Isaki Lacuesta gana con «Entre dos aguas» su segunda Concha de Oro

La argentina «Rojo» cosecha tres premios, entre ellos mejor dirección y actor


san sebastián / e. la voz

Doce años después de dirigir La leyenda del tiempo, Isaki Lacuesta ha retomado los sueños truncados del joven Isra, el niño nadie que soñaba entonces con ser gitano cantaor de flamenco. Ese Isra de quien vemos ahora cómo la vida se ha encargado de forjar su descenso a los infiernos. Siete años más tarde de ganar su primera y airada Concha de Oro por Los pasos dobles, Lacuesta vuelve a alzar en sus manos el premio máximo de este festival con ese retorno de sus héroes agonistas de la gaditana bahía de San Fernando. Los puñetazos de la vida, nunca piadoso, han noqueado a Isra, lo han abocado a la cárcel. Y asistimos sin filtros a la marginalidad, la imposible reinserción social, en el lugar con mayor índice de paro y exclusión de España, de este exhausto Sísifo que ya decidió en un par de ocasiones soltar la roca e intentar liberarse del insoportable peso de vivir.

Hay una inatacable justicia artística en este reconocimiento con la Concha de Oro a una obra con la que Isaki Lacuesta cierra uno de esos dípticos sobre la herida del tiempo que el cine, como archivo de imágenes que atesoran en barrica los días de la inocencia, permite plasmar al enlazar de manera arrebatadora en el curso de los años ese bucle de la nostalgia sangrante de seres reales, alejados de cualquier maqueo de ficción. Entre dos aguas es ese tal como éramos desprovisto de glamur y de galones, henchido por el dolor de estas criaturas que tienen mucho de la dignidad de los golpeados de los arrabales que retrataba Pasolini, y que aquí bracean en el barro donde el premio es la supervivencia. Chapotean en esa bahía de fondos turbios, a poca distancia de los paraísos del turismo cool. Y así, Entre dos aguas emerge como obra de cine-verdad eminente y como compromiso de altísima lealtad con la dignidad de los nadies que Isaki Lacuesta ha acompañado en su viaje. Con esta segunda y tan merecida Concha de Oro, el director alcanza un privilegio logrado antes solo por Francis Coppola, Arturo Ripstein, Bahman Ghobadi, Gutiérrez Aragón e Imanol Uribe.

Espejo elocuente y veraz

Este triunfo de una obra que es espejo elocuente y veraz de la vida como forja de los más débiles es solo la puerta de apertura a un palmarés lúcido, con una serie de decisiones que demuestran como Alexander Payne, claro primus inter pares de su jurado, sabe leer el cine. Así, hay valentía en resaltar como segunda gran película que sale como ganadora del festival a la argentina Rojo, una crónica negrísima pero estilizada, sórdida en su denuncia de una atmósfera social irrespirable, la de la Argentina donde la dictadura militar está ya presta a asestar su zarpazo. Pero que sabe medirse, halla su eficacia en la sutileza y pone de manifiesto, por contraste, las vergüenzas de la tan cacacareada y demagógica El reino, obra sobre la corrupción en España, que se va felizmente de vacío. Rojo acapara tres premios : la Concha de Plata para su director, Benjamín Naishtat; el de interpretación masculina para Darío Grandinetti, ese abogado que habita en la Argentina profunda, y en cuyos crímenes casi casuales se condensa la metáfora pequeño burguesa de lo que fue matanza y saqueo colectivo de un país, además de recompensar su fotografía.

La noruega Blind Spot, de la sueca y debutante Tuva Novotny, un asfixiante drama sobre el suicidio en un plano ciego de la vida cotidiana y el coma de una hija en el alambre, filmada toda esa angustia en un único plano, merecía un lugar en el palmarés. Y que lo haga a través de su protagonista, Pia Tjelta, expresa bien las intensidades del filme.

Me parece oportuno ese Premio Especial del Jurado para la manera concisa, el ejercicio preciso con el cual Brillante Mendoza se encabalga en Alpha en las formas del género policíaco y la droga como carcoma del sistema para elevar su dibujo de Filipinas como estado fallido e iliberal, con la sombra, al fondo, del autocrático Duterte como representante de otros tantos congéneres con mando en plaza.

El gran cine indigesto olvidado

En este palmarés quedan fuera dos de los más fascinantes y opulentos filmes de todos los exhibidos. La nave espacial de los condenados con cuya capacidad para desafiar Claire Denis nos interpela en High Life, y su ya legendaria máquina del sexo al servicio de los orgasmos de una gran Juliette Binoche, es cine para el cual, aún en su grandeza de exploración nihilista del universo alien (donde el infierno no es el monstruo, sino nosotros mismos) resulta imposible hallar consenso de jurados. Y otro tanto sucede con el aterrador pero bellísimo y arriesgado ejercicio de cine kitsch con vestido rojo y maldito, canibalizador de las pieles y las almas de sus propietarios en la orgía de los saldos, de In Fabric, del británico Peter Strickland.

A consenso y negociación entre dos hemisferios a la hora de sentir el cine sí que suena esa concesión del premio del jurado ex aequo a dos películas antipódicas. El afilado equilibrio dela maravillosa Un hombre fiel -en donde Louis Garrel y el veterano Jean Claude Carrière juguetean con pequeñas monstruosidades como la posesión amorosa enfermiza- no puede situarse en un mismo escalón -ni piso, ni edificio, ni ciudad, ni planeta- con la pringosa melaza con la que el demagogo Paul Laverty escribe para su compañera Icíar Bollaín ese espanto llamado Yuli, biopic desmerengado del bailarín Carlos Acosta.

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