Del «No a la guerra» a los abanicos rojos: los Goya, tiempo para reivindicar

Siete golpes sobre la mesa. Y el que se está cociendo para este sábado


Premios Goya, lugar, pero sobre todo tiempo -breve, pero tiempo-. El que cada presentador, premiado y actor invitado a entregar algún galardón disponen en pleno directo para, frente a millones de espectadores, decir lo que les da la real gana sobre lo que les da la real gana. Se esperan inocentemente de ellos palabras de agradecimiento y referencias a la cosecha cinematográfica anual -pues repasarla y aplaudirla es, en realidad, el fin último de la fiesta-; también algún que otro dardo envenenado, factible de encajar. Pero la realidad es otra, especialmente cuando hay problemas a la vista; cuando las aguas andan revueltas. Es entonces cuando esos escasos minutos de protagonismo se convierten en un apetitoso caramelito; bomba de relojería.

Del 2007 al 2010, la gala de los Goya se emitió en falso directo. Durante estas tres ediciones, a los espectadores no les quedó otro remedio que enterarse media hora tarde de lo que estaba sucediendo en la cita más importante del cine español, víctima de un corta y pega destinado a ahorrar al espectador tiempos muertos y cortes publicitarios. Imágenes y contenidos poco interesantes, argumentaron entonces los académicos. La ceremonia del 2007, aligerada, mejoró la del 2006, larguísima y soporífera, desastrosa en datos de audienciaY además, nadie alzó en ella la voz ni una sola vez. No hubo críticas en el diferido. Tres años después, los premios renunciaron al directo de mentira para recuperar la «emoción» y la «tensión». Y vaya si la recuperaron.

A la espera de la de este sábado, aquí van siete llamadas de atención (dos antes, tres después y otras dos incluso durante ese trienio de galas editadas) al micrófono del estrado de los Goya:

1998. Manos blancas

El 30 de enero de 1998, a la una y media de la madrugada, Alberto Jiménez-Becerril -37 años, concejal del PP en Sevilla- y su esposa, Ascensión García Ortiz, de su misma edad, recibieron dos tiros en la nuca en plena calle cuando volvían a casa después de haber tomado unas copas, como cada jueves, con unos amigos. A unos metros, sus hijos dormían tranquilamente. Dos terroristas de ETA se acercaron en silencio y contaron hasta tres. Uno disparó al edil en la sien derecha; el otro, a su mujer en la frente. Al mismo tiempo. Para evitar que los gritos alertasen al vecindario. A continuación, huyeron por las callejuelas del estrecho y oscuro casco viejo hispalense. Semanas más tarde se celebró la XII edición de los Goya. El Palacio de Congresos de Madrid recibió a los invitados envuelto en velas. Ellos, con lazos negros en sus solapas. Ya en faena, el por entonces presidente de la Academia de Cine, José Luis Borau, tomó la palabra y elevó las manos, pintadas de blanco: «Nadie, nunca, jamás, en ninguna circunstancia, bajo ninguna creencia ni ideología, puede matar a un hombre».

2003. «No a la guerra»

El 1 de febrero del 2003 nadie se mordió la lengua. La XVII edición de los galardones, presentada por Alberto San Juan y Willy Toledo, fue quizá la más reivindicativa de la historia de los Goya, una gala agitada en la que se protestó por el paro -Los lunes al sol fue ese año la gran triunfadora- y también por la tragedia del Prestige -«Nunca máis», exclamó Tosar al recoger su estatuilla al mejor actor de reparto-, pero especialmente y con voy unánime por la postura del Gobierno de Aznar ante la guerra de Irak. El cine en bloque mostró su repulsa, gritó un «No a la guerra» alto y claro, se posicionó con chapas en la solapa y convirtió la fiesta en un alegato. «Ganar las elecciones no es un cheque en blanco. Hay que escuchar al pueblo», dijo Bardem, mejor actor.  El presidente de la FAPAE, Eduardo Campoy, llegó a pedir la dimisión de la por entonces presidenta de la Academia, Marisa Paredes, por «consentir una gala antiGobierno». 

2008. Incendiario Alberto San Juan

En el 2008, Alberto San Juan recibió el premio a mejor actor por su trabajo en la película Bajo las estrellas. Prometía estopa el discurso del actor, incendiario, rebelde. Y no defraudó. Se subió al escenario y tras dedicar el premio a su madre, de quien haber heredado su vocación; a su padre, de quien recibió «otras vocaciones»; y a su compañía teatral, Animalario; ofreció su cabezón a la «disolución definitiva de esa cosa que se llama Conferencia Episcopal».

2009. «Camino» y el Opus Dei

Javier Fesser recogió hace nueve años su primer Goya por haber rodado, al hilo de la historia de la niña Alexia González Barros, en proceso de beatificación, una particular y estremecedora radiografía del Opus Dei. Caminoese calvario de una niña enferma convencida de ofrecer agradecida todo su dolor a Dios, fue la gran triunfadora de los Premios Goya del 2009, pero la cinta llegó al podio arrastrando una sonada polémica que no hizo más que caldearse en la gala. Al subir a por su cabezón, Fesser explicó que su historia era una «búsqueda de la verdad» y que, «indagando en la realidad», había encontrado «decenas de testimonios de gente maravillosa atrapada injustamente en una institución erróneamente llamada obra de Dios». Jaume Roures, productor de la cinta, aprovechó para echar más leña al fuego: «Para amargarnos nos casamos, tenemos hijos adolescentes... y tenemos al Opus Dei». Fue una de las ceremonias emitidas en falso directo. Nadie, sin embargo, amputó en el montaje las palabras del equipo de Camino.

2011. «Después de la gala, dimito»

No lo anunció durante la fiesta, sino unos días antes. Álex de la Iglesia era presidente de la Academia cuando, a finales de enero del 2011, PP, PSOE y CiU pactaron la resurrección de la Ley Sinde. Lo hicieron con una enmienda que reforzó las garantías judiciales en el proceso de cierre de páginas web de descargas ilegales, vía que el cineasta nunca compartió y, por lo tanto, no respaldó. «No voy a dejar de discutir, pero francamente, prefiero hacerlo como director que como presidente», explicó, fiel a sus principios. Dos semanas más tarde, la ley antipiratería se convirtió en la gran protagonista de los Goya. «Hacemos mucho ruido, pero es que esta vez, hay muchas nueces -consideró De la Iglesia durante su discurso-. El choque de posturas es siempre aparatoso y tras él surge una nube de humo que impide ver con claridad. Pero la discusión no es en vano, no es frívola y no es precipitada». «Intenet no es el futuro, como algunos creen- continuó-. Internet es el presente. Internet es la manera de comunicarse, de compartir información, entretenimiento y cultura que utilizan cientos de millones de personas. Internet es parte de nuestras vidas y la nueva ventana que nos abre la mente al mundo». «Las reglas de juego han cambiado», sentenció. Al día siguiente, colgó los hábitos de presidente. 

2013. El «ivazo» y Candela

El 1 de septiembre del 2012, el IVA cultural escaló del 8 al 21 %, estrangulando a una industria que por entonces, arrastrando una profunda crisis, sobrevivía con el agua al cuello. El follón de los Goya se veía, por tanto, venir. Tal fue el chaparrón en aquella gala presentada por Eva Hache -«Buenas noches ministro, ¿qué tal la familia? No es una amenaza»- que Wert tardó dos años en reconciliarse con el cine patrio, ausentándose en el 2014 con la excusa de una cita ineludible en Londres. Porque si había un momento para llorar por el atraco era aquel, con el ministro en el patio de butacas. Hasta el prudente Enrique González Macho aprovechó su turno de palabra para azotar al político, pero también a todos sus colegas de profesión, sin hacer distinciones entre una y otra sigla. «Una vez más, la razón del Estado se ha impuesto sobre el estado de la razón», opinó el presidente de la Academia. «Nosotros no vamos a cejar en nuestro empeño de que se rectifique este grandísimo error», advirtió. «El cine español es de sus creadores y de la sociedad a la que va dirigido y ha de ser una cuestión de Estado -clamó González Macho-. El cine no puede pertenecer a ningún partido político. El cine español no es ni de los de la ceja, ni de los de bigote, ni de los de la barba, el cine nos pertenece a todos. Es un derecho de los ciudadanos». 

No fue la única reivindicación en esa gala rebelde. La actriz Candela Peña, visceral, se aupó al escenario para recibir su Goya por Una pistola en cada mano y, una vez allí, cogió aire y pidió trabajo. «En estos tres años que hace que no trabajo ha salido de mis entrañas un niño al que no sé que educación pública le espera y en estos tres años sin trabajar he visto cómo la gente se mata por no tener casa. Y desde aquí os pido trabajo, tengo un niño que alimentar», vocalizó clara y valientemente, sin medias tintas. Y no se quedó ahí: recordó en su minuto de gloria, cargando contra los recortes en sanidad, que había visto morir a su padre en un hospital «sin mantas ni agua». El auditorio, conmocionado, estalló en aplausos.

2014. «Que nadie decida por mí» 

Un año después, en unos Goya sin ministro de Cultura, Natalia Molina le mandó un atento mensaje a su Gobierno tras recibir el premio a mejor actriz revelación por Vivir es fácil con los ojos cerrados, donde interpreta a una adolescente embarazada que se escapa de un centro para jóvenes descarriadas. «No quiero que nadie decida por mí», exclamó haciendo suya una frase de su personaje. « Nos lo quitarán todo, pero no nuestros sueños, ni la capacidad de hacer los sueños realidad», añadió.

Minutos más tarde, Marián Álvarez, mejor actriz por su papel en La Herida, se sumaba a su protesta al recoger su estatuilla: «No vamos a permitir que nadie ni nada decida por nosotras».

2018. Abanicos rojos

El cine español necesita #MASMUJERES. Es un hecho, pero hay que decirlo. Hay que recordarlo y hay que pelearlo. Insistiendo, repitiéndolo, recalcándolo, retomando y recuperando esta exigencia justo ahora, aprovechando un momento que pasará a la historia como aquel en el que la voz femenina habló, relató cosas incómodas, reclamó su lugar.

Puede que los abanicos rojos que los asistentes a la gala 32 de los Goya recibirán este sábado con estas palabras estampadas no cambie que solo el 27 % de los nominados de esta edición sean mujeres, que haya ocho categorías en las que no figure ningún nombre femenino y que la ceremonia vaya a estar presentada, dirigida y escrita por hombres, pero pondrá el foco sobre ello. Señalándolo. Dándole vueltas y más vueltas. Hasta importunar. Que si algo no molesta, se aprende a vivir con ello

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