Suplementos, tacones y puntas: Carmen moderna

El Teatro Jovellanos acoge la segunda representación en Asturias de la versión de Carmen de Víctor Ullate


Ahora que parece haber pasado el revival de los 80, nos sumergimos por entero (debe ser lo que toca) en el de la década de los 90. Cosas de los principios de siglo: el afán, acertado y desacertado, de revisar el pasado reciente, y también el deseo de atrapar lo que fue trascendente, quizá apremiados por la fugacidad del inestable hoy. Pero, ante todo, lo crucial en la revisión de una obra es, como dicen las abuelas, que no vale lo mismo llegar pronto que llegar bien o pasar de largo, tres cosas bien distintas aunque se refieran a lo mismo. Eso es lo que, en una parte, le pasa a la Carmen de Víctor Ullate, montaje que su gran compañía presentó el pasado viernes en el Teatro Jovellanos de Gijón en función única. Se queda corta habiendo llegado tarde.

Momento de ver esta Carmen «vanguardista y transgresora», tal como fue presentada hace menos de un año en rueda de prensa, que se llega por segunda vez al Principado. El pasado abril, el Campoamor acogió este estreno dentro de los actos conmemorativos del 125 aniversario de la inauguración del teatro, y ya entonces el maestro de maestros de ballet decía que él no había querido «hacer un ballet, sino un espectáculo», según comentó entonces en rueda de prensa y también a La Voz de Asturias.

Y así es. Ullate y Eduardo Lao, mano derecha y director artístico del maño, han montado un espectáculo bailado con el ánimo de hacer del mito de Carmen algo más cercano, prosaico y banal en el que la danza se hace esperar demasiado, tras una primera exhibición que prologa la trama, y por los cambios de ubicación históricos y temporales. De Sevilla, al hall de un teatro de ópera y a la cárcel; y de una mujer de pueblo, cigarrera y analfabeta, a una oficinista con amigas drags y mujeres independientes de vida nocturna. Bueno, vale. Si funciona, bien; incluso puede resultar estupendo.

Pero a menos que esté bien escrito (esquema bailado), eso por sí solo no explica un personaje, ni aquilata, desde otro punto de vista, un carácter y una vida; solo lo recubre de una estética favorecedora, ahora ya vieja por vista y manida. En esta versión falta desarrollo de los personajes y una vinculación dramática más creíble, la nueva, la que sea que se nos quiera mostrar, pero que cuente cómo cuenta lo que cuenta. Tal parece que solo se clicha lo de la Carmen original para volver a repetir las poses de póster (y pelis) de los ochenta; de eso parece que va esta revisión. Se hace antigua, aunque buena parte del público, modernos incluidos, los nacidos justo en esa década, salieran encantados con lo que acababan de ver. En buena parte, consecuencia de los bucles intergeneracionales. Pero es que uno no salda un icono femenino de estas características quitándole la falda, los abanicos y los toreros, y añadiendo pelucas e interludios sexuales a todo color. Ese es el punto de partida; vale, perfecto, pero luego hay que montar una dramaturgia completa, no el lugar de una exhibición, como si fuera pauta de revista. Hay que alargar esa temporalidad y explicar por qué, dándole sólida consistencia escénica, literaria y artística.

Pero también hubo otras cosas. Hubo eso, lo de la clase de ballet de gran maestro. La danza llegó de la mano de La Habanera, y a partir de ahí se recupera más o menos, para el resto de la obra, el tono de ballet más que de espectáculo. Buena ejecución en los pasos a dos (Carmen, Escamillo), buenas evoluciones del elenco en el centro del escenario, y muy buena la ejecución de Marlen Fuerte, la Carmen de pelo corto para esta versión, a semejanza de aquella tan recordada de la enorme Alessandra Ferri en la impresionante y sí, muy erótica Carmen de Roland Petit (1924-2011). Porque lo de la erótica bailada no es evidenciar, es siempre sugerir. Como pasa cuando se va por la calle y alguien desprende al aire ese, no se sabe qué, aunque vaya abrigado hasta la coronilla. Vimos a un estupendo Josué Ullate como Don José, digno heredero de su padre.

Imponente resultó la gravedad de la escenificación de la muerte de la mano de Dorian Acosta, un clásico dentro de la compañía Ullate y también maestro. Un bailarín que tiene acostumbrado al público a una ejecutoria fina y fija, de gran ángulo. Un bailarín importante con un buen número de intervenciones que recordar y una presencia escénica un tanto totémica.

Como también lo es recordar a ese Ullate artífice de una connotación bailada, un margen propio de estilo y sensualidad únicas, sustentado en una fortísima e inconfundible base técnica. Un prototipo, todavía sin comparación, de la mejor esencia de ballet contemporáneo y neoclásico de raíz española que se haya hecho en puntas en nuestro país. Genuina creación Ullate, esa en la que se pone toda la modernidad y su rítmica al servicio de un lenguaje concreto. Como en este Jaleos, una obra estrenada en el City Center de Nueva York en 1996. Maravillosa.

Carmen

Víctor Ullate Fundación Ballet

Dirección y coreografía: Víctor Ullate

Adjunto Dirección Artística: Eduardo Lao

Trama argumental: Víctor Ullate y Eduarlo Lao

Música: Georges Bizet. Pedro Navarrete (orquestación y arreglos)

Iluminación y escenografía: Paco Azorín

Vestuario: Ana Güell

Vídeo: Eduardo Lao

Reparto:

Bailarines: Carmen, Marlen Fuerte; Don José, Josué Ullate; Micaela, Cosima Muñoz; Modisto, José Becerra; Escamillo, Cristian Oliveri; Muerte, Dorian Acosta; amigas de Carmen, Gianluca Battaglia y Mariano Cardano.

Elenco: Elena Diéguez, Marina Giuffrida, Stine Kristopsone, Kana Nishiue, Keiko Oishi, Nora Peinador, Kozue Tashiro, Laura Vega, Serena Vitali y Samantha Vottari. Alejandro Bretones, Oscar Comesaña, Jordan Kindell, David Moya, Daniel Pacheco, Iván Sánchez y Giles Van Den Brande.

Teatro Jovellanos, 20:30 horas, 12 de enero de 2018. Gijón

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