de los premiados empieza al final de la ceremonia de entrega de la edición anterior y no se detiene en todo el año

El Rey Felipe VI pronuncia su discuro durante la ceremonia de entrega de los premios Princesa 2016 en el Campoamor.El Rey Felipe VI pronuncia su discuro durante la ceremonia de entrega de los premios Princesa 2016 en el Campoamor
El Rey Felipe VI pronuncia su discuro durante la ceremonia de entrega de los premios Princesa 2016 en el Campoamor

Oviedo

Como aquellos trazos de líneas en espiral que los cuadernos Rubio recomendaban para mejorar la caligrafía, los premios Princesa de Asturias son un dibujo sin discontinuidad ni interrupciones. Al final de cada ceremonia de entrega, se convoca la siguiente edición y no se trata solo de un acto formal, sino de la expresión en voz alta de un trabajo que nunca admite pausas. Para quienes conducen los galardones, ese anuncio solo supone un paso por meta con la certeza de que empieza una nueva vuelta al circuito y de que debe completarse en menos de un año. En la práctica, significa poner en marcha el laborioso proceso de selección y cribado de las candidaturas para que, algunos meses después, los jurados tengan una base para las deliberaciones acerca de la nueva promoción de premiados.

           Esos días de finales de octubre, recién apagados los focos en el Teatro Campoamor, son los más tranquilos del año en la sede de la Fundación Princesa de Asturias en el centro de Oviedo. La atención de los medios de comunicación se disipa, los premiados y las personalidades que acuden a Asturias vuelven a sus lugares de trabajo y, en la propia oficina, cesa el constante ir y venir de voluntarios que trabajan en la organización de la ceremonia y los actos que la rodean. La plantilla habitual (una veintena de personas) se queda a solas con el trabajo diario. Tranquilidad, sin embargo, no significa inacción. En esa semana de otoño, apenas entregados los premios, toca el envío del reglamento actualizado para la siguiente convocatoria a un listado de unas 4.000 direcciones de correo electrónico y postal. Se trata de que las condiciones para proponer nuevos candidatos lleguen a quienes están en disposición de hacerlo: universidades y centros de investigación de todo el mundo, embajadas de España en el extranjero o representaciones diplomáticas de otros países en España, premiados de ediciones anteriores y componentes de los jurados.

Ese paso previo pone en marcha todo los demás. Todos esos corresponsales generan docenas de propuestas para las ocho categorías de los premios. Cada una de ella debe ser analizada, sopesada e investigada. El personal de la Fundación hace llamadas, comprueba méritos, analiza trayectorias y destila todo su esfuerzo en unos dosieres breves de cada uno de los candidatos que se hacen llega a los miembros de cada jurado dos semanas antes de la reunión en la que se anunciará el ganador. Algunos candidatos repiten durante años, lo que facilita el proceso, pero los nombres nuevos exigen llevar a cabo un proceso completo de documentación que lleva varios meses.

Mientras se avanza en esas indagaciones, la Fundación, que ha acometido en los últimos tiempos un proceso de renovación de los jurados para mantenerse al paso de la evolución de todos los ámbitos del conocimiento, completa los cambios de formación en cada una de las categorías y organizar el calendario de las reuniones y el ritmo para los anuncios en público de los premiados. No siempre es sencillo. Hay que cuadrar la agenda y la disposición de personas prestigiosas y solicitadas, con compromisos en todo el mundo, para que coincidan en Oviedo al menos un día y medio a partir de la primavera y alcancen una decisión. La secretaría técnica de la Fundación, el área que se ocupa de todas las tareas relacionadas con el protocolo, las invitaciones, la organización de viajes y las relaciones con los Patronos, además de la organización de las prestigiosas actividades musicales de la casa, es la encargada de hacer que todas las piezas encajen. Para cuando los jurados se ponen cómodos en los salones del Hotel de la Reconquista, el área de premiados y candidaturas ya les ha informado de todo lo relacionado con los dosieres.

Los encuentros de los jurados también ponen en marcha los recursos de las otras dos áreas de la Fundación: la de administración y finanzas, que elabora y ejecuta el presupuesto y asume el pago de los gastos, y la de prensa y comunicación, que coordina la relación con los medios y trata de conseguir el mayor impacto y la mayor relevancia posible para los premios. En las semanas con anuncio de los premios dispone, de entrada, de una atención garantizada. Los presidentes de cada jurado anuncian en una llamada privada su decisión a los ganadores y, después, en una comparecencia siempre esperada, la hacen pública. Es un momento de suspense que pone en marcha la cobertura de cada premiado, la publicación de su biografía y sus méritos, las solicitudes de reportajes y entrevistas.

Lo que llega menos al público es la reacción de los galardonados. En la Fundación aún se recuerda el día que se decidió otorgar al novelista Paul Auster el premio de las Letras. La emoción con la que su esposa, que atendió la llamada, recibió la noticia es de las que no se olvidan. Treinta años dando ese tipo de noticias sirven para haberse encontrado todo tipo de reacciones, desde la incredulidad a la exultación. Los más serenos tienden a ser los científicos, aunque no por ninguna noción de la frialdad de quien solo se mueve por cifras y datos, sino porque los canales que enlazan a la comunidad internacional de investigadores hacen que la información fluya y muchos conocen de antemano que se está considerando su candidatura y que tienen posibilidades de ganar. La creciente implicación de los premiados en la sugerencia de nuevos nombres influye en la extensión de esa actitud más calmadas. Por ejemplo, los ganadores de las dos ediciones anteriores del premio de Letras, los novelistas John Banville y Richard Ford, avalaron la candidatura de quien recibirá el galardón este año, el poeta Adam Zagajewski.

Transmitir las felicitaciones a los premiados es la parte más fácil de la organización de la ceremonia de octubre en Oviedo y de los actos culturales que la preceden. Una vez conocida la identidad de los ganadores de cada año, el equipo de la Fundación aborda una fase interna de continua búsqueda de ideas para organizar conferencias, lecturas o citas deportivas que acerquen el trabajo de los galardonados a la sociedad de una forma a la vez rigurosa y entretenida. Hay que negociar cada detalle con los propios premiados, con las instituciones, con los presentadores y, al mismo tiempo, encajar una agenda en la que unas actividades no pisen a otras. Algunos de los protagonistas, los menos, se hacen cargo de ajuste fino en persona, pero la mayoría tienen asistentes o equipos con los que se establece una intensa relación durante unas pocas semanas.

Todo, desde la recogida en el aeropuerto a la entrega del diploma y la estatuilla en el Campoamor, está definido al milímetro de antemano: los traslados por Asturias, las ruedas de prensa, las visitas. Cuando, por último, los premiados embarcan en los aviones que los llevan de vuelta a sus vidas, nada ha acabado. Solo empieza el siguiente ciclo de trabajo. Los responsables de la Fundación, que nunca se apartan del tono discreto, jamás confesarán si se permiten al menos un suspiro de alivio en esa divisoria entre año y año.

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