La italiana Lacci, de Daniele Luchetti, rancia apertura en una gala con tributo a Tilda Swinton
03 sep 2020 . Actualizado a las 09:11 h.Con ese ambiente un tanto fantasmático que supone asistir a una proyección en la sala Dársena con un 50 % de su aforo -algo así como una ceremonia de las ausencias muy leftovers del vacío de las butacas- arrancó esta 77ª Mostra, que tiene tanto de expectante y de razonablemente temerosa. Lo hizo con una película italiana, Lacci, de Daniele Luchetti. Y con un apoyo global del panorama de festivales internacionales europeos más importantes. En el escenario acompañaban al director de la Mostra, Alberto Barbera, los directores de Cannes, Thierry Fremaux, de la Berlinale, Carlo Chatrian, y de San Sebastián, José Luis Rebordinos, este con la vista puesta en el perturbador día a día de la evolución de los contagios en Euskadi, sin certeza todavía de si dentro de poco más de dos semanas, el 17 de este mes, podrá abrirse el Kursaal donostiarra para que la cadena de festivales presenciales no se quiebre fatalmente. La ceremonia arrancó también con el tributo a una figura interpretativa de Tilda Swinton, quien hoy será protagonista absoluta de la versión de La voz humana de Almodóvar.
La elección para este arranque de la Mostra de un filme italiano posee el talante de un apoyo a la industria y la exhibición del cine de este país. Otra cosa es que el magro resultado artístico de la obra elegida lo avale. Lacci la dirige Daniele Luchetti, autor ya veterano que conoció hace mas de 30 años una irrupción en el panorama internacional refulgente y combativa, con títulos como Mañana sucederá y la feroz sátira política Il Portaborse. Y luego su estrella declinó, con alguna presencia ocasional en Cannes y una querencia por los dramas familiares. De eso va Lacci ?de una ruptura matrimonial, un marido que se enamora de otra, un abandono conyugal, un mini Kramer versus Kramer- que nos presenta a la ubicua Alba Rohrwacher como esposa abandonada. Recubre el drama un pesado poso de cine antiguo, rancio. Y ninguna de las decisiones que toma un Luchetti muy venido a menos es acertada: la división en dos tiempos que distan veinte años es gratuita, mal trabada. Te cuesta ver en la amarga Laura Morante a la Rohrwacher fieramente herida por el desamor y que finalmente ha recuperado a su pareja, el cual en el pasado era Luigi LoCasco y finalmente Silvio Orlando, memorable cardenal ex machina de El nuevo Papa de Sorrentino.
Las imágenes que se supone que deberían expeler dolor, quejumbre, ruido de desgarro sentimental, suenan impostadas, a ratos vociferantes, otras poseídas de un cinismo antipático. No conecto emocionalmente con este cuadro de desordenes amorosos tan afectado como sobreactuados están sus actores. Y tan penosamente resuelto en el escenario de una casa conyugal en ruinas, como el material de derribo narrativo con el que Luchetti edifica su subrayado melodramilla.
Mucho más interesante es la inauguración de la sección Orizzonti, la griega Apples, que evoca un mundo raro, con lejanos ecos de Fahrenheit 451, donde los seres humanos han perdido la memoria y luchan por saber si realmente desean recordar el pasado y morder la manzana frugal que resetea su alma.
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