«En el arte nada es sagrado. Censurar es muy negativo para la creatividad»

El director de escena Emilio Sagi (Oviedo, 1948) intercambiará, en el marco de los cursos de verano de la Fundación Princesa, sus experiencias en los teatros de todo el mundo como creador del esqueleto de las obras

El director de escena Emilio Sagi en el Hotel Reconquista de Oviedo
El director de escena Emilio Sagi en el Hotel Reconquista de Oviedo

Redacción

Detrás de una gran obra lírica, musical, de zarzuela, de teatro, hay una persona que se encarga de que cada hilo se cosa de una manera exacta, en una dirección concreta, con unos colores definidos. Una persona que conjuga a la perfección los conocimientos técnicos, con la filosofía de una obra y los conceptos artísticos que deben ir con ella para que el producto final brille. Así es Emilio Sagi (Oviedo, 1948), doctor en Filosofía y Letras y uno de los directores de escena más relevantes del panorama nacional e internacional. Empezó su andadura cuando el oficio en España era un terreno pantanoso, se curtió en Londres y a día de hoy su experiencia escénica abarca desde la zarzuela barroca hasta la ópera más contemporánea. Sus manos e ingenio han recorrido los teatros más importantes del globo terráqueo, desde Bolonia a Tokio, pasando por Filadelfia, Israel, Madrid y su natal Oviedo, entre otros tantos. Ahora, se encuentra en la capital asturiana con motivo de los cursos de verano de la Escuela de Música de la Fundación Princesa de Asturias, donde impartirá este jueves una conferencia paradójica titulada «Esto no es una conferencia», pues para este creador será un intercambio de experiencias.

-Sagi, de nuevo en Oviedo pero no para dirigir sino para inspirar. ¿Cuál es el consejo que da a los jóvenes que quieren hacer de la música -independientemente del área- su medio de vida?

-A mí no me gusta mucho dar consejos. No me gustó que me los dieran. Yo creo que las cosas se aprenden cuando nadie te dice lo que tienes que hacer. En este mundo nuestro de la música y del teatro las cosas las aprendes viendo, oyendo, pero no como en una clase de literatura en la facultad. Yo lo único que voy a hacer en la charla es contar un poco ciertas experiencias que tuve y, luego, lo que creo que es importante tener en cuenta en esta carrera.

-¿Por ejemplo?

-La base de todo es el estudio. En esto hay que tener inteligencia. Puedes tener una voz maravillosa pero no saber cómo utilizar tus dotes para lograr entrar en un teatro o en una compañía. También es importante tener sentido común -aunque poseerlo no creo que sea muy común-. Me explico. Hay que tener sentido común para saber lo que tienes que hacer pero también has de tener tu propio sentido común. Hay muchos artistas que pueden tener una técnica maravillosa pero que son muy iguales a otros. El que sale, el que destaca, es el que tiene personalidad. Ese que en cuanto abre la boca eres capaz de identificar. Esa personalidad es muy importante. Y trataré de contarlo de una manera entretenida. Espero no ser un rollo porque no me gusta que me lo den a mí. Habrá quien la sepa aprovechar y quien no quiera. Tuve un catedrático en la facultad de filosofía de la Universidad de Oviedo, José Benito Álvarez-Buylla, que siempre decía: «Con que un 5% de la gente que te está escuchando saque consecuencias buenas ya vale la pena». Espero llegar al menos a ese 5%.

«La zarzuela tiene una cosa que no tienen otros géneros: va directa al corazón»

-En relación a los jóvenes y a su ferviente defensa de la zarzuela. ¿Cómo poner en valor el género para que sea atractivo para los nuevos públicos?

-Creo que la zarzuela es un género muy atractivo. En primer lugar, la zarzuela tiene una cosa que no tienen otros géneros: va directa al corazón. La zarzuela es sencilla, simple, y siempre emociona, para bien o para mal. Esa honradez de la música, esa simpleza de una música directa, que no tiene un mensaje que debas reciclar y armar en tu cabeza, es muy atractivo para la gente joven. Eso sí, a lo que no se pueden resistir a pensar, teniendo el cine, los videoclips y todas estas cosas, es que el espectáculo teatral sea un poco casposo y anticuado. Por eso la obra tiene que poseer un atractivo para estos públicos. De ahí la importantísima labor de los directores de escena. Tampoco es que haya que darle la vuelta completa a la zarzuela, pero sí que hay que hacer una labor como se hizo con la ópera y como se ha hecho con todo. Hoy ni comemos ni vestimos como se hacía hace 20 años. Todo evoluciona y esa evolución ha de darse también en el arte del teatro. La zarzuela no puede quedar como un género de vitrina. Tiene que ser un género vivo, tan vivo como las personas que la representan, que traspasan sus vivencias personales al personaje que interpretan. Es algo que me parece muy impresionante e impactante para una persona joven.

-¿Cree que las nuevas generaciones siguen relacionando la zarzuela con el franquismo o es ya una asociación del pasado?

-No lo llegan a relacionar. La mayoría desconoce completamente esa época porque no la vivieron. La habrán estudiado en las escuelas y nada más. Desconocen el hecho pero sí que les suena como un género obsoleto, lo conectan con sus abuelos y no es así. Igual que hay gente joven que va a escuchar una sinfonía de Mahler o Beethoven y no lo relaciona con su abuelo o con su padre. Pero piensan en la zarzuela como una como un género de pasiones anticuadas. Las hay, pero esas son las que no se deben hacer. Si hubiera que hacerlas habría que practicarles un lifting, buscarles otro punto de vista para que hoy no nos resulten ridículas. Si hoy se hiciera la Valkiria de Wagner como en su día se hizo en Bayreuth, la gente se moriría de risa, pensarían que es una película de los hermanos Marx con esa mujer dando gritos con un casco con cuernos. Eso ya no tiene cabida ni en las mentes más conservadoras. También hay veces que los libretos están obsoletos y no debería haber miedo de retocarlos. La gente que conoce la zarzuela se acuerda perfectamente de la música y de la historia pero no de las palabras exactas.

-A día de hoy, solo Madrid y Oviedo mantienen una temporada estable del género. ¿Ejemplo de su baja popularidad, de los recortes, de ambas?

-Es un problema de recortes. La zarzuela llena en todos los sitios. Yo, personalmente, he hecho zarzuela en muchos lugares de España y del extranjero -Los Ángeles, Tokio, Washington, Miami, Bogotá, Buenos Aires, etc.-. Pero es un género que no es barato. Exige cantantes muy buenos y no puedes hacerla de mala manera. Ejemplo del buen hacer son el festival de zarzuela de Oviedo y el Teatro de la Zarzuela de Madrid, este último un bastión importantísimo de la renovación del propio género. Creo que tiene un público importante y conocedor. Ahora, con los esfuerzos que se están haciendo para renovarla, también se está llenando de gente joven. En Madrid se están haciendo muchas actividades alrededor de la propia zarzuela para despertar el interés y la curiosidad en estos nuevos públicos.

«En todos estos espectáculos,en cuanto te envenenas te conviertes en un adicto»

-De hecho, este verano, el Teatro de la Zarzuela de Madrid apostó por subirse al carro de las redes sociales con la retransmisión en directo a través de Facebook de la comedia musical 24 horas mintiendo. ¿Considera útil la medida para democratizar este arte?

-Me parece fantástico. Que la dirección del teatro haya conseguido la retransmisión en directo es fenomenal. Coincidió que era la obra del maestro Alonso, un grandísimo compositor español. De hecho, si no me equivoco, lo llegaron a ver 52.000 personas. En un teatro entran 1.000. Si hay 10 funciones la verán 10.000. Si además de las que la vieron en el teatro, también lo ven 52.000 más, se pueden despertar las ganas de ir después. En todos estos espectáculos (ópera, zarzuela, opereta, etc.), en cuanto te envenenas te conviertes en un adicto. La medida ha sido un gran gol del Teatro y espero que siga así.

-A lo largo de su trayectoria ha trabajado con distintos géneros. ¿Qué beneficios le ha aportado ese eclecticismo a su estilo como director de escena?

-Lo que me ha aportado personalmente es una higiene muy grande. Cuando estás metido siempre en la ópera dramática se convierte en algo enfermizo y endogámico. En cambio, al entrar en una comedia musical como Sound of music o El Cantor de México o una opereta como La viuda alegre o un cabaret como hice con La Celia, acabas adquiriendo muchísima higiene en tu propia creatividad. Y luego, cuando vuelves a una obra como la que acabo de hacer en Milán -Il pirata, de Bellini-, un dramón novecentista, estás muy limpio de todas las influencias, aunque tengas un estilo. Aunque yo no sé qué estilo tengo, no me lo sé definir. Cada obra me parece un mundo diferente y la intento ver de esa manera.

-Llegó a decir que en Tokio se sintió como una estrella del rock por el entusiasmo de los japoneses. ¿De qué teatro del mundo guarda su mejor recuerdo?

-Eso es muy difícil. Creo que se recuerdan siempre los teatros en los que más trabajas y en los que yo más he trabajado han sido el Teatro Campoamor de Oviedo, el de la Zarzuela y el Real de Madrid, y el Arriaga de Bilbao, estos tres últimos que, además, dirigí. Recuerdo mi debut en Los Ángeles como algo muy especial; mi vuelta a la Scala de Milán este verano que, después de haber hecho la zarzuela de Luisa Fernanda, se me quedó muy marcado; mi estreno en París con La del manojo de rosas -en París soy muy feliz y me siento muy arropado por el público-.

En Tokio lo que pasó fue que los japoneses son unos fanáticos de los autógrafos. Cuando estuve allí había salido en DVD la producción del Teatro Real de El Barbero de Sevilla y la mayoría del público que había en la sala tenía el vídeo en las manos. El día del estreno, el jefe de prensa me tuvo que sacar de una cena a la calle porque estaban todos esperando con el DVD para que se lo firmara. Estuve ahí un montón de tiempo y sí que me sentí un poco como una estrella del rock (risas).

-En sus inicios, cuando la dirección de escena en España era un camino sin asfaltar, todo lo que pasaba por sus manos se convertía en novedad. Hoy, ¿se considera símbolo de la tradición?

-Eso es lo que dicen. Pero también es normal. Cuando empiezas eres joven y audaz, haces cosas que nadie hace. Renuevas porque tratas de realizar algo muy original. Ahora hay otra gente joven, estupenda, que hace cosas muchísimo más radicales y yo puedo ser ya tradicional. Hay una anécdota: cuando estrené la producción de Carmen en el Teatro Real de Madrid, nos abuchearon de una manera tremenda. El vestuario lo hacía Jesús del Pozo, gran amigo y creador, y la segunda vez que la hicimos le dije «Jesús, prepárate porque nos van a abuchear». Pero no fue así, nos aplaudieron muchísimo. Entonces Jesús me miró y dijo «es que ya somos clásicas» (risas). Pero es lo normal con los años. Es muy interesante que esto suceda. La vida es así.

«Carmen se puede interpretar de miles de formas y es algo muy positivo»

-En relación a la innovación, ¿qué aspectos hay que tener en cuenta a la hora de crear diferentes perspectivas cuando se enfrenta a obras tan representadas como Carmen, La Bohème u Otello?

-Cada maestrillo tiene su librillo. Todos funcionamos de diferente manera delante de una obra. Carmen se puede interpretar de miles de formas y es algo muy positivo. El tiempo dirá las que quedarán. Es muy interesante ver que yo hago una producción de Carmen y otros hacen otra. Hay que tener una cierta intuición en cuanto a aquellos aspectos que no se pueden quitar o cambiar, pero en el arte nada es sagrado. Todas estas obras son universales, cada uno las puede interpretar de distinta manera. Pero el censurar y decir que esto o aquello no puede ser así es muy negativo para la creatividad en el mundo del arte en general.

-Dentro de sus proyectos futuros, si tuviera la libertad para elegir volver a dirigir una obra, ¿cuál sería, en qué teatro y con qué cambios?

-Debuté con La Traviata de Verdi, una obra que nunca quise volver a dirigir, probablemente porque en esa época salió muy bien. Lo cierto es que ahora me encantaría volver a hacerla. Aunque creo que con los años y la profesionalidad ya no tienes tus favoritos. La obra que te encargan es de la que intentas enamorarte para sacarle lo mejor. Hay obras que me encantaría hacer y que nunca hice, como Manon de Massenet. También adoro la ópera rusa pero como no sé una palabra de ruso, imagino que no me van a encargar una nunca. Adoro la Dama de Picas y me encantaría poder hacerla algún día, eso sí, con algunos de mis amigos rusos porque me daría un poco de corte dirigir a alguien sin saber el idioma. Pero si tuviera que volver a hacer algo hecho me quedo con La Traviata. Me encantaría rehacerla de una manera más madura. En cuanto al teatro, pues uno que tuviera medios (risas).

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