Wagner en drama-ballet

Yolanda Vázquez OVIEDO

CULTURA

Un momento del «Tristán e Isolda» del Grand Théâtre de Genève
Un momento del «Tristán e Isolda» del Grand Théâtre de Genève CTG / Gregory Batardon

La suiza Joëlle Bouvier coreografía la ópera romántica «Tristán e Isolda» y trae la leyenda del romance medieval a un estado contemporáneo de impactante puesta en escena

21 may 2018 . Actualizado a las 06:58 h.

Solo de saber que un ballet puede construirse sin complejo ni miedo a partir de algo instalado en la mítica de la ópera, impone tanto que solo eso, por sí solo, es motivo más que suficiente para abrir bien los ojos e intentar ver lo que no se ve. La obra de Wagner adaptada a la poética danzada llegó al Festival de Danza de Oviedo el pasado martes de la mano del Ballet du Grand Théâtre de Genève, una agrupación que ya conoce el Campoamor, y que nos enseñó como bailarían los Tristán e Isolda que ideó el inventor del arte total.

Concentrar cuatro horas de un Wagner cantado en 90 minutos bailados es bastante complicado. No en vano la reconocida coreógrafa suiza Joëlle Bouvier, responsable de la pieza, se lo pensó todo un año antes de decidirse a abordar el proyecto que Philippe Cohen, director del ballet de la agrupación, le había propuesto. Y lo que hizo, al montar la pieza, fue hacer un resumen breve, un tanto raudo al principio, pero con los elementos narrativos justos como para identificar los ítems principales de la trama argumental ideada por el compositor alemán. La autora, ante todo, quería centrase en la filigrana artística de la relación amorosa de los protagonistas.

En el diseño de la dramaturgia bailada, cierto, los primeros tramos del resumen transcurren rápidos, pero se discierne con nitidez la batalla inicial con Morold, la exuberante y vengativa presencia de Isolda, la importancia del mar y los traslados en barco, el matrimonio real, el filtro mágico de muerte que luego es de amor, el romance real y el principio y final del romance eterno. Y todo este resumen no intenta nunca ser un compacto, sino un esquema cronológico y fácil, que es bien distinto.

Otra cosa es el análisis escénico o la interpretación de los fraseos bailados y cómo se abordan; y hacerlo sin caer en la tentación de comparar ópera con ballet. De mano y sin querer, es a lo que se tiende, y eso no solo sería injusto, sino también inapropiado. El contenido, la temática, es una cosa; la forma en que se proyecta, otra, fortalezas y debilidades aparte.

Origen y mítica: la largura de la dramaturgia

La temática del Tristán e Isolda de Richard Wagner hunde sus raíces en fuentes literarias de la Edad Media (s. XII) y el Renacimiento. Aunque existen varias versiones de la leyenda, Wagner se centró en el romance medieval escrito por Godofredo de Estrasburgo, que a su vez se basó en la leyenda francesa de Tristán.

Así que viniendo todo de tan lejos, el poder temporal fortalece el vigor de esta historia y permite trasladarla casi automáticamente al cuerpo: del vigor de lo mítico, al vigor físico del cuerpo contemporáneo y su dialéctica, sustentado en el inconmensurable peso de la música del alemán. Y así ha operado Bouvier para crear su obra: sin miedo y basándose en el peso del poder físico sin miramientos.

Fortalezas

Los puntos fuertes bailados por el Ballet du Grand Théâtre de Genève se circunscriben al espesor físico de la exposición de su contemporáneo. Y el público sucumbe a ello porque se ve cómo pasa lo de dentro a fuera y se entiende. Por eso el lenguaje contemporáneo y moderno no le va nada mal, aunque sea utilizando muchos elementos de la danza-teatro, un recurso próximo a lo operístico, por otra parte.

Este Tristán y esta Isolda humanizan una partitura divina, y eso por sí solo está muy bien porque tiende un puente al espectador y lo hace estar cerca de un amor perfecto sin salir de su épica; el referente sobrevuela la escena, pero bajándola a tierra, sin resultarnos ajeno, falto de respeto o escabroso. Y resulta muy atractivo; tanto, que el impacto, la pegada, viene de ahí, de ningún otro lado. Y está presente tanto en Tristán (Zachary Clark) como en Isolda (Sara Shigenari), que por momentos nos hacen obviar la robusta fonética cantada del alemán, sobre todo, en el momento más romántico de su encuentro. Y eso no se puede dudar: está presente y es un acierto. El filtro del amor es una maroma que cae del peine de la caja escénica y ata a los protagonistas, a semejanza de la leyenda del hilo rojo japonés; la creencia de que hay personas predestinadas a conocerse y que están unidas por un hilo rojo invisible que los mantiene unidos a pesar del tiempo, el lugar y las circunstancias.

Aquí, esa cuerda ejerce de poder seductor, de aerostática volada en primera persona del singular y del plural. Se puede ver a la pareja de bailarines templar bailando toda la acrobacia cuando están solos en escena, ver cómo se miran, cómo se pisan, cómo lo ligan para ligarse. Es una gozada de gran medida y ensayo que solo se entiende (y se cree) si está bien incrustada, como ocurre en la pieza de Bouvier, que imanta la relación a base de unir lo que ni la muerte va a romper. Se ve de todo: columpio, jardín, aislamiento, burbuja, cama, suelo y boda; generosa caballerosidad y correspondencia: contemporáneo romántico. Moderno. Y también lujoso.

Otros dos aspectos muy positivos fueron la luz y la puesta en escena. Cierta expresión salvaje del movimiento, asilvestrada, conmemorativa del amor romántico, pero aterciopelada por los enormes y abisales claroscuros, tan planificados y buenos como lo es toda la escenografía de la obra. Los elementos escénicos preponderan esa sensación de larga corriente hacia la oscuridad que cuadricula un mapa mental sencillo, rústico y hermoso: maroma, tablones de madera, tierra, palos como útiles de matar; telas rojas, azules y moradas ejercen de voces narrativas para enseñar por qué el drama es tan drama. De tan sencillo y efectivo, resulta impactante, porque en realidad poco hay, pero qué bien encaja. Y nada se utiliza para dejar abducido al que está sentado, sino más bien para mostrar la alquimia de una atmósfera donde la plaga del amor, pese a todo y a todos, seduce con facilidad llenándose de probidad. La imagen de todo ello en el escenario se hace gorda. La oscuridad es espesa por clara: el sentido de la eternidad, lo que nos enseñó Wagner.

Y no se puede pasar por alto el efecto mágico y religioso de una escalera de caracol, que, en modo multifunción, argumenta muchas cosas, mástil de barco inclusive. De igual modo la danza estimula y se hace precisa y preciosa en el encordado con el cuerpo en ochos de tres parejas, como si fueran encajables de un mecano; o en el diálogo a dos entre el rey y Tristán, perfectamente empastado y acorde con la dramaturgia interna. Y qué presencia escénica tan imponente la de Xavier Juyon (Rey Mark). Excelente.

Ya en la parte final (Liebestod), el contemporáneo para el drama-ballet es verdaderamente bueno. Cuerpos ligeros, como masa orgánica en el suelo, arrullan rodando la partida de los amantes, envolviéndolos, formando la cadencia del vaivén de las olas, del paso franco a otro estado, a otro orden de cosas. El despertar oscuro de una nueva dimensión en la que por momentos asoma la suavidad de los brazos del clásico, recurso que se emplea en otras partes de la obra. Como clásico es el descendimiento de Tristán, un todo pictórico; lo reconoce cualquiera.

La formación en la técnica clásica de los bailarines del Ballet du Grand Théâtre de Genève favorece la inserción de otras disciplinas, y el nivel expuesto en escena es muy bueno porque se muestra medida, buen braceo y cierto orden en la colocación del cuerpo: no hay demasiada suciedad. Y eso es importante porque el contemporáneo, entre otras cosas, se hace más creíble y más firme. Bouvier fue una de las renovadoras de la danza francesa en las décadas de 1980 y 1990, con la que se granjeó prestigio y dio su compañía L'Esquisse fama.

Francas debilidades

Sin embargo, la obra en su conjunto, vista como hecho bailado, se ve muy expuesta por el portento musical de Wagner. Hay tramos que aunque no desmerecen de la buena sensación final, limitan el ballet desde un punto de vista creativo, o bien no están bien resueltas. Y es aquí donde el buen aficionado se puede topar con transiciones pobres y mal arregladas, en las que se echa mano de la pauta de la danza-teatro, y que se alargan dando la impresión de que no se sabe muy bien qué poner en algunos tramos de partitura.

Wagner es mucho Wagner, y este tipo de cosas se notan (y mucho). Tanto es así que la coreógrafa suiza supo perfectamente dónde tenía que echar el resto para que el conjunto, como producto escénico, no se resintiera demasiado: el encuentro, el mar, la muerte y en el dolor de amor. Es decir, apuntaló determinadas partes, las más bailadas precisamente, armándolas de buen contemporáneo para sostener el tótem. Es un poco de trampa.

En algunas zonas al fraseo bailado le sobran izadas sobre izadas, de las que se abusa un poco; y además siempre en la misma posición, por lo que resultan reiterativas, e instalando una sensación circense, que no alegórica, lo que no tiene lógica en ese registro. Es ahí donde hay que pensar la danza precisamente. Porque no hubiera estado nada mal un poco más de ballet: vocalizar corporalmente, según avanza la ópera, con el objetivo de que la gelatina entre capítulos no se deshaga.

En conjunto, la relectura de la obra resulta muy interesante y está bien ejecutada, el elenco del Ballet du Grand Théâtre de Genève está claro que baila, y la puesta en escena es de lo mejor. Pero el amor pensado musicalmente por Wagner para su Tristán y su Isolda no es algo que se haya hecho para el ballet; es casi mental, de puro metafórico, y adaptar a la danza eso es muy difícil. Con todo, es una obra cuya excelencia radica en la amabilidad de su punto de vista y en su impacto visual, que siempre resulta creíble. Mucho mérito.

Ficha artística

Ballet du Grand Théâtre de Genève

Tristán e Isolda (2015). Espectáculo inspirado en Tristán e Isolda de Richard Wagner

Coreografía: Joëlle Bouvier

Asistentes coreográficos: Rafael Pardillo y Emilio Urbina

Música: Richard Wagner (adaptación)

Escenografía: Emile Roy

Vestuario: Sophie Hampe

Iluminación: Renaud Lagier

Director del ballet: Philippe Cohen

Roles principales: Tristán, Zachary Clark; Isolda, Sara Shigenari; Rey Mark, Xavier Juyon; Testigo, Louise Bille

Cuerpo de ballet: Yumi Aizawa, Celine Allain, Ornella Capece, Diana Duarte, Léa Mercurol, Tiffany Pacheco, Mohana Rapin, Lysandra Van Heesewijk, Madeline Wong, Valentino Bertolini, Natan Bouzy, Geoffrey Van Dyck, Armando González Besa, Nathanael Marie, Juan Pérez, Simone Repele, Sasha Riva y Nahuel Vega

Duración del espectáculo: 1 hora y 25 minutos

Teatro Campoamor, 15 de mayo de 2018. Oviedo