John Banville: «Me aburren Poirot y Sherlock Holmes, prefiero hacer un crucigrama»

Benjamin Black , el seudónimo del novelista, traslada a los lectores a la Praga de 1599 en su última obra


Galardonado con premios tan prestigiosos como el Príncipe de Asturias, el Franz Kafka o el Booker, John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) ha hecho famoso su seudónimo, Benjamin Black, con el que firma sus novelas negras, protagonizadas por el patólogo forense Quirke. En Los lobos de Praga (Alfaguara) cambia de tercio y viaja a la Praga de 1599, donde el joven erudito Christian Stern se convierte en el favorito del rey Rodolfo II, que le encarga esclarecer el asesinato de su amante.

-¿Es la novela en la que Black más se parece a Banville?

-Me lo dicen mucho, pero yo no lo veo. Pero, ¿quién soy yo para decirlo, si solo soy el escritor? Lo digo en serio, los escritores no sabemos lo que estamos haciendo. Bueno, voy a hablar de mí. Yo trabajo en la oscuridad sin saber lo que estoy haciendo.

-Black ha abandonado en esta novela a Quirke.

-Es que Black no se siente atado a Quirke. De hecho, ni Benjamin ni yo le entendemos mucho. A mí, además, no me cae bien.

-¿Y qué tal le cae Black?

-Hombre, me hace mucho trabajo, es como una mula trabajando, pero no es persona seria, aunque tampoco tiene por qué serlo. Se suponía que al ser Benjamin Black me lo iba a pasar muy bien. Pero también es escritor y escribir no es tan divertido. Te sientas por la mañana frente a una página en blanco y te dices no sé cómo hacer esto, no tengo ni idea de cómo lo hice ayer. Y así una mañana tras otra. Los escritores jóvenes me dicen que con la práctica será más fácil, pues lamento mucho decir que se hace cada vez más difícil.

-Tengo entendido que Black escribe en ordenador y Banville con pluma y en papel.

-Sí, tienen métodos diferentes. El ordenador va demasiado deprisa para Banville y escribir a mano es demasiado lento para Black.

-¿Quién es mejor escritor?

-Sus libros no son mejores ni peores, simplemente son diferentes. Banville hace cosas que a Black no le interesan y viceversa.

-¿Por qué decidió situar su novela en la Praga de 1599-1600?

-Es que eso no lo decidimos los escritores, vamos con la corriente. Yo, como escritor, creo no haber tomado ninguna decisión en mi vida, salvo la de convertirme en otra persona y ni siquiera estoy seguro de que la haya tomado yo. Pensamos que estamos decidiendo, pero en realidad nos dejamos llevar. Pero esa época de Praga me parece fascinante, sobre la que ya había escrito en mi novela sobre el astrónomo Kepler.

-Uno de los personajes del libro, en este caso real, es Rodolfo II, que fue ciertamente extraordinario.

-Y tanto. No hay novelista que pudiera haberse inventado a Rodolfo II, no se hubiera atrevido a concebir una criatura tan extraordinaria. Yo diría que el último de los grandes reyes medievales.

-El protagonista se convierte en detective a la fuerza, pero es un patoso. ¿Es una parodia del género en el que los detectives resuelven siempre los crímenes gracias a su ingenio?

-Sí, una especie de parodia. A mí me aburren soberanamente los Hércules Poirot, los Sherlock Holmes, prefiero hacer un crucigrama o un puzle. Pocos misterios y crímenes se resuelven, si acaso un 10?%, prefiero trabajar con alguien que sea un poco estúpido, como el resto de nosotros, ciertamente como yo. Si me pusieran a mí a investigar un crimen, ya podrían ponerme a la vista cualquier pista que no me enteraría.

-Ya que la acción se sitúa en Praga, ¿su novela tiene algo de kafkiana?

-Sí, pero Kafka es muy realista. Cuántas mañanas nos levantamos pensando «me he convertido en un insecto inmenso». Yo cada vez que me levanto me siento como un bicho, literalmente. Sí, mi novela puede ser un poco kafkiana. En la casita donde vive mi protagonista vivieron Kafka y su hermana.

-En su novela hay asesinatos brutales y personajes siniestros, pero también humor e ironía, lo que la hace divertida e inquietante.

-Ah, ¿le parece que esos son los adjetivos? Me encanta. En realidad, esa es una de mis ambiciones, escribir una novela negra divertida, porque parece ser uno de los grandes imposibles. Es algo que me persigue y obsesiona desde que me convertí en Benjamin Black. Mi visión del mundo es esencialmente cómica. Cada vez me parezco más cómico, porque envejecer, ese espectáculo de visualizarte a ti mismo disolviéndote tiene su lado cómico y también otro trágico. Por ejemplo, cuando te miras al espejo y dices «ah, ese no soy yo, porque yo tengo 35 años y los voy a tener hasta que me muera». Yo soy el retrato de Dorian Gray y Dorian Gray anda por ahí con otra cara.

«Si el arte solo pudieran hacerlo buenas personas no existiría»

«Gran parte de la buena literatura el siglo XX se ha escrito en el género criminal, Simenon es uno de los grandes escritores del siglo XX», señala Banville.

-A usted se le ha comparado con autores como Nabokov o Henry James. ¿Qué le parece?

-Hay ecos de ellos en lo que escribo, pero mi mayor influencia, y nadie lo menciona, es Yeats. Uno lee mucho de joven y luego, si quieres ser escritor, debes absorber todo lo que has leído hasta que se convierta en parte de lo que eres. Como decía T. S. Eliot, los escritores buenos roban y los malos piden prestado. Recuerdo cuando a Cary Grant dijo ojalá yo pudiera ser Cary Grant.

-¿La novela se está quedando sin espacio en el mundo de Internet?

-Pero creo que se debe más a lo buenas que son las series de televisión como Los Soprano, que cumplen la función de la literatura en el siglo XIX, aunque no tengan la misma profundidad psicológica.

-Pero me refería más al mundo de las redes sociales, que han instaurado en los jóvenes un lenguaje directo, rápido y breve.

-Pero, ¿para llegar a qué? El ser humano sigue teniendo el mismo misterio de siempre, la muerte, y eso nunca va a cambiar. Pero con toda honestidad detesto este mundo de las redes sociales, de Facebook y Twitter, me horroriza lo que están haciendo a los jóvenes y a su percepción del mundo de una manera tan sutil.

-¿El escritor debe jugar algún papel político en la sociedad?

-El escritor es un ciudadano y tiene una responsabilidad social. Pero si piensa que con una obra de arte va a poder cambiar lo que sea se equivoca. W. H. Auden tenía razón cuando dijo que la poesía no logra nada, nuestro único deber es generar obras hermosas y bien hechas. En un mundo lleno de mentiras como el nuestro una obra de arte es lo único verdadero. Céline era políticamente horroroso pero su obra es honesta. Cuando estaban investigando a Frank Sinatra por sus relaciones con la Mafia dijo: «Yo cuando canto soy honesto». Creo que eso es válido para cualquier artista. Si el arte solo lo pudieran hacer buenas personas no habría arte.

PARA SABER MÁS

Comentarios

John Banville: «Me aburren Poirot y Sherlock Holmes, prefiero hacer un crucigrama»