«El proceso catalán ha estado lleno de manipulación tendente a la posverdad»

El director de la RAE, Darío Villanueva, habla hoy en A Coruña sobre el concepto «posverdad», que acaba de incluirse en el Diccionario

«El proceso catalán ha estado lleno de manipulación tendente a la posverdad» El director de la RAE explica lo que es la «posverdad», término que acaba de entrar en el diccionario

redacción / la voz

«Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales». El Diccionario de la Lengua Española acaba de incluir esta definición de posverdad en su última actualización. Un concepto sobre el que hoy hablará en la Fundación Barrié de A Coruña (11.30 horas, entrada libre con aforo limitado) el director de la Real Academia Española, Darío Villanueva (Vilalba, 1950).

-¿Cómo se llega a la definición?

-Es un proceso bastante complejo. En este caso digamos que tuvimos que hilar muy fino y hubo mucho debate, tanto en el pleno de la RAE como en los de todas las academias. Nosotros hicimos una primera redacción pero la enviamos, como es habitual, a las otras 22 academias y hubo bastantes matizaciones.

-Destacan las referencias a lo emocional y un sujeto social...

-Por un lado, hay una referencia a ese fenómeno tan preocupante como es el abandono de la racionalidad a la hora de enfocar asuntos complejos y que nos tocan a todos y sustituirla por una emotividad y, en cierto modo, el irracionalismo. Esto es bastante grave. Que los particulares lo hagamos en nuestra vida doméstica, al fin y al cabo es responsabilidad nuestra. Lo malo es cuando se convierte en un modus operandi de los que tienen capacidad de decisión o poder, jugando, eso sí, con esas pulsiones del público en general, de los ciudadanos. Y, efectivamente, en la posverdad influye mucho algo que quizás podríamos llamar demagogia: el que tiene el poder satisface las expectativas emocionales de su público dejando a un lado la verdad de las cosas, la realidad tal y como es. Lo individual y lo colectivo en cierto modo se ven alterados por una globalidad comunicativa, que es una característica de nuestra época.

-¿La popularidad del término en inglés, «post-truth», es ejemplo de esa repercusión global?

-Es cierto que el asunto se puso en el candelero sobre todo a raíz de la designación de post-truth como palabra del año por el diccionario Oxford, pero en esto el español ya tenía su propia trayectoria. Hay un dato que es muy importante: en inglés es un adjetivo y, en cambio, en español es un sustantivo. Y como tal se viene usando desde el 2004. Tenemos toda la documentación a partir de esa fecha, han pasado 13 años desde esas primeras referencias y, por lo tanto, la palabra y el concepto estaban maduros para incorporarse al Diccionario. También influyó mucho la existencia de una serie de acontecimientos relacionados con la posverdad. Por ejemplo, en la campaña del brexit hubo una acumulación continua de posverdades. Luego también estuvo la elección de Donald Trump y los primeros días de su mandato presencial. Y la campaña del proceso catalán por la independencia, que está llena de manipulaciones tendentes a la posverdad. Por ejemplo, decir que Cataluña independiente sería parte de la UE, a pesar de que la UE continuamente decía lo contrario. O que las empresas no se irían y las empresas se estaban yendo. Y más ejemplos.

-¿Definir el concepto es parte de nuestra defensa frente a él?

-Sin duda alguna. Acuñar la definición del concepto para que tenga contenido unívoco es una manera de advertir de su existencia, sobre lo que es y en cierto modo contrarrestar sus efectos. Para mí, el reinventor moderno de la posverdad era un filólogo -yo le llamo el filólogo malvado-, que era Joseph Goebbels. En el fundamento de la propaganda hitleriana estaba la continua manipulación negativa de la realidad, utilizando pulsiones elementales. Con esto no estoy extrapolando las características del régimen nazi a otros regímenes, pero prácticas suyas se están reproduciendo ahora. Esa frase suya de que una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad, se ha utilizado en la sala de prensa de la Casa Blanca para responder a los periodistas que advertían que afirmaciones de Trump eran manifiestamente falsas. Su jefa de prensa volvió a repetir una idea semejante, por ejemplo la de que ellos manejaban «hechos alternativos», hechos alternativos a la verdad de las cosas. Y esos hechos alternativos son mentiras.

«No podemos hacer un Diccionario seráfico y angelical»

Junto a posverdad han entrado en el Diccionario otras palabras, al tiempo que se han enmendado o matizado acepciones, como sexo débil o sexo fuerte. «Nosotros repetimos siempre que jamás haremos un diccionario políticamente correcto porque la lengua no lo es», afirma Villanueva. «La lengua sirve para comportarse de manera razonable, pero sirve también para manifestarse como un canalla. Lo que no podemos hacer es un diccionario exclusivamente biempensante, seráfico y angelical, tiene que recogerlo todo. Pero, dicho esto, lo que estamos perfeccionando es un sistema de marcas para advertir al usuario de que determinadas palabras tienen un claro marchamo racista, sexista, despectivo o insultante. A todo ello hay que añadir que no siempre sexo débil ha tenido las connotaciones que tiene ahora sexistas y discriminatorias. Tenemos testimonios de la utilización de sexo débil por parte de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán o Victoria Ocampo. Y luego es algo que está en todos los idiomas, en italiano, francés, inglés. Quiero insistir, que no parezca que es una invención perversa del machismo de la lengua castellana, qué va, es una expresión que en este momento es muy desafortunada porque ha cambiado de manera considerable el papel y la visualización de la mujer en la sociedad. No podemos censurar algo que está perfectamente documentado. Además, el Diccionario pretende ser útil para comprender cualquier texto escrito en castellano desde 1500 hasta ahora. No solo refleja exactamente las palabras y expresiones que están vivas hoy, sino que lo han estado hasta hoy mismo».

-Muchos nos hemos sorprendido al ver que el bombín con el que de niños hinchábamos las ruedas de la bici aún acaba de entrar con esta acepción...

-Sí, esto es comprensible. Ahí no hay ningún problema más que el de una omisión en la que todavía no se había reparado. Yo entono el mea culpa de la Academia, pero el Diccionario tiene 93.000 lemas y 200.000 acepciones, es decir, tiene muchísimas oportunidades de cometer errores. Pero en este caso se trata de un error por omisión que no tiene ninguna otra explicación.

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María Viñas
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Aporofobia -que no aporafobia-: odio a los pobres; miedo, repugnancia u hostilidad ante el que no tiene recursos, ante el desamparado. 

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